Opinión

Los sabores de la infancia

María Cristina Menéndez Neale

Cristimenendez85@gmail.com

@CristiMenendezN

Suena el timbre; empiezo a escuchar los gritos de los niños y el zapateo que hacen al salir de sus aulas. Me agrada escuchar la mezcla de esos sonidos; timbre, gritos, zapateo… me dan un poco de esperanza.

Todos los días, un poco antes de las dos de la tarde, me instalo fuera de esta escuela. A las dos de la tarde es la hora en la que estos niños terminan sus clases, y se asoman corriendo hacia las rejas, esperando ver a sus papás, y otros, esperando verme con mi carretilla de canguil y algodón de azúcar.

Los papás empiezan a llegar, siempre lo hacen con un poco de retraso. Los niños empiezan a salir agarrados de sus manos. Unos señalan a sus papás mi carreta, pero ellos la ignoran; me lo esperaba. Una señora me está viendo mientras su hijo me señala. Vamos, acérquense… Toco la campanita de mi carreta, pero finalmente ella lo jala hacia otra dirección.

Hoy tuve solo diez clientes. Ayer fueron siete, y antes de ayer doce. ¡Qué números tan bajos! En otros tiempos solía vender más. Los papás se han vuelto muy estrictos con la comida, y lo entiendo… pero lo que vendo es diversión, comida que divierte, una pequeña escapadita para el paladar.

Antes me contrataban para eventos en escuelas como esas olimpiadas o kermeses. Me pregunto si esos eventos escolares seguirán siendo iguales o no… Bueno, seguro que no porque ya no me contratan; tampoco a mis colegas, es decir, ya no contratan carretillas de canguil ni algodón, ni carretillas de mini hot dogs ni de granizados. Por ahí escuché que solo contratan parrilladas. Pero, ¿qué hay de los snacks como los míos, de esos que uno quiere comer un par de horas después de almorzar?

Antes no solo ganaba mejor, sino que también tenía más vida a mí alrededor. Me hacía tan bien ver a los niños jugar alrededor de mí; verlos correr de un lado a otro, verlos en la competencia de atletismo, imitar cantantes en la tarima, verlos jugar al bingo o la tómbola; sobre todo, verlos disfrutar de esos sabores que ofrecen las carretillas las cuales siempre estábamos en los eventos especiales.

Ahora, mi vida es otra. Ahora tengo que estar del otro lado de las rejas de una escuela; y también, ya no me contratan para los cumpleaños. Solía ir a muchos. Mis carretillas sacaban miles de sonrisas. Sí, tenía más carretillas, pero ya no… solo me queda ésta, que la pinté hace poco de color verde. Cada cierto tiempo la pinto de algún color nuevo, para llamar la atención. Esta carretilla era solo de canguil, pero decidí ampliarla y agregarle la máquina para los algodones de azúcar. Mejor salir a vender dos cosas en una sola, que salir con dos carretillas por separado. Y es que ya no tengo dinero para contratar a personas para que me manejen mis otras carretillas que andan abandonadas.

Una época, pero fue una muy corta, puse mi carretilla dentro de un centro comercial, afuerita de un espacio de juegos de máquinas para jóvenes; pero tenía que pagar un alquiler por el espacio que me daban, y no me alcanzaba el dinero para pagarlo, y la gente prefería comprar el canguil en el cine, preferían comer el canguil mientras veían una película, olvidando que también ofrecía algodón de azúcar. Claro, no eran niños los que frecuentaban esos juegos.

Mi público son los niños, y es que siempre trabajé vendiendo canguil y algodón de azúcar; desde chico ayudaba a mi padre con el negocio, y de grande lo continué yo solo, una vez que él falleció.

Recuerdo que mi padre siempre sacaba un pañito de su bolsillo y se ponía a limpiar las huellas de mi frente, nariz, boca y manos que quedaban marcadas en el vidrio de la carreta; me encantaba quedarme pegado a éste, viendo cómo el maíz explotaba para convertirse en un canguil. Me parecía mágico, y es que todavía debería de serlo para cualquier niño.

Todavía me quedan algunos lugares para ir a vender, como los parques que visito los fines de semana, pero sin los cumpleaños y otros eventos donde participaba, no siempre gano lo suficiente. En los parques me compran, sí, pero hay padres que llevan sus propios piqueos; sus purecitos, o sus frutas, o su cualquier cosa, pero ya no gastan en un buen canguil o un algodón de azúcar. Les parece artificial, y es cierto, pero comerlo de vez en cuando no hace mal a nadie. Es el sabor de la infancia, el olor de los recuerdos infantiles. Un sabor y olor placenteros, agradables, divertidos, y alegres.

He tratado de tomar otros caminos, ya que el bolsillo me lo pide, pero siempre regreso a mi carretita. El año pasado decidí meterme en unos cursos para formarme como payaso, pero unas cuantas clases fueron suficiente para saber que no sería uno. Tenía que aprender a hacer malabarismos hasta desaparecer un conejo. Apenas pude atrapar una pelotita de las cinco que lanzaba al aire… menos iba a poder con los otros trucos. A parte que el profesor me dijo que mi cara no era chistosa, ni siquiera maquillada. Y ante eso… ¿qué iba a hacer?

También intenté de vender frutas, pero eso de correr detrás de los carros para que me puedan pagar cada vez que el semáforo se ponía en luz verde, me provocaba mucho cansancio; si no encontraban un lugarcito donde parquearse, me tocaba seguirlos hasta el siguiente semáforo. Mi vejez no da para eso, y nunca fui bueno con el ejercicio.

Hoy me ha ido mal con las ventas, así que mañana voy a empezar a parquearme de nuevo al pie de la otra escuela, esa que está en el barrio de a lado. Cuando caiga de nuevo el número de clientes, regreso acá, donde espero extrañen los aromas de mi carretilla. Espero que sí… ojalá no olviden los sabores de la infancia. A ratos siento que mi misión en la vida es hacer que estos sabores no se pierdan.

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