Opinión

Los problemas éticos derivados del adultocentrismo

Nínive Alonso Buznego

ninivealonso@hotmail.com

FILÓSOFA Y ABOGADA

Desde España para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador

 

Decía mi amado Oscar Wilde “no soy tan joven para saberlo todo”, y eso que como intelectual no le faltaba de nada, era culto, ingenioso, elegante, brillante en lo satírico, extremadamente sensible y empático con los más débiles, etc., podemos decir que era un adulto y sin embargo, seguía en todos sus escritos alabando la espontaneidad y la belleza propia de la juventud, la ilusión, la inocencia y esa sabiduría esencial.

¿Pero que supone ser adulto en nuestra sociedad?, y sobre todo ¿por qué de una u otra manera se cometen los mismos errores de discriminación sobre las franjas de edad inferiores? ¿Qué significa ser un hombre de éxito?

Pues bien, nuestra sociedad más o menos moderna adolece del mismo adultocentrismo que la de nuestros bisabuelos, es decir la hegemonía de esa franja de edad denominada adulta y productiva sobre aquellas que parecen estar en proceso de maduración, como son los niños, los jóvenes y los adultos que no han entrado dentro de ese canon capitalista de la producción.

Pero esa hegemonía también se manifiesta sobre aquellos mayores, ancianos o personas no productivas, por ser modelos caducos, que parecen ser una carga para una sociedad que, además, les resta criterio propio y opinión y los somete, en el mejor de los casos, bajo el paternalismo y en el peor, al abandono.

Es decir, el adultocentrismo les asigna un valor superior a los adultos en detrimento de los niños, los jóvenes y los ancianos y por supuesto de aquellos que se consideran modelos fallidos de la adultez: como los discapacitados, las minorías sexuales, las minorías étnicas, los parados de larga duración, los “sintecho” y los delincuentes sin apellido.

La profundidad es tal, que dejando a un lado los parches superficiales de falaces pretensiones de cambio hacia la igualdad del valor humano de todos los miembros de la sociedad, el mensaje sigue resonando constantemente. Fundamentalmente, porque este modelaje de referencia del “adulto” está extremadamente ligado con una visión dictatorial de la familia, un estado jerarquizado, única y exclusivamente, bajo criterios económicos y un marcado estereotipo de lo que tiene que ser un triunfador, un hombre de éxito: un varón adulto de unos cuarenta años, raza blanca, heterosexual, atractivo , sin ningún tipo de discapacidad, bien vestido, con pelo corto, pudiendo ser o siendo casanova pero estando casado o “casable”, un hombre de negocios, que sepa hablar inglés, que no tenga ni piercings, ni tatuajes a la vista, con un buen coche, casa propia y vacaciones isleñas.

Este es el modelo a seguir: el modelo a vender – de ahí se vertebra toda la publicidad- y el modelo a comprar -de ahí se vertebra toda la educación-. Y en torno a ese modelo de hombre productivo para la sociedad, ansiado por su familia y envidiado por los vecinos, se articulan todo tipo de discriminaciones y se van invalidando desde la niñez aquellas opciones que no encajan con este patrón de hombre de negocios.

Se comienza en la educación con expresiones de autoridad y con desprecio como: “mientras vivas en mi casa harás lo que yo te diga”, “conmigo no vas vestido así porque pareces un gitano (o un pordiosero)” o “mientras te mantenga yo ni se te ocurra llevar el pelo largo (como un perroflauta)”.

Y se termina aplaudiendo a las personas según los favores que te puedan dar, excluyéndolas según la carga social que supongan y valorándolas, única y exclusivamente, por su acercamiento al modelo exitoso de referencia.

Y eso es, a todas luces, el error de confundir el valor con el precio.

El valor humano con el precio de las personas.