Opinión

Los problemas de siempre: TRÁNSITO

Lic. Denisse Casalí L.

denissecasali@gmail.com

@denissitacl

Una noticia que me resultó bastante inquietante, un veredicto que me pareció novedoso aunque justo, no obstante ni la sentencia más razonable permitirá recuperar la integridad humana y el derecho a vivir de Jill Byelich, un ciclista que con 35 años falleció producto de un penoso accidente a causa del descuido de la conductora Mitzi Nelson que se entretuvo por unos segundos en el celular, ¡sí! Unos segundos.

Fue el juez Stewart McDonald quien emitió la sentencia, prohibiendo el uso de cualquier dispositivo móvil en manos de Nelson por dos años, consideró que esta era la alternativa más viable para irreparable hecho, además de someterla a noventa días de prisión y ofrecer charlas preventivas a conductores novatos que seguramente se enfrentarán cara a cara con peores situaciones. ¿Justo o injusto? Pensar que con dos años lejos de un celular será suficiente castigo para tal crimen. Como sabremos si la lección será bien aprendida en ese par de años, acaso con eso recuperamos lo perdido o evitamos que se repita algo similar en el futuro (¿?)

Este tipo de tragedias se vuelven cada día más comunes en las calles de nuestra ciudad, si no es un vehículo interrumpiendo la ciclo vía, es un ciclista imprudente con aires de carro 4×4, la negligencia siempre nace en ambos bandos, nadie es víctima, nadie es inocente, todos somos culpables al final del día por pensar que las señales de tránsito o sus autoridades deben ser atendidos ocasionalmente o cuando estamos de ánimos, en vez de convertirse en algo obligatorio y necesario.

Hace pocos días en una calle de Urdesa caotizada por un semáforo que nadie respetaba, por la fila interminable de vehículos que obstruían el paso de unos con otros, más el peatón irresponsable que cruzaba en zigzag, yo pensaba en aquel juego de tetris y sus múltiples formas, eso parecía, un carro sobre otro haciendo un rompecabezas extraño y desordenado. De repente, cuando pensé haberlo visto todo, un ciclista haciendo caso omiso a la luz roja (de su carril) pasa frente a pocos metros de mi carro, me obliga a frenar a raya, me sonríe con un aire de burla en su rostro y unos ojos que decían ser invencible, continuó su camino como si nada hubiera pasado, mientras yo me quedé horrorizada pensando que por cuestión de segundos casi sagrados, hubiera tenido que pasar mi mañana en alguna clínica o comisión de tránsito tratando de explicar cómo era que semejante accidente no habría sido mi culpa (sin que nadie me creyera seguramente).

Las motocicletas recorren en su mayoría las calles impulsados por algún encargo laboral que les exige en su mayoría el cumplimiento de tiempos disparatados o estrictamente por movilización personal, de cualquier modo van por el carril que ellos eligen a diferentes velocidades y como una cajita de sorpresas, cuando menos te lo esperas están en tu ventana como un sticker rozando el retrovisor. Por otro lado los ciclistas, estimulados por su lado deportivo –fitness- salen desprotegidos sea de día o sea de noche para luchar en un tráfico que de por sí es peligroso y se va desarrollando en base a la ley del más sabido, piensan que automáticamente los conductores de esta sociedad –guayaquileña- que aún no respeta la vida propia o ajena, van a respetar la de ellos (por ser deportistas). Por último tenemos a los vehículos que sólo quieren llegar a su destino saliendo con “las justas” para llegar puntuales, metiéndose por lugares impensables y haciendo poco uso de la única herramienta que nos diferencia de los animales.

Necesitamos el veredicto justo, la mano dura que nos obligue a respetar las señales que a la larga te salvan la vida. Esos segundos que logran salvaguardarte de la irresponsabilidad y el peligro. Aprendamos que el uso celular es un privilegio para muchos, no esperemos ese derecho sea arrebatado para empezar actuar conscientemente, y valorar su utilidad, aunque se torna un poco cruel e inhumano pensar que producto de la sentencia nos duela más la prohibición de un Smartphone que la pérdida física del afectado.

Todos somos culpables al final del día por pensar que las señales de tránsito o sus autoridades deben ser atendidos ocasionalmente o cuando estamos de ánimos, en vez de convertirse en algo obligatorio y necesario.

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