Opinión

Los premios de periodismo y el poder

Jorge Eduardo Espinosa

@espinosaradio

Diario El Espectador de Colombia

El invitado de honor al Premio Nacional de Periodismo CPB 2017 fue el presidente Juan Manuel Santos. No deja de ser extraño que aquel escenario, que busca destacar y homenajear el trabajo periodístico, termine tomado por las palabras del poder de turno, por el discurso particular que el poderoso quiere que circule. Podría argumentarse que Santos, antes de ser político, fue periodista. Lo que, a lo lejos, es cierto. De cerca las cosas no son así. Al Santos poderoso, porque eso sí ha sido siempre, nunca le gustó el periodismo independiente. La Unidad Investigativa del periódico (para aquel entonces todavía de su familia), le parecía maravillosa siempre y cuando no investigara a sus amigos. Hay testimonios de uno de sus fundadores, Gerardo Reyes, contando la molestia y la antipatía del Juan Manuel Santos “periodista” cuando la Unidad investigó a uno de sus amigos, Jorge Cárdenas Gutiérrez, papá de Mauricio Cárdenas, actual Ministro de hacienda. De este caso, y de otros, antes escribí esta columna.

Lo que propongo hoy, sin embargo, es distinto. Quiero hablar del poder y las siempre cercanas relaciones con el periodismo. En Colombia, dicho sea de paso, tenemos maestría y doctorado. Así que propongo esta radiografía. Todo empieza con la pleitesía. Y los premios de periodismo son un gran ejemplo: invitan con tarjeta dorada y arreglo floral al Presidente de turno a que, por favor, vaya a las ceremonias de premiación. Y a que dé discurso, por supuesto. Todo sigue con los directores de medios que, “porque toca, porque así es el oficio”, se van de tragos con los congresistas, con los ministros, con el presidente. El ya clásico y lagarto periodismo de coctel. El circulo se cierra con la entrevista ligera, mediocre y complaciente que, con frecuencia, se hace al poderoso. Y eso ya no hace parte de la esfera del periodismo. De periodistas a relacionistas públicos.

Un presidente no puede ser el protagonista de los Premios de Periodismo. Su nombre solo debería aparecer cuando un colega investigue algún asunto relacionado con su gobierno, con ese gobierno que el periodismo debería estar vigilando, no invitando a fiestas y a ceremonias. Todo lo demás sobra. Y este presidente, el mismo que se auto entrevistaba cuando era Ministro de hacienda para que el periódico de su familia le publicara el publirreportaje, es el menos indicado para dar discursos que pretendan ser lecciones de periodismo. Y eso, exactamente, fue lo que hizo Juan Manuel Santos en el CPB. Criticar al periodismo local porque no está informando como debería informar, porque de los logros de su gobierno la gente solo recuerda las tragedias y denuncias de la semana y no la última marcha de las FARC a las zonas transitorias de concentración. Sin duda hay mucho que criticar al periodismo. La macabra guerra del clic nos puso de frente con la peor de las crisis: perder la credibilidad de nuestros lectores y nuestros oyentes. Informar sobre este proceso de paz, que tantas cosas positivas tiene para el país, ha sido un reto enorme. El periodismo, además de enfrentarse al poder, ha tenido que aprender a lidiar con las cadenas de whatsapp, con los videos falsos, con las mentiras que se difunden a la velocidad de la luz.

A nosotros, y ya lo he dicho antes en este espacio, nos hace falta autocrítica. A veces nos hace daño esta unidad de cuerpo que no permite la reflexión seria, cuidadosa, minuciosa. En el mundo, el periodismo está haciéndose la pregunta más importante de todas: cómo vamos a sobrevivir a este tiempo en el que vale más la creencia que el hecho, la cadena de whatsapp que la investigación seria, cuidadosa y documentada. Sé, porque lo he conversado con muchos de ellos, que la nueva generación de colegas, aquellos que heredarán las redacciones del futuro, entienden el reto que tienen por delante. Y sé también que, como a mí, les repugna que sea el presidente el que trate de darles lecciones de periodismo. Esas lecciones que vengan de los maestros en este oficio, que en Colombia tenemos de sobra. Nunca del poderoso de turno. Nunca de aquel a quien tenemos que vigilar.

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