Opinión

Los pequeños milagros de la vida

Por: Yovana Cárdenas Lino

Desde Lima, Perú, para La Nación de Guayaquil, Ecuador.

 

La enseñanza de Jesús en el Evangelio, «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura», es una guía esencial para ordenar nuestras prioridades. Esta declaración subraya que, para aquellos que han decidido servir a Dios, lo más importante es hacer su voluntad, la cual se manifiesta tanto en la escucha de la Palabra de Dios como en cada circunstancia de la vida diaria, sean estas ordinarias o extraordinarias.

La clave radica en mantener un sentido de proporción, preocupándonos más por lo verdaderamente importante y menos por lo menos relevante. Este equilibrio es vital para vivir una vida plena y centrada en la fe. La vida cristiana, sin embargo, no excluye la preocupación por los asuntos cotidianos como la familia, los estudios de los hijos, las finanzas y la salud. Estos aspectos son parte integral de nuestra existencia y deben ser afrontados con responsabilidad y tranquilidad.

Nuestra fe, muchas veces, se asemeja a la de los discípulos de Jesús: pobre y débil, susceptible de adormecerse en medio de las dificultades. Vivimos en constante contraste, valorando la luz solo cuando estamos en la oscuridad, apreciando la salud cuando enfermamos y hablando del calor solo tras experimentar el frío. En estos momentos, tendemos a olvidar que Dios está siempre con nosotros, guiando nuestra barca incluso en medio de tempestades, con una presencia silenciosa pero efectiva.

Esta presencia divina no se limita a los momentos de calma, sino que se extiende a nuestras tormentas personales. Dios está con nosotros en todo momento, derramando sus gracias y llevándonos de la mano por la vida. Esta certeza debería llenarnos de paz y confianza, aunque a veces nos cueste tener la paciencia y la profundidad necesarias para apreciarla plenamente.

Los prejuicios y las malas experiencias a menudo limitan nuestra visión, impidiéndonos ver los «pequeños milagros de la vida diaria». Necesitamos aprender a mirar la vida con otros ojos, con la perspectiva de Jesús, quien decía: «yo siembro, yo confío». Al hacerlo, nuestras acciones pueden convertirse en portadoras de vida, llevando la semilla de esperanza y fe a cada rincón de nuestro entorno.