Opinión

Los niños que leen

Eliana Cañizares/Guayaquil

Cuando era pequeña y veía a mi mamá leyendo el periódico sentía unas ganas inmensas de sentarme junto a ella a leer. Y eso hacía. Agarraba otra sección del periódico y aunque no supiera interpretar aquellas letras, me hacía feliz sentir que yo también estaba leyendo.

Cuando aprendí a leer, recuerdo que lo que más esperaba recibir en mi cumpleaños, Navidad o Día del Niño era un libro. Mi mamá siempre traía el indicado, y así fue como descubrí a los unicornios azules, bibliotecas escondidas, fantasmas y héroes griegos.

Recuerdo aquellas tardes en las que leíamos juntas Cien años de soledad, porque yo aún era muy pequeña para entenderlo. Y los días cualquiera en los que me encontraba con un libro sorpresa debajo de mi almohada. Hasta ahora, cada vez que pasamos por una librería es como si una fuerza magnética nos arrastrara a buscar más libros para expandir la colección.

Nunca estuve sola en mi infancia. Lloré con la historia de una niña alemana, y fantaseé con ir a un colegio de magia. Me perdí entre relatos de familias disfuncionales, y quise alguna vez conocer a Santiago. También quise cruzar mi propio puente de la soledad, planeando aventuras que impliquen escaparme a un concierto en otra ciudad con mis mejores amigos.

Con los libros aprendí de historia, de amor, amistad, valentía y sacrificio. Conocí realidades de personas al otro lado del mundo. Ellos me acompañaron cuando estaba aburrida, triste, contenta, cansada o simplemente curiosa. Fueron el mejor regalo que una niña pudo recibir.

Y son el regalo que todos los niños deberían recibir, porque el amor por la lectura no nace de la imposición. Nace de la motivación, del ejemplo. El amor por la lectura se crea cuando un padre se sienta junto a su hijo a contarle una historia en la que él es el protagonista, y crece todos los días con cada nuevo relato.

La pasión por la lectura aumenta cuando llevas a una niña a una biblioteca, y dejas que se maraville con la cantidad de libros de portadas coloridas que cubren las paredes. Cuando dejas que se pase horas sin prestar atención al mundo, porque la historia que tiene entre sus manos es tan interesante que no puede parar de leer.

El amor por la lectura se mantiene cuando tienes a alguien con quien puedes comentar los libros que te dejaron en lágrimas una y otra vez. Alguien que te lleve a conocer a tu escritora favorita. O que te escriba cartas en las páginas en blanco.

Cada niño es único y especial, y a cada uno le corresponde una historia única y especial. Deseo que la lectura sea ese medio por el que los niños puedan expandir su curiosidad, fomentar su creatividad. Que la lectura sea un lugar seguro para dejar volar su imaginación, creando en su mente los paisajes narrados entre líneas y dándole una voz a los personajes.

Los niños que leen nunca dejarán de hacerlo. Siempre llevarán en su corazón a los héroes y villanos de los libros. Deseo que algún día esos niños crezcan y se atrevan a escribir sus propias historias. Que nunca piensen que sus ideas son muy locas o muy raras, como las de un par de mellizos que conozco. Al mundo le faltan más cuentos de perros bajo la lluvia y superpoderes.