Opinión

Los narcos y el crimen organizado no son el mayor enemigo de los periodistas en México: el gobierno lo es

POR MARIANA MARTINEZ ESTÉNS

Martínez Esténs es una periodista mexicana afincada en Tijuana con más de 22 años de experiencia cubriendo la frontera con la NBC, AP, Milenio Radio y otros medios. Su primer libro, disponible en inglés y español, “Inside People: Historias desde la reclusión”, salió a la venta en 2021 y detalla sus experiencias trabajando en prisiones.

Me entero del asesinato de Margarito y me quedo muda. Me viene un recuerdo claro: la mañana en que me invitó a desayunar en casa de su madre. Comimos unos gloriosos burritos después de una larga noche de cubrir demasiada muerte. Era generoso hasta la saciedad, a pesar de nuestras escasas interacciones.

Pienso en su hija, ahora huérfana de padre, y en cómo encontró su cuerpo. Empiezo a comprender esa crueldad cuando oigo hablar de Lourdes. Mi silencio se amplía, se profundiza.

En privado y lejos del ojo público, ayudo, apoyo, participo lo mejor que puedo. En público, guardo silencio. No tengo nada que decir que no apeste a la misma porquería de siempre. Crecí aquí en Tijuana. Esta frontera es mi base, donde soy periodista desde hace 20 años.

El fixer de Tijuana, Margarito Martínez, también fotógrafo, ayuda a los fotoperiodistas y reporteros visitantes a desenvolverse en las complejidades de Tijuana. Fue fotografiado en Tijuana el jueves 3 de octubre de 2019.(John Gibbins/The San Diego Union-Tribune)
Siento como si mi cuerpo flotara en una masa de agua. Estoy mareada, triste, enfadada, temerosa, incrédula. Siento culpa y alivio por estar viva. Todos estos sentimientos me golpean en oleadas a pesar de mis mejores esfuerzos por hacer el trabajo o lavar los platos.

Intento no formar parte del mismo elenco de personajes suspendidos en el tiempo en una especie de obra de teatro interminable. El asesinato de un periodista en 1997, 2004, 2012 se siente como una triste y polvorienta reposición de un programa con el mismo argumento: un periodista hace su trabajo, recibe amenazas, presenta una denuncia, cambia de fuentes durante unos meses, incluso tiene un policía fuera de casa durante un rato o se instala una aplicación de teléfono con un “botón del pánico”.

El periodista tiene miedo, pero sigue trabajando hasta que lo matan. Los periodistas que se quedan atrás encabezan una protesta. Cubrimos nuestras propias protestas y nos turnamos para hacer fotos. Los agentes del Estado dicen que esto es inaceptable. Prometen una investigación exhaustiva, y luego no hacen nada.

Entonces, otro periodista recibe amenazas y el mismo espectáculo comienza a repetirse.

Alguien en los muchos chats a los que pertenezco dijo con tristeza que “la sociedad no se indigna cuando nos matan”.

Me imagino al mexicano promedio, sin seguridad laboral ni seguridad en las calles, caminando a su casa todas las noches temiendo por sí mismo y por sus seres queridos en este país lleno de fosas comunes e injusticias.

¿Les queda algo de rabia para compartir con nosotros? ¿Es justo que lo pidamos?

Para los periodistas, la muerte en acto de servicio es el precio más alto, pero hay muchos otros factores que se suman antes de un asesinato.

Los reporteros se enfrentan a una baja remuneración y a menudo a ninguna prestación, ya que los medios de comunicación mexicanos pagan 2.50 dólares estadounidenses por fotografía utilizada o 50 dólares por una historia. Miles de periodistas de todo México trabajan sin apoyo, con poco descanso y sin protocolos de salud mental.

Tras décadas de trabajo profesional, siguen luchando por mantener y criar a una familia, o incluso por tener una vida privada suficiente para tener tiempo para una familia en primer lugar.

Ese es el contexto.

Según Artícle 19, cada 12 horas se amenaza a un periodista en México. Los principales agresores son funcionarios del gobierno, que se sabe que incluso utilizan la fuerza pública para cumplir dichas amenazas. Vuelve a leerlo. Los principales agresores son funcionarios del gobierno que se sabe que incluso utilizan la fuerza pública para cumplir esas amenazas.

Me duele el pecho.

A pesar de que se señala constantemente a los narcos y al crimen organizado, los datos muestran que el mayor enemigo del periodismo es nuestro propio gobierno en sus distintos niveles y cargos, incluidos los de los partidos políticos y los que se presentan a los cargos públicos.

Recupero el aliento y pienso que tal vez esta información pueda servir de hilo conductor para unir nuestro dolor con el del resto del pueblo doliente y sufriente de México. Nuestro agresor constante no es tanto el crimen organizado como los actores estatales, ya sea por su acción o por su inacción. Alimentan constantemente la injusticia y la cultura de la muerte y la desesperación.

Así que tal vez la respuesta esté en compartir nuestro dolor con otros dolores, enhebrar suavemente nuestras experiencias para sentirnos menos solos, unirnos para impulsar una participación ciudadana que tenga consecuencia y unas investigaciones vinculantes en materia de derechos humanos, buscar mecanismos de justicia que realmente funcionen.

Tampoco puedo evitar centrarme en la necesidad urgente de mejorar las condiciones de trabajo de los periodistas y en cómo, tal vez, todo ello trabajando en conjunto podría hacer saltar una luz en este pesado escenario de cemento gris.

Mientras termino mi trabajo y mis platos, sigo mareada por los sentimientos contradictorios que llegan en oleadas. Todavía muda, enciendo una vela para recordarme a mí misma: Siempre es más oscuro antes del amanecer.

 

 

 Union-Tribune en Español (sandiegouniontribune.com)