Opinión

LOS IMPOLUTOS

Raúl Andrade G.
Block LIBERTARIOS

 

Van a perdonarme por este artículo un poco más largo de lo usual, pero creo que es necesario mirar ciertos temas en perspectiva.
Para hacerlo, retrocedamos unas décadas.
Recordemos que las nuevas fortunas en los cuarenta y cincuenta se dieron gracias al contrabando, es decir a la importación de mercadería sin pagar impuestos al Estado, víctima y cómplice de esos manejos.
Hasta entonces las fortunas tradicionales se medían en términos de tierras, aunque algunos empresarios visionarios empezaban a destacar en la costa.
El país era pobre pero mayormente honesto.
Hasta que llegó el boom petrolero, que fue el origen de la segunda oleada de grandes fortunas.
Hubo dinero para todo.
Para compras estatales con grandes comisiones, para subsidios generosos sin que nadie pida cuentas, para compras innecesarias y dispendiosas, para favores costosos, para proyectos millonarios, para que se cree una nueva casta adinerada.
Todo al amparo de una justicia ciega, sorda y muda, que fue cimentando con su ausencia el concepto de impunidad.
Cuando el país empezó a dar señales de hartazgo, la solución fue que los militares entreguen el poder a una generación ya acostumbrada al dinero fácil, a las componendas y a las argollas de intocables, producto de su paso por el poder.
Nuestros ilustrados políticos, profundos desconocedores de la realidad económica, se hicieron cargo de una bomba de tiempo sin poder señalar claramente a los culpables.
La moral pasó a segundo plano.
Vinieron los ajustes y las quiebras.
Se profundizó el abuso con los fondos del IESS.
En vez de ajustarse los cinturones, se recurrió al endeudamiento sin freno para tapar el tamaño de la crisis.
La fragilidad de una economía estatal dependiente del petróleo y sus fluctuaciones trajo consigo macrodevaluaciones e inflación.
Temas poco habituales hasta entonces.
La inestabilidad económica golpeó a la política y debilitó a todos sus líderes.
Ninguno de los presidentes fue capaz de tomar el toro por los cuernos y enfrentar la crisis.
Esa ausencia de liderazgos claros permitió a los cuentistas posesionar su discurso de justicia social, beneficiarse de la situación y seguir extorsionando al Estado hasta llevarlo al borde de la quiebra.
Arrinconado por sus propios errores, el gobierno reaccionó tardíamente congelando los fondos de todos para recuperar su solvencia.
Cayeron los banqueros corruptos pero la corrupción siguió vigente. Solamente cambiaron los actores.
Los presidentes siguieron desfilando abruptamente ante su incapacidad de equilibrar el gasto, presentar planes coherentes, lograr consensos con la oposición y evitar los desplantes populistas.
Un país desilusionado y quebrado entregó el poder a un economista novato y mal intencionado.
Una segunda bonanza petrolera logró afianzarlo en el poder y le permitió adueñarse de las instituciones sin oposición válida.
La justicia siguió silenciosa y silenciada.
Se promulgó una ley penal permisiva y mañosa.
El emprendedor siempre perdía frente a una justicia inequitativa.
La corrupción se tomó el poder.
Las fortunas se volvieron realidad para los pseudo izquierdistas y colaboradores afines.
Luego de diez años de saqueo impune, la herencia recibida consistía en una deuda altísima, una economía quebrada, los negocios de los correistas boyantes y un país que empezaba a entender el tamaño de la pesadilla que enfrentaba.
El gobierno de Moreno, atado de pies y manos ante “ la mesa servida”, tuvo que cambiar el rumbo con urgencia.
Por suerte tuvo como aliados a una fiscal de fuste y una justicia intentando salir de su letargo.
Luego de su mandato, los enemigos de ayer se unieron para defenestrar al gobierno del odiado banquero.
La sinrazón y la revancha pudieron más que la búsqueda del bienestar para el país.
No hay que olvidar entonces que ese fue el escenario previo al gobierno de Noboa.
Tuvo que apagar incendios.
Su primer paso fue refinanciar la deuda. Luego, detener el paro indígena y declarar la guerra al crimen organizado.
Subió el precio de los combustibles.
De pronto empezaron los operativos, los juicios, las incautaciones, se afectaron los intereses de alcaldes, contratistas, asambleístas, etc.
Se descubrieron ciertas conexiones entre la delincuencia organizada, antiguas autoridades y poderes secciónales. Temas importantes y ocultos salieron a la luz en un país anestesiado por la corrupción.
Por ello, no es sorprendente la ola de indignación que despierta en varios sectores políticos este despertar de la justicia, a la que acusan de persecución, de sentencias sesgadas y demás epítetos negativos.
¿ Será que es porque ataca a grupos de poder acostumbrados a la impunidad ?
¿ Se deberá quizás a que la moral burguesa ha despertado, después de décadas de silencio, complicidad y coimas, que pasaron desapercibidas en tantos gobiernos pero que eran moneda corriente para quienes tenían negocios con el estado ?
Algún prominente empresario me contó, entre tragos, que había coimeado a todos los dignatarios que tuvieron que ver con sus negocios. Por eso sorprende constatar que hoy estamos llenos de honestos, de esos que miran la paja en el ojo ajeno, los que se presentan como incorruptibles y referentes morales olvidando su historia.
Ahora resulta que nadie lavó dinero dentro y fuera de la banca, que los empresarios jamás abusaron de sus contactos ni pagaron coimas, que los comerciantes siempre cobraron lo justo y no abusaron de las circunstancias, que los jueces han sido y son incorruptibles, que los políticos jamás estuvieron del lado de sus conveniencias sino siempre al lado de la Patria, y que nadie se enriqueció a costa ajena sino a costa propia.
Con las excepciones de rigor.
Porque hoy el malo es Noboa.
Antes todo era perfecto.
Pero para quienes tenemos memoria, es muy sencillo revisar antecedentes y entender que la corrupción y la impunidad forman parte de nuestra idiosincrasia, que hemos convivido con ellas y que en su momento, nos hemos beneficiado o utilizado atajos para lograr nuestras metas.
Aunque duela aceptarlo.
Por ello, aplaudo todo esfuerzo encaminado a mejorar una historia complaciente, indigna, llena de ídolos de barro y de traiciones al país.
A pesar que quienes son hoy presa de la justicia se declaren inocentes, pulcros y perseguidos por un “ dictador “ virtual, cuya lucha contra el crimen organizado ha encontrado enemigos impensados en muchos espacios de poder.
Ya es hora de aceptar nuestra penosa realidad.
Probablemente mi generación no verá los resultados, pero deseo fervientemente que nuestros hijos y nietos vivan en una sociedad menos hipócrita, más consciente de sus carencias y más responsable con el país al que pertenecen.