Opinión

Los heraldos negros

Desde Lima, Perú, para La Nación de Guayaquil, Ecuador.

Jorge.alania@gmail.com

Jorge Alania Vera

 

 

 

 

En su estandarte llevan grabados el desconcierto y la esperanza. Son jóvenes pero la época los ha dotado de una aguda perplejidad y de un coraje que tiene más de místico que de guerrero. No son profetas, pero actúan como si quisieran anunciar algo que no saben que es pero que es, de una manera certera y definitiva. Se han levantado esta mañana dispuestos a todo. En su mochila hay comida para dos días, pero con ella podrían sobrevivir las mil y una noches. No necesitan brújula porque se guían por las estrellas y si ellas no están, por su pura intuición o por algún haz de luces que nadie ve pero que ellos perciben como un viento en la cara. Son, a su corta edad, expertos en naufragios, de tal manera que sabrán colocar las boyas en el lugar preciso y si no es así, no importa, nadarán sin prisa ni descanso hasta la playa.

No han leído mucho pero sí lo suficiente como para entender que veinte poemas de amor pueden convertirse en una canción desesperada. No les asusta esa canción porque la han escuchado muchas veces en la boca de otros, en su propia boca y en la vasta inmensidad que todos los días la devuelve como un eco. No creen en Dios pero a su manera cada uno es religioso y se perdió también en un mercado y fue encontrado en un templo y, probablemente, muera en una cruz para redimir su mundo. Se descubren en los conciertos y en los teatros absortos y a la vez exaltados por la música. Son discretos pero en algunas ocasiones pasan por estridentes debido a que sus mentores han dado el gran salto hacia el abismo. La vida es para ellos una canción que se tararea a solas pero que se canta en comunidad alrededor del fuego o del silencio. En eso están hora y tal vez mañana.