Opinión

Los desplazados de Mariúpol hablan sobre el «infierno en la Tierra»

Nota del editor: Yulia Gorbunova es abogada e investigadora principal de Human Rights Watch en Ucrania, donde ha investigado anteriormente el conflicto armado en el Donbás, los abusos de los derechos humanos en Crimea y, más recientemente, las atrocidades en Bucha y Mariúpol. Las opiniones expresadas en este comentario le pertenecen únicamente a su autor.

Lviv, Ucrania (CNN) — El 15 de marzo, Halyna Moroskhovskaya cocinaba sopa para 172 personas en la residencia municipal que dirigía en Mariúpol. Al igual que ella, los residentes se refugiaban en alojamientos temporales mientras las fuerzas rusas bombardeaban implacablemente su ciudad natal.

En un momento dado, las explosiones fueron tan graves que Halyna, de 59 años, corría al sótano cada vez que añadía un ingrediente más a la olla. «Añade zanahorias, corre al sótano, añade las papas, corre al sótano», me dijo la semana pasada en un hospital de Lviv, una ciudad del oeste de Ucrania que se ha convertido en una especie de refugio en el país.

Es aquí donde Halyna y su hija, Nataliya, de 37 años, están siendo tratadas por las devastadoras heridas que sufrieron cuando una explosión sacudió su residencia ese mismo día.

«El 15 de marzo fue un día negro», dijo Halyna. Cuando el bombardeo empeoró, Nataliya finalmente convenció a su madre y a su marido, Andrii, que huyeran. Estaban reunidos en una habitación del segundo piso, discutiendo sus planes de evacuación, cuando los alcanzó el ataque.

Halyna dijo que escuchó un zumbido. Sus oídos empezaron a resonar, estaba aturdida. Lo siguiente que supo fue que su cara sangraba y que el lado derecho de su cuerpo parecía estar en llamas. Vio a Andrii a su lado, escarbando frenéticamente entre los escombros, el polvo y los trozos de cristal. Nataliya estaba enterrada debajo, y solo sobresalía su pie.

Nataliya perdió su ojo derecho. También sufrió una fractura de cráneo y de mandíbula. La joven tenía un brazo roto y múltiples cortes profundos en la cara. Su madre también estaba gravemente herida. Me mostró los cortes profundos y sin cicatrizar en todo su costado derecho, muslo, rodilla y tobillo.

Otras dos personas estaban en la habitación con ellos en ese momento. Ambas murieron. Los hijos de Nataliya, Maksym, de 5 años, y Eduard, de 19, estaban en el sótano durante el ataque y resultaron ilesos.

Mariúpol, en la costa norte del mar de Azov, está siendo atacada sin tregua por las fuerzas rusas desde principios de marzo. Los civiles que huyeron de Mariúpol la describieron como un infierno en la Tierra; una ciudad antaño hermosa, dañada hasta quedar irreconocible, con sus edificios ennegrecidos y destruidos por los constantes bombardeos rusos, con las calles llenas de cadáveres, escombros y fragmentos de proyectiles.

No es la única. Como investigador de Human Rights Watch, he hablado con docenas de personas que huyeron de los bombardeos en numerosas ciudades de Ucrania. He hablado con personas que temían por su vida, que simplemente querían encontrar seguridad para ellos y sus hijos, y que me contaron la violencia atroz que han presenciado durante esta guerra.

Como muchas otras personas en Ucrania, en cuestión de semanas, la familia de Halyna había perdido su casa y todo lo que tenían. Estuvieron a punto de perder la vida.

Sin electricidad ni gas desde principios de marzo, los habitantes de Mariúpol habían empezado a cocinar en fogatas cerca de las entradas de sus edificios. Por eso, me dijo Halyna, el día del ataque estaba cocinando sopa al aire libre, en una enorme olla de 30 litros.

Entre las personas que Halyna había estado cuidando en la residencia había al menos 50 niños y varias personas mayores que no tenían mucha movilidad. Nataliya llevaba semanas intentando convencer a Halyna de que huyera, pero ella se resistía porque se sentía culpable de dejar atrás a personas que no tenían auto ni otros medios para desplazarse. «Me sentía responsable de ellos», dijo.

Después de la explosión en la residencia, Halyna y Nataliya fueron llevadas al hospital número 3 de Mariúpol. Era una imagen horrible, oscura y prácticamente desierta, con charcos de sangre en el suelo. La mayoría de los médicos y el resto del personal sanitario habían huido. El médico que cosió las laceraciones de la cara de Halyna no dejaba de rogarle que aguantara en medio de una terrible escasez de medicamentos para aliviar el dolor. El dolor era insoportable, dijo, pero sabía que era peor para su hija.

La familia pasó 36 horas en el hospital, con Halyna durmiendo en un banco en el pasillo, mientras continuaban los bombardeos. No había médicos ni enfermeras para cambiar el vendaje de sus heridas.

Dos días más tarde, el 17 de marzo, toda la familia viajó en el auto de Andrii, lleno de agujeros de bala pero que seguía funcionando, hacia la salida de la ciudad.

Pasaron por unos 20 puestos de control rusos, dijo Halyna. En uno de los puestos de control, un soldado ruso miró sus rostros heridos y les preguntó: «¿Quién les hizo esto?».

«Tenía muchas ganas de responder: «¡Tú lo hiciste!». me dijo Halyna. «Pero realmente es mejor mantener la boca cerrada cuando se trata de un hombre con un arma».

Las fuerzas rusas que vigilaban los puestos de control dijeron a la familia que solo podían ir a la cercana ciudad de Berdyansk, en la costa sureste, actualmente ocupada por las fuerzas rusas. Pero la familia estaba decidida a estar en territorio controlado por Ucrania, por lo que se arriesgó a dar un rodeo para llegar a la ciudad de Zaporiyia. Tras recibir asistencia médica inmediata ahí, la familia tomó un tren para cruzar el otro lado del país hasta Lviv, para recibir una atención más especializada.

Sin embargo, muchos otros no tuvieron esta opción. Las personas que huyeron de Mariúpol más recientemente me contaron que las fuerzas rusas no dieron a los residentes otra opción que ir a Rusia o a territorio controlado por Rusia.

Solo aquellos que tenían sus propios autos o suficiente dinero en efectivo para acceder a un transporte alternativo podían llegar a otras partes de Ucrania, a menudo a través de peligrosas rutas de escape. Al parecer, muchos otros residentes de Mariúpol han acabado en Rusia, en contra de su voluntad y sin posibilidad de salir. Cerca de 120.000 personas más permanecen en Mariúpol, según las autoridades de la ciudad, pero el número exacto no puede ser verificado.

En Lviv, Nataliya pasó días en cuidados intensivos y acaba de empezar a comer por sí misma. Necesitará una prótesis ocular. Halyna tiene un dolor constante, dijo, pero lo único que le preocupa ahora es su hija.

Cuando mi colega y yo salíamos del hospital, vi a Maksym deambulando por los pasillos vacíos del hospital. Se detuvo a mirarme, sonrió, luego perdió el interés y salió corriendo.

Nataliya y Andrii dijeron que no querían que Maksym experimentara la guerra en su vida. Cuando aún estaban en Mariúpol, intentaron protegerlo, explicándole que las fuertes explosiones eran solo fuegos artificiales.

«Preguntó: ‘¿Por qué los lanzan de día? ¿Por qué no puedo verlos?’. Le dijimos que habían venido los rusos y que lanzaban fuegos artificiales. Lo convencimos durante dos semanas. Luego se dio cuenta de que eran bombas y tanques. Pero fue muy valiente».

 

 

 (cnn.com)