Opinión

“LOS DERECHOS HUMANOS NO EXISTEN”

Javier Agüero Águila, Doctor en Filosofía y académico del Departamento de Filosofía de la Universidad Católica del Maule.

(Publicado originalmente en La Voz de los Que Sobran)

Los derechos humanos no existen, en ninguna parte; son solo retórica y corrección política. Se invocan una y otra vez para inseminar una cierta moralidad a una u otra variante política; para tener una posición frente a las guerras y no pasar de largo de cara a lo que hay que decir y que tiene que siempre estar presente en la prédica bien criada y así no caer en la inopia inconsciente del dolor humano. Su fraseología aparece cuando, más allá de cualquier afán de dominación y destrucción parcial o masivo, se hace urgente mostrar el pedigrí ético que otorga pronunciar estas dos palabras en principio tan distantes: “derechos” y “humanos”.

Entonces –y aunque se deshagan todas las cadenas significantes– se convierten en dispositivo legitimante del horror y en honor a su defensa se recuperan para enchufar legitimidad a cualquier forma de violencia, desde las prácticas más cotidianas de brutalidad (hacia lxs migrantes, las mujeres, las disidencias sexuales, los pueblos originarios, etc.) hasta las guerras y genocidios en rodaje.

Las grandes potencias, en esta línea, no están interesadas en ser caja de resonancia de los cientos de miles de mujeres, niñas, niños y hombres que minuto a minuto son asesinados, desplazados, torturados; únicamente considerados como el material ad-hoc para aceitar la máquina de guerra. Y las superpotencias no están interesadas porque entienden a los DDHH como tributarios de negocios geopolíticos superiores y de posicionamiento estratégico en el globo. No habrá, no podría haberlo en términos del imaginario de su influencia mundial, un posicionamiento de los DDHH en una zona de privilegio si es que esto conlleva una pérdida en el avance y consolidación del poderío planetario. Y en este juego aparecen USA, la OTAN, Rusia, Israel, Irán, en fin, todos las naciones y organizaciones que desde sus bodegas nucleares entienden al mundo como el gran botín que debe ser conquistado.

Los derechos humanos no existen y si existieran, tal como lo decía Marx en Sobre la cuestión judía (1843), son en la actualidad los derechos del hombre egoísta, hacía sí, intoxicado de propiedad privada y medios de producción, despojado de toda idea de lo común; hombre que en la hemorragia sin pausa de su pulsión a la posesión está siempre tentado a desatar la furia expansiva en nombre de los DDHH mismos ¿Acaso Putin no justifica la invasión a Ucrania para desnazificarla y darle entonces una nueva oportunidad a los DDHH en ese país? Tendríamos que creer en el altruismo y el respeto por la libertad de los pueblos oprimidos del jerarca ruso.

Hay un genocidio en curso. La población palestina en Gaza está muriendo de manera patética. Se trata de un exterminio televisado. Ahora mismo ocurre un crimen contra la humanidad que tendría que avergonzarnos, insisto, aquí y ahora. Pero es tan nuestro, tan colindante con la “naturaleza humana” (expresión difícil pero bueno, se le parece) el no verse afectado por un dolor, por el eco del grito desgarrado de una madre o padre gazatí salvo, claro, si todo esto ocurre inmediatamente afuera de nuestras casas.

El ultraje de la dignidad no será para nosotros un perímetro urgente de ser defendido si es que su transgresión no nos toca directamente. A lo más, como ocurre en su codificación política más insensible, los defenderemos desde el confort de nuestra realidad sin bombas, sin fuego, sin muertos en las calles y sin la amenaza permanente y fantasmática que reverbera infame en los sueños de esa madre y padre gazatí anónimas.

Casi 35 mil muertos son los muertos en Gaza; más de 250 mil se ha cobrado la guerra en Ucrania. Millones de migrantes en el mundo entero son rechazados en las fronteras de países que le niegan “el” derecho humano a la libre circulación, a la ciudadanía, y nada más al impulso vital de desplazarse para sobrevivir. Y solo a modo de ejemplo para ir a otros puntos cardinales, cientos de miles del Frente Polisario de la comunidad saharaui que, desde 1960 lucha contra Marruecos por su autodeterminación e independencia, han muerto. Incontables vidas se han llevado también, desde el 2011, la guerra en Yemen, asediado por décadas por la alianza entre Arabia Saudita y los Emiratos Árabes.

Los derechos humanos no existen, pero entonces y por lo mismo, se nos revelan como el gran principio de lo político, el canon que debiera distribuir sentido de cara a cada una de las resignificaciones de la violencia. La resistencia debe articularse contra el cliché de los DDHH mismos, contra la vulgata semántica que los corroe y les resta toda intensidad.

Se necesita una revolución, una en nombre los derechos humanos. Y aquí sí que valen todas las formas de lucha, todas.

 

(ucm.cl)