LOS CAPÍTULOS QUE SE OLVIDARON DE INCORPORAR AL PLAN DE SEGURIDAD
Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.
El enemigo también piensa, aprende, se adapta y se prepara
II
Después de casi tres años de guerra contra las organizaciones criminales, existe una pregunta que el Ecuador debería formularse con absoluta seriedad:
¿Qué ha hecho el enemigo durante todo este tiempo mientras el Estado preparaba sus operaciones, modificaba sus estrategias, incorporaba tecnología, movilizaba a sus Fuerzas de Seguridad y anunciaba nuevos planes para recuperar el control del país?
Porque existe una verdad elemental en toda confrontación:
el enemigo también piensa.
También observa.
También aprende.
También analiza nuestras fortalezas y nuestras debilidades.
También modifica sus estructuras.
También reemplaza a sus dirigentes.
También busca nuevas rutas, nuevos proveedores, nuevas fuentes de financiamiento y nuevas formas de penetrar las instituciones.
Y, sobre todo, también se prepara para enfrentar la próxima operación del Estado.
Ésta es, quizá, una de las preguntas más importantes que deberían hacerse quienes diseñan nuestra política de seguridad.
Un plan puede describir perfectamente lo que hará el Estado.
Pero una verdadera estrategia debe incorporar también una segunda pregunta:
¿Qué hará el adversario cuando descubra lo que nosotros pensamos hacer?
Ahí comienza la diferencia entre reaccionar y anticipar.
Y después de tres años de confrontación, quizás ha llegado el momento de revisar no solamente lo que contiene nuestro Plan de Seguridad, sino también los capítulos que parecen haberse olvidado de incorporar.
PRIMER CAPÍTULO: EL ENEMIGO TAMBIÉN PIENSA
Toda estrategia comienza por conocer al adversario.
Pero conocerlo no significa solamente conocer los nombres de sus cabecillas, sus alias o sus organizaciones.
Significa comprender su estructura, sus capacidades, sus recursos, sus alianzas, sus vulnerabilidades, sus mecanismos de financiamiento, sus rutas y, sobre todo, su capacidad de adaptación.
Porque si capturamos a un jefe y otro ocupa inmediatamente su lugar, debemos preguntarnos qué hemos destruido realmente.
Si decomisamos un cargamento y poco después aparecen otros, debemos estudiar qué parte de la cadena logística permaneció intacta.
Si ocupamos temporalmente un territorio y el crimen vuelve cuando las fuerzas se retiran, debemos reconocer que quizá no recuperamos el territorio: simplemente realizamos una incursión.
Por eso la pregunta estratégica no puede limitarse a:
¿A quién capturamos?
Debe ser:
¿Qué capacidad criminal destruimos?
SEGUNDO CAPÍTULO: LA CAPACIDAD DE REGENERACIÓN
Una organización criminal moderna no puede medirse únicamente por el número de hombres que la integran.
Su verdadera fortaleza puede encontrarse en su capacidad de reemplazarlos.
Cae un jefe y aparece otro.
Es detenido un sicario y otro ocupa su lugar.
Se descubre una ruta y aparece otra.
Se desarticula una estructura y sus integrantes se fragmentan, se reorganizan o se incorporan a nuevas organizaciones.
Podemos, entonces, acumular numerosas victorias tácticas y, simultáneamente, estar perdiendo la guerra estratégica.
Porque una organización que conserva su capacidad de regeneración no ha sido realmente destruida.
Por eso el objetivo debe ser mucho más profundo: impedir que las estructuras criminales puedan reproducirse.
TERCER CAPÍTULO: EL CRIMEN ORGANIZADO COMO SISTEMA TRANSNACIONAL
Durante demasiado tiempo hemos pensado el problema como si las organizaciones criminales fueran esencialmente fenómenos nacionales.
Ya no es así.
La droga no reconoce fronteras.
Las armas tampoco.
El dinero ilícito tampoco.
Tampoco el tráfico de personas, el contrabando, la minería ilegal y otras economías criminales.
Ecuador, Colombia y Perú pueden coordinarse mediante acuerdos, reuniones, protocolos y operaciones conjuntas.
Pero las organizaciones criminales llevan años entendiendo las fronteras de una manera diferente:
como oportunidades y no como obstáculos.
No sería responsable afirmar, sin pruebas, que existe una única «corporación criminal» jerárquica que controla todas las organizaciones de la región.
Pero sí podemos reconocer la existencia de un ecosistema criminal transnacional, en el cual organizaciones diferentes pueden competir por territorios y mercados y, al mismo tiempo, cooperar cuando existen intereses comunes.
Pueden compartir rutas, proveedores, intermediarios, contactos, dinero, armas, información y capacidades.
Mientras los Estados necesitan coordinar burocracias, las economías criminales coordinan negocios.
Esa asimetría es peligrosa.
CUARTO CAPÍTULO: EL DINERO ES EL CENTRO DE GRAVEDAD
Si realmente queremos golpear al crimen organizado, debemos dejar de concentrarnos exclusivamente en quienes empuñan las armas.
Hay que perseguir el dinero.
Una organización necesita recursos para comprar armas, pagar sicarios, transportar droga, adquirir propiedades, corromper funcionarios, movilizar mercancías, financiar abogados, mantener vehículos y sostener toda su estructura logística.
El dinero es el combustible del sistema criminal.
Por eso la lucha contra el crimen organizado debe incorporar con mucha mayor fuerza la inteligencia financiera y la investigación patrimonial.
Hay que identificar redes financieras, empresas de fachada, testaferros, operaciones comerciales sospechosas y mecanismos de lavado.
Capturar al delincuente y dejar intacto su patrimonio puede ser apenas una victoria parcial.
Destruir su capacidad financiera significa atacar su capacidad de regeneración.
QUINTO CAPÍTULO: LA CORRUPCIÓN COMO ARMA ESTRATÉGICA
Hay una realidad que debemos enfrentar sin miedo:
ninguna organización criminal puede alcanzar determinados niveles de poder sin aprovechar las vulnerabilidades de las instituciones.
La corrupción no es simplemente otro delito.
Puede convertirse en un multiplicador del poder criminal.
Un funcionario que entrega información puede frustrar una operación.
Un empleado que facilita documentación puede abrir una ruta.
Un agente que protege una actividad ilícita puede convertir una zona en territorio seguro.
Un funcionario penitenciario corrupto puede facilitar comunicaciones y órdenes.
Por eso la seguridad nacional necesita una política permanente de depuración, integridad institucional y contrainteligencia.
No solamente hay que perseguir al enemigo que está afuera.
Hay que descubrir al enemigo que puede estar adentro.
SEXTO CAPÍTULO: EL TERRITORIO NO SE RECUPERA CON INCURSIONES
Recuperar un territorio no significa simplemente entrar con fuerzas militares y policiales.
Significa que el Estado vuelva a ejercer autoridad de manera permanente.
Que el ciudadano pueda caminar sin miedo.
Que el comerciante no tenga que pagar extorsiones.
Que el joven tenga una alternativa distinta al reclutamiento criminal.
Que exista justicia.
Que existan servicios públicos.
Que exista policía.
Que exista educación.
Que exista empleo.
Que exista confianza en las instituciones.
Porque si las fuerzas entran hoy y se retiran mañana, dejando nuevamente el espacio vacío, el crimen puede regresar.
La recuperación territorial debe ser permanente, no episódica.
SÉPTIMO CAPÍTULO: LAS CÁRCELES COMO TERRITORIO ESTRATÉGICO
Las cárceles no pueden ser consideradas únicamente lugares donde se encuentran personas privadas de libertad.
En una guerra contra el crimen organizado, el sistema penitenciario constituye un territorio estratégico.
Si desde las prisiones se mantienen comunicaciones, se transmiten órdenes, se coordinan operaciones o se conservan estructuras de mando, entonces la cárcel deja de ser simplemente un lugar de reclusión.
Se convierte en una extensión de la organización criminal.
Por eso la inteligencia penitenciaria debe formar parte integral de la inteligencia nacional contra el crimen organizado.
El objetivo no puede ser únicamente impedir fugas.
Debe ser impedir que las organizaciones continúen funcionando desde el interior de las cárceles.
OCTAVO CAPÍTULO: LAS FRONTERAS NO PUEDEN SEGUIR SIENDO LÍNEAS EN UN MAPA
Nuestras fronteras son espacios estratégicos.
Por ellas circulan personas, mercancías y actividades lícitas, pero también pueden circular drogas, armas, dinero y estructuras criminales.
La cooperación con Colombia y Perú es indispensable.
Pero necesitamos algo más que reuniones de autoridades.
Necesitamos inteligencia compartida, intercambio oportuno de información, objetivos comunes y operaciones coordinadas, respetando la soberanía y las competencias de cada Estado.
El crimen organizado ya trabaja de manera transnacional.
La respuesta estatal también debe hacerlo.
NOVENO CAPÍTULO: LOS PUERTOS, EL MAR Y EL ESPACIO AÉREO
Ecuador no puede diseñar su seguridad pensando exclusivamente en tierra.
Nuestra posición geográfica, nuestros puertos y nuestra salida al Pacífico nos convierten en un escenario estratégico para el comercio legítimo y, simultáneamente, para las economías ilícitas.
El control portuario, aduanero, marítimo y aéreo debe ser entendido como una cuestión de seguridad nacional.
No se trata solamente de revisar contenedores.
Hay que comprender las cadenas logísticas completas.
¿Quién exporta?
¿Quién importa?
¿Quién transporta?
¿Quién financia?
¿Quién recibe?
¿Quién se beneficia?
La inteligencia debe conectar todos esos puntos.
Porque una carga ilícita no aparece mágicamente dentro de un contenedor.
Existe una cadena humana, financiera y logística detrás de ella.
DÉCIMO CAPÍTULO: LA GUERRA POR EL REEMPLAZO
Podemos capturar miles de delincuentes y, sin embargo, perder la batalla si otros miles están esperando ocupar su lugar.
El crimen organizado necesita jóvenes.
Necesita personas dispuestas a transportar, vigilar, extorsionar, distribuir droga y eventualmente matar.
Por eso la seguridad nacional también debe librarse en escuelas, barrios y comunidades.
Si no reducimos la capacidad de reclutamiento, estaremos intentando vaciar un recipiente mientras continuamos llenándolo.
La lucha contra el crimen no puede limitarse a perseguir a quienes ya ingresaron a sus estructuras.
Debe impedir que esas estructuras sigan reclutando.
UNDÉCIMO CAPÍTULO: INTELIGENCIA Y CONTRAINTELIGENCIA
Éste puede ser uno de los capítulos más importantes de todos.
La inteligencia no consiste solamente en saber dónde está el enemigo.
Debe permitirnos conocer:
qué está haciendo, qué pretende hacer y cómo reaccionará ante nuestras acciones.
Si el Estado anuncia una operación, el adversario recibe información.
Si modificamos un control, buscará una alternativa.
Si fortalecemos una frontera, buscará otra.
Si capturamos dirigentes, promoverá reemplazos.
Si cerramos una ruta, abrirá otra.
Por eso la inteligencia debe convertirse en un proceso permanente de anticipación.
Y la contrainteligencia debe impedir que nuestras propias vulnerabilidades terminen proporcionando información al adversario.
DUODÉCIMO CAPÍTULO: ¿CÓMO SABREMOS SI ESTAMOS GANANDO?
Ésta es quizá la pregunta más importante.
Una guerra no se gana contando operaciones.
Tampoco contando ruedas de prensa.
Ni siquiera contando únicamente capturas.
Necesitamos indicadores estratégicos.
¿Estamos reduciendo la capacidad financiera del crimen?
¿Estamos destruyendo sus rutas?
¿Estamos disminuyendo su acceso a armas?
¿Estamos recuperando territorios de manera permanente?
¿Estamos reduciendo el reclutamiento?
¿Estamos desarticulando redes de corrupción?
¿Estamos disminuyendo la extorsión?
¿Estamos reduciendo de manera sostenible los homicidios?
¿Estamos disminuyendo su capacidad de regeneración?
Si no podemos responder afirmativamente, debemos tener el valor de modificar la estrategia.
Porque una estrategia que no produce los resultados esperados no se defiende: se corrige.
DECIMOTERCER CAPÍTULO: GALÁPAGOS, EL PORTAVIONES NATURAL DEL PACÍFICO ORIENTAL
Existe un capítulo que, a mi juicio, merece una consideración especial dentro de una estrategia moderna de seguridad nacional:
Galápagos.
El archipiélago no es solamente un patrimonio natural de la humanidad, un extraordinario destino turístico y una provincia insular.
Desde una perspectiva geoestratégica, constituye una posición privilegiada del Ecuador en el Pacífico oriental.
Y esa posición debe ser comprendida también desde la seguridad marítima.
No propongo convertir Galápagos en una base militar extranjera.
Tampoco alterar su régimen especial de protección.
Propongo algo diferente:
reconocer plenamente su valor estratégico como plataforma soberana de vigilancia, información, búsqueda, rescate y control marítimo.
La realidad demuestra que las rutas criminales utilizan el océano y que el archipiélago no está al margen de esas dinámicas. En junio de 2026, una operación permitió incautar cerca de 1,5 toneladas de cocaína en Galápagos, evidenciando nuevamente la utilización de embarcaciones y rutas marítimas vinculadas al tráfico internacional de drogas.
Esto significa que Galápagos no puede ser considerado un espacio periférico dentro de nuestra estrategia marítima.
Es un punto avanzado de observación del Pacífico.
UNA POSICIÓN ESTRATÉGICA QUE ECUADOR NO PUEDE DESAPROVECHAR
Imaginemos una arquitectura de vigilancia marítima integrada alrededor del archipiélago.
Ecuador, Estados Unidos, Colombia y Perú podrían desarrollar, dentro de sus respectivos marcos jurídicos y competencias soberanas, mecanismos de cooperación para compartir información marítima, detectar patrones sospechosos, identificar embarcaciones y coordinar operaciones de interdicción.
No tendría que tratarse de una alianza militar ofensiva.
Podría ser algo mucho más útil:
una coalición regional de seguridad marítima contra las economías criminales transnacionales.
Una red capaz de integrar información procedente de satélites, radares, aeronaves, buques, guardacostas, sistemas de identificación marítima e inteligencia criminal y financiera.
El objetivo no sería controlar el océano desde Galápagos.
Sería algo mucho más importante:
saber qué está ocurriendo en el océano antes de que una amenaza llegue a nuestras costas.
UNA COALICIÓN DEL PACÍFICO ORIENTAL
Aquí aparece una oportunidad geopolítica que Ecuador debería estudiar seriamente.
Estados Unidos posee capacidades tecnológicas, satelitales y de vigilancia marítima de enorme valor.
Colombia tiene una experiencia acumulada considerable en la lucha contra organizaciones criminales y conoce profundamente las rutas del narcotráfico que conectan el espacio andino con el Pacífico.
Perú posee una posición estratégica fundamental en el Pacífico sur y capacidades propias de vigilancia marítima.
Y Ecuador posee algo que ninguno de ellos puede sustituir:
Galápagos.
La suma de esas capacidades podría producir algo mucho más poderoso que la suma de operaciones nacionales aisladas.
Una arquitectura multinacional de vigilancia e interdicción del Pacífico oriental permitiría enfrentar no solamente el narcotráfico, sino también el tráfico de armas, combustible, personas, pesca ilegal y otras actividades ilícitas transnacionales.
GALÁPAGOS NO DEBE SER UNA BASE DE OTRO PAÍS
Aquí debemos ser absolutamente claros.
Utilizar estratégicamente Galápagos no significa entregar soberanía.
No significa instalar una base militar extranjera.
No significa convertir el archipiélago en una plataforma de operaciones de una potencia.
Significa que Ecuador puede ser el anfitrión soberano de una arquitectura de cooperación internacional, acordada por los Estados participantes, sometida a las leyes ecuatorianas, al derecho internacional y a las normas de protección que corresponden al archipiélago.
La cooperación internacional no tiene necesariamente que significar pérdida de soberanía.
Al contrario:
un Estado que utiliza inteligentemente sus alianzas para proteger su territorio está ejerciendo soberanía.
PROTEGER GALÁPAGOS ES TAMBIÉN PROTEGER AL CONTINENTE
Durante décadas hemos pensado que debemos proteger Galápagos del continente.
Hoy debemos comprender que también necesitamos proteger al continente desde Galápagos.
Las islas pueden constituir un punto avanzado para detectar amenazas que se desplazan por el Pacífico antes de que alcancen nuestras costas y nuestros puertos.
Y esa función no tiene por qué ser exclusivamente militar.
Puede incluir:
control pesquero;
protección ambiental;
búsqueda y rescate;
seguridad de las rutas marítimas;
prevención del tráfico ilícito;
control de embarcaciones;
vigilancia de actividades sospechosas;
y cooperación internacional contra el crimen organizado.
El verdadero valor estratégico no está solamente en las islas.
Está en lo que podemos ver desde ellas.
EL PORTAVIONES QUE NO DEBEMOS DESAPROVECHAR
Galápagos puede ser, metafóricamente, nuestro portaviones natural en el Pacífico oriental.
No para proyectar guerra.
Sino para proyectar presencia, información, cooperación y seguridad.
Desde allí podría articularse una arquitectura regional destinada a dificultar los corredores marítimos utilizados por las organizaciones criminales hacia Centroamérica, México y Norteamérica.
Si Ecuador consigue que Estados Unidos, Colombia y Perú compartan capacidades, información y objetivos dentro de un esquema respetuoso de la soberanía nacional, podríamos transformar una posición geográfica privilegiada en una ventaja estratégica.
Porque el crimen organizado ya entendió hace tiempo el valor del mar.
Ahora le corresponde al Estado entenderlo también.
DECIMOCUARTO CAPÍTULO: LA ANTICIPACIÓN
Finalmente, existe un capítulo que debería atravesar todos los anteriores:
anticipar.
El Estado no puede vivir reaccionando.
Una organización criminal ataca y respondemos.
Cambia de ruta y reaccionamos.
Cambia de estructura y reaccionamos.
Aparece un nuevo jefe y reaccionamos.
Descubrimos una nueva modalidad y reaccionamos.
Eso no es estrategia.
Eso es adaptación tardía.
La verdadera estrategia consiste en obligar al adversario a reaccionar ante nuestras decisiones.
Debemos pasar de la reacción a la anticipación.
NO SE TRATA DE DECIR QUE TODO ESTÁ MAL
Reconocer estos vacíos no significa desconocer el sacrificio de policías, militares, fiscales, jueces y funcionarios que enfrentan diariamente una amenaza extraordinariamente peligrosa.
Tampoco significa afirmar que todo lo realizado ha sido inútil.
Sería injusto y, además, estratégicamente equivocado.
La pregunta es otra:
¿Es suficiente lo que estamos haciendo para enfrentar a un enemigo que también ha evolucionado?
Porque una estrategia diseñada para enfrentar al enemigo de hace tres años puede resultar insuficiente para enfrentar al enemigo de hoy.
Y precisamente por eso los planes de seguridad deben ser documentos vivos.
Deben aprender.
Deben corregirse.
Deben adaptarse.
Deben anticiparse.
EL CAPÍTULO MÁS IMPORTANTE
Después de casi tres años de confrontación, Ecuador tiene una obligación histórica:
dejar de medir la guerra exclusivamente por los golpes que damos y comenzar a medirla por la capacidad del enemigo para seguir funcionando.
Si una organización pierde hombres pero conserva dinero, armas, rutas, territorio, corrupción, logística, inteligencia y capacidad de reemplazo, entonces conserva su poder.
Y mientras conserve su poder, continuará siendo una amenaza.
Por eso los capítulos que faltan incorporar al Plan de Seguridad no son simples anexos.
Son parte de la esencia de una estrategia moderna.
Porque un Estado que solamente planifica lo que él hará está incompleto.
Una verdadera estrategia debe prever también lo que hará el adversario cuando descubra lo que nosotros pensamos hacer.
Después de tres años de guerra, ésta debería ser nuestra principal lección:
EL ENEMIGO TAMBIÉN PIENSA.
La pregunta ya no es solamente qué vamos a hacer nosotros.
La pregunta verdaderamente estratégica es:
¿qué hará él cuando lo hagamos?
Y si todavía no tenemos una respuesta convincente, entonces quizá no nos falte otra operación.
Nos falta estrategia.
Semper Fi.
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