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‘Los Beatles hicieron bachatas sin saberlo’: Juan Luis Guerra

En el Hay Festival Cartagena, el compositor ‘se confesó’ con María Isabel Rueda, en una entrevista para el tiempo.

COLOMBIA. Juan Luis Guerra Seijas nació en Santo Domingo, el 7 de junio de 1957; mide dos metros y lleva más de tres décadas casado con Nora Vega, con quien tiene dos hijos, Paulina y Jean Gabriel.

En su último disco, ‘Todo tiene su hora’, se siente una gran influencia sesentera, y como a Lucho Bermúdez por ahí flotando…

Por supuesto que tiene influencia del big band. Estudiando en Berklee, me topé con Duke Ellington, Count Basie, Mingus… Pero apenas hace poco me introdujeron a Lucho Bermúdez y pude escuchar y admirar sus trabajos, lo bien que orquestaba la música tropical.

En su hermoso ‘Canto a Colombia’ saca a relucir expresiones muy propias de los colombianos, como ‘qué pena con usted’ y ‘a la orden, sumercé’. ¡Dibujan perfectamente nuestra idiosincrasia!

Pues, es que cada vez que hablo con un colombiano me dice: ‘Ay, qué pena con usted, me puedo tirar (tomar) una foto?’. Ahí hay algo característico de ustedes que tenía que poner en la canción.

¿Y la mención que hace de tantas ciudades colombianas en esa misma canción es casual?

No. Es porque he venido a tocar y cantar ellas. Pero me faltó una. No sé (risas). Traté por todos los medios de que no se me quedara ninguna, pero ocurrió. La música llegó cuando precisamente venía de tu país en un avión, porque la melodía me evocaba a Colombia.

Cuando usted va en un avión y se le viene a la cabeza una melodía, ¿de inmediato la graba?

En el celular, la grabo de inmediato. Para mí, primero llega la música y después, la letra.

Usted sabía que iba a ser músico, pero en la universidad empezó a estudiar contaduría porque su mamá se lo pidió…

A la mamá hay que complacerla siempre. Ella era muy dulce y me insistió en una ‘carrera paralela’ a la música. Estudié contabilidad, pero duré dos días. Ella sabía en el fondo que no era para mí. Me mandó a estudiar filosofía y letras. Era lo más cercano a la música que podía haber encontrado.

Pues le sirvió mucho, porque en las letras de sus canciones hay por dentro un filósofo de la vida y un hombre que sabe encontrar palabras muy bonitas. ¿Es cierto que, además, tiene gran influencia de poetas como Neruda y García Lorca?

Claro. Por mi carrera, tenía que leer a grandes poetas y escritores. Pero todavía espero que las melodías me traigan las letras, no al contrario.

Usted escribe, canta, compone y produce. ¿Cuál es la más satisfactoria de esas facetas?

La etapa de creatividad. Cuando estás componiendo, la sensación es algo que no se puede expresar. Componer y arreglar, que es mi pasión, y dejaría a otros que canten.

De hecho, ha compuesto canciones para otros.

Me gusta. Pero también cuando vienen otros artistas con sus proyectos y sirvo de arreglista y productor. Es el caso de Juanes, y yo no sé cuál de los dos disfrutó más. A Luis Miguel y a Emmanuel les he hecho canciones, y muchísimos duetos con otros artistas, de los que siempre saca uno mucha experiencia.

¿Y la inspiración le llega por rachas?

No, es normal. Como comer o dormir. Todos los días, normalmente yo prendo mi celular y grabo algo, o voy a la guitarra o al piano. Es mi oficio de compositor.

Lo pregunto porque hay Juan Luis para mucho rato.

(Risas). Yo creo que sí. Pero algo así me pasaba cuando no tenía ningún Grammy, en el 92. Yo quería uno. Después, el Señor me mandó como 16 o 17, y estoy feliz con ellos.

Existe la Fundación Juan Luis Guerra, que trabaja muy discretamente para los dominicanos más pobres…

Ayudamos a los niños quemados y a los hidrocefálicos. Y tenemos una casa de viejitos, atendemos a 22 por la mañana y a 22 por la tarde. Les damos comida, les cuidamos sus necesidades, les damos recreación. Parecen pocos, pero rinden mucho (risas) –el regalo de Navidad del músico dominicano para ellos fue una buseta, para que los lleven a pasear. Por algo los viejitos le dicen ‘papá’–.

¿Fue Juan Luis Guerra el que volvió famosa la bachata, o la bachata a Juan Luis?

Fue un conjunto. La música me ayudó muchísimo, por supuesto. La bachata, con ciertas variaciones, es un bolero antillano y todos los latinos amamos el bolero.

¿Qué influencias tiene esa música en sus orígenes?

Africana, por supuesto –se toca con bongós–, y fíjate que la armonía específicamente la lleva la guitarra, no el piano. Tiene sus características propias, su forma de bailar, diferente completamente al bolero. También tiene influencia mexicana.

Usted dijo una vez que dos canciones de The Beatles eran bachatas y que solo les faltaban los bongós: ‘If I Fell’ y ‘Till There Was You’…

Y también And I Love Her. Claro que son bachatas, pero los Beatles nunca lo supieron.

¿Y la influencia de los Beatles en usted?

Fue total y definitiva. Aprendí a tocar música siguiendo sus canciones. Si miras la forma en que yo armonizo, tiene que ver muchísimo con los Beatles.

¿Es cierto que para un dominicano sólo hay espacio en el corazón para el béisbol y el merengue?

(Risas). Mi padre no fue un beisbolista profesional, pero jugaba como amateur con la universidad y representaba al país. Pero es cierto que lo que más producimos en la actualidad son músicos o beisbolistas.

¿Es cierta la anécdota de que, estudiando en Berklee, trató de animar una fiesta con guitarra pero nadie le ponía bolas, y que cuando tomó una güira (instrumento de percusión metálico) que había por allí se volvió el rey de la fiesta y descubrió su camino musical?

Ni siquiera era una güira de merengue dominicano, era un güiro. Empecé a hacer un patrón de merengue y uno de los muchachos me dijo que si le podía escribir eso. No pensaba que podía llamar la atención, y desde ahí empecé a trabajar con los arreglos latinos.

A usted nunca lo ha tocado la política activa, como a Rubén Blades. Pero indudablemente muchas de sus canciones tienen contenido político, como ‘El costo de la vida’, ‘El Niágara en bicicleta’, ‘Visa para un sueño’…

No me gusta la política. Pero, por supuesto, tengo una posición social como ciudadano, siempre con un sentido del humor muy dominicano incluido.

Uno de sus primeros ‘hits’ fue ‘Ojalá que llueva café en el campo’. ¿Por qué café y no pan, agua o hasta maná?

Eso viene de un poema campesino que encontré en Santiago de los Caballeros. Estaba en la onda de investigar folclor y conocí a una persona que recolectaba muchos poemas. Había uno que decía ‘ojalá que llueva café’. Vi esa metáfora tan hermosa, y me propuse hacer un merengue con ella.

En ese mismo disco tiene ‘La bilirrubina’. Antes de que la volviera canción, era una palabra tan fea como sería contar cantando que a uno se le subieron los triglicéridos o el colesterol. No imagino una canción de amor con alguno de estos dos males…

Me iba a una gira a Panamá y el cuerpo se me puso amarillo. Ese fue el diagnóstico. ‘¿La bilirru qué?’, pregunté. El médico me explicó más o menos y le dije: ‘No se apure, que yo a esto le saco un merengue’. Cierto que es una palabra muy rara. Mi hermano médico y mis amigos me insistían en que no hablara de bilirrubina, sino de adrenalina. Pero yo les dije que así se quedaba, gracias a las licencias poéticas que los médicos no tienen.

Muchas de sus canciones están dedicadas a un romanticismo ingenuo, pero otras tienen un picantico bastante erótico. ¿Con cuál se queda?

La mayoría de las que parecen picantes, en realidad son textuales. La gente oye las canciones y hace su propio mundo con ellas. A Burbujas de amor le pasó eso: la frase es textualmente sacada de Rayuela, donde el personaje está mirando una pecera y toca la nariz de un pescado. De ahí saco la canción. La gente la volvió erótica… (risas). Es una canción sensual, bonita, pero a veces la gente tiene mucha imaginación.

¿Existe el amor eterno? Usted lleva muchos años de amor con su esposa, Nora…

Claro que existe el amor verdadero. Porque es el amor de Dios, que todo lo perdona y que no guarda una lista negra de sus odios por quienes le hacen daño. Nunca falla. El problema es cuando usamos nuestro amor, que es condicional a como nos tratan. En el matrimonio tenemos que vivir perdonándonos, porque los dos metemos la pata mucho, y hay algo que siempre digo y que muchas veces no cumplo: que no se ponga el sol sobre nuestro enojo.

A esa frase le falta un merengue…

(Risas). Cierto. Las parejas tienen sus diferencias y dejan hasta el otro día para resolverlas, y pasa el otro día y el otro, se completan 15 días y todo se complica.

¿Usted es un hombre feliz?

Busco la felicidad, pero cuando a mí me falta la mía, voy a la del Señor, porque su gozo es nuestra fortaleza. Declarando siempre que lo mejor está por venir. (El Tiempo/La Nación)