Opinión

Los banales en dictadura

 

Fuente:  La Patilla.com

Inculpar solamente a las redes digitales por la banalidad del debate político, permite soslayar a los banales que copan o dicen copar la escena pública, pues, al fin y al cabo, son los hechos los que se imponen. Acostumbran deslizarse por debajo de la mesa, cuando se les cuestiona con severidad, o – simplemente – son omitidos, pretendiéndonos en un ambiente de feria para una crisis tan seria y prolongada, propi del colapso.

Los hay absolutamente inofensivos, colocadores de una mensajería de retaguardia, pues, nunca se meten directamente en la candela. Por lo general, refuerzan o ayudan a reforzar los telegramas e otros más decididos. Sin embargo, contamos esos otros son – peligrosos – calculada y deliberadamente banales, con precisos objetivos tácticos o estratégicos.

En este último departamento, personas, incluso, con reconocidas credenciales académicas, suelen hacer el coro de los muchos yerros que circulan en las redes. Por supuesto, cada quien tiene derecho a opinar como le venga en gana, aunque existen percepciones y posturas francamente falaces que delatan al emisor calificado y, al tratar de ensamblar las piezas, atisbamos o descubrimos que, por lo menos, tienen el interés y la esperanza de alcanzar alguna posición burocrática de apostar por el apoyo militante e indisimulado de aquellos que pueden proveerlos.

Preocupa el porcentaje significativo de los banales adrede, porque jamás pueden defender los resultados de Oslo y sus derivados y, a falta de argumentos, prefieren estigmatizar, atacar y descalificar a los críticos de cuanto diálogo incondicional surge en el horizonte. Se llega al extremo de conformar sendos laboratorios de opinión, por lo que el asunto va más allá de la polémica estéril que abren en Twitter o las distintas aplicaciones telefónicas.

Inteligentes, sin duda alguna, inventan fórmulas de desprestigio y una de ellas, consiste en acusar de “conspirativistas” a quienes tenemos la convicción de una ofensiva estratégica en el continente del Foro de Sao Paulo que, apenas recientemente reunido en Caracas, se hace sentir en la desestabilización de Chile y Ecuador, o en los comicios de Bolivia y Argentina. Vale decir, lo que ha ocurrido y ocurre siempre respecto a los regímenes totalitarios, consolidados o en vías de consolidación, irresponsablemente lo asocian con la creencia de los seres extraterrestres infiltrados en el planeta, la negación de que el hombre haya pisado la Luna o la convicción de que la Tierra es plana.

El problema no está en que el diputado Stalin González jure que la dictadura venezolana no está en capacidad de influir maliciosa y malignamente en los países vecinos, sino en – apenas – un balbuce de la postura, sin ocasión de argumentar y contra-argumentar. Señal suficiente para que los militantes de la banalidad orquesten la campaña y refuercen el ambiente de feria en un país sumergido en la catástrofe humanitaria, la censura y la represión.

¿Quién dijo que toda dictadura es “mocha”? Sobre todo, la que cuenta con veinte años adueñada de Miraflores y, empleando cualesquiera recursos, tiene enormes cifras invertidas en armas y servicios de (contra) inteligencias, con una clara vocación transnacional.