Opinión

Lo siento, pero estas decisiones no son ‘feministas’. Son sexistas.

Hace 25 años, mi futuro esposo y yo tomamos muchas decisiones para nuestra boda: dónde, cuándo, con quién, qué vestir y qué decir.

Una de las decisiones fue sencilla: cambiar o no mi nombre. Siendo honesta, jamás lo consideré seriamente.

Mi padre solía describir el haber asistido a la boda de una exalumna, como el evento en el que la mujer a la que le había dado clases y que conocía como “señorita Persona” se volvía a presentar después de la ceremonia como, en esencia, “señora Hijovarón de Hombre”.

“Y así, sin más, la mujer desaparecía”, solía decir.

Me tomé eso a pecho cuando era joven, y lo recordé recientemente cuando leí que Jennifer Lopez, tras casarse con Ben Affleck, se había cambiado el nombre a Jennifer Lynn Affleck.

El haber cambiado su nombre coloca a Affleck, de nacimiento López, entre la gran mayoría de las novias estadounidenses. Las encuestas muestran que solo entre 11% y 16% conservan sus nombres. El resto elige ajustarse a una convención basada en una noción literalmente medieval de que las esposas están subordinadas de forma legal a sus maridos.

Y aun así, algunas aseguran que modificar sus nombres es, de hecho, una decisión feminista.

“Usar el apellido de mi esposo es un acto feminista” es el título real de un ensayo de 2021, en el que Kimberly Atkins Stohr argumenta: “El núcleo del feminismo es la idea de que las mujeres deben tener libre albedrío sobre sus propias vidas y tomar sus propias decisiones basadas en lo que consideren correcto para ellas”.

Los defensores del nuevo nombre de Affleck han asumido una táctica similar. “El verdadero feminismo significa que todas y cada una de las mujeres tienen la libertad de tomar sus propias decisiones, incluida J-LO”, tuiteó uno. Una escritora de la revista irlandesa Image opinó: “El feminismo gira en torno a la igualdad, y a la libertad de la mujer para tomar las decisiones que mejor le parezcan”.

No, lo lamento. Es lo contrario.

Cualquier decisión de acatar las normas sociales sexistas dificulta que otras mujeres elijan lo contrario. Cada mujer que se somete a una cirugía plástica o se aplica bótox, o se tiñe el cabello o, sí, cambia su nombre, hace que sea más difícil para otras mujeres no hacerlo.

Algunos alegan que lo que importa es cómo se sienta una mujer, no lo que haga. “La no feminista probablemente se afeita porque siente que tiene que hacerlo por los demás”, explica una bloguera, “mientras que la feminista se afeita porque quiere hacerlo por sí misma”.

Por Dios, no. La feminista sabe que las razones por las que quiere afeitarse están profundamente comprometidas, y que mientras no se espere lo mismo de los hombres, eso de hacerlo por ti misma es una ilusión.

“El feminismo le dio a las mujeres la libertad de elegir lo que quieran hacer con sus vidas”, declaró una columnista, “y pueden elegir si quieren usar tacones altos o no”.

De nuevo, no. El feminismo no es algo que hicimos y ya está hecho. El feminismo está continuamente identificando y combatiendo las limitaciones que nos impone una sociedad orientada hacia los hombres.

¿Suena como un trabajo difícil? Lo es. Ciertamente no siempre he logrado hacerlo.

En nuestra boda, no quise hacer nada como novia que no se esperara también del novio: nada de lanzar el ramo, nada de usar anillo de compromiso.

Aunque aprecié la manera en que compartir un mismo apellido convierte a una pareja en una familia, me opuse al hecho de que nadie espera que sea el hombre el que “haga sacrificios” —como lo describió J-Lo en 2003— para crear esa familia. Muy pocos hombres lo hacen. Así que no lo hice.

Pero aun así, vacilé muchas veces como feminista en el camino al altar. Perdí peso para mi boda, me afeité las axilas, usé tacones y lápiz labial, y me vestí de color blanco virginal.

Adivina qué tipo de decisiones fueron esas. Sí, sexistas. Claro, podría alegar que me veía bien de blanco o que me gustaba la sensación de las axilas suaves. Pero cualquier excusa más allá de “cedí” le faltaría el respeto a las mujeres que sí le hacen frente a las tradiciones patriarcales, minimizaría el enorme poder de las fuerzas desplegadas contra nosotras e ignoraría el daño potencial generado por mis decisiones sexistas.

Es mejor admitir que no hice lo suficiente.

Eso sucede, incluso a las superestrellas. En el video musical de su canción “I Luh Ya Papí», Affleck intenta defender el empoderamiento femenino, por no decir el feminismo, con una metahistoria sobre producir un video musical. Harta de que las ideas de su director cosifiquen a las mujeres, Affleck imagina un escenario en el que, en cambio, se muestra a hombres musculosos y con poca ropa… y también a ella misma, supertonificada y con poca ropa.

El resultado es un mensaje seriamente contradictorio. No la culpo por eso. Affleck está transitando una industria y una cultura poderosamente sexistas. El mero hecho de existir dentro de esas fuerzas, por no decir combatirlas, es agotador.

En este contexto, una persona bien podría optar por vestirse como las otras chicas del colegio, sacarle provecho a su apariencia si puede o quedarse en casa para criar a los niños. ¿Y si decide que el bótox la ayudará a sentirse mejor consigo misma en una cultura que sentencia que envejecer es malo? Lo entiendo.

A veces no podemos pelear, o no queremos hacerlo. A veces tomamos la decisión sexista. Pero en ese caso, todavía tenemos una opción real como feministas: llamar a esas cosas por su nombre.

 

 

 The Washington Post