Opinión

Lo que se juega, ¿se gana? Lo que se gana, ¿se gana?

María Cristina Menéndez Neale

Cristimenendez85@gmail.com

@CristiMenendezN

Marta es una mujer que ha jugado durante quince años la lotería y muchos concursos que ofrecen diversas tiendas para ganar ropa, electrodomésticos, viajes como a la Florida, a París, cruceros por el Caribe, pero nunca ha tenido suerte; nunca ha ganado. Solo ha ganado esperanza, la cual desvanece cuando se entera de los resultados.

Tantas veces ha participado de la lotería que hace mucho tiempo su número de la suerte como el siete ha pasado a un lado; ya no es necesario que éste aparezca entre los números del billete. Ella se deja llevar por cualquier otra señal, como por ejemplo; un día salió a almorzar con su hijo, y mientras su hijo estacionaba su auto, estaba el vendedor de lotería gritando a la gente en la calle para que le compre. Marta empezó a presionar a su hijo para que se parquee rápido para evitar que el muchacho se le vaya, pero no fue necesario que se apure porque el mismo chico se acercó a ella, le tocó la ventana, ella la bajó, y él le dijo que le compre, que aproveche que los números de uno de sus billetes son iguales a los de la placa de su carro. Ella al ver el número, lo confirmó con su hijo, y le compró… pero ni siquiera esa coincidencia le sirvió de suerte.

El mes pasado fue su cumpleaños, y su hijo le regaló un celular. Marta, poco sabía de tecnología, pero ésta le traería algo de suerte, al menos así parecería.

Ayer por la tarde, recibió un mensaje de texto de parte de la compañía telefónica a la que está registrado su celular. El mensaje la felicitaba por ser ganadora de trescientos sesenta mil dólares. Martha estaba tan emocionada que no dejaba de saltar. El mensaje de texto decía lo siguiente:

“¡Su número 0999556489 ha sido sorteado! Usted es ganadora de 360 MIL dólares. Responda este mensaje con su nombre completo, su número de cédula, y su domicilio. Una vez que nos envíe esta información, en el transcurso del día retornaremos a usted para hacer la entrega de su PREMIO”.

Marta respondió el mensaje con todos los datos solicitados, incluso dando el número del teléfono de su casa, para asegurarse de que la llamen en caso se les acaben los minutos o la batería del celular. Ella sabía que eso de los minutos y batería le puede suceder a cualquiera, a ella ya le había pasado.

Estuvo por llamar a su hijo a contarle la buena noticia, pero luego se dijo a sí misma que mejor se quedaría callada hasta tener su dinero, después no vaya a ser que no se cumpla. Ella es fiel creyente de mejor callar las buenas noticias para no tener mal agüero.

Marta empezó a imaginarse todo lo que haría con su dinero. Lo primero que le vino a la cabeza fue Nueva York, una ciudad que todavía no ha podido conocer. Marta se imaginaba junto a su hijo, su nuera y sus nietos paseando por las calles iluminadas de esa ciudad que la gente dice que es hermosa; y lo que más quería hacer era pararse encima de la antorcha de la Estatua de la Libertad; algo que su hijo en repetidas ocasiones le ha dicho que eso es imposible.

Se imaginó donando una parte de su dinero a un par de fundaciones, como las que luchan contra el cáncer, y de otras para niños huérfanos de la calle. Se imaginó comprando un carro, para así no tener que depender de su hijo ni tener que tomar taxis en los que a veces es difícil encontrar uno en la calle; y cuando los encuentra, a veces tiene que pasar un mal rato ambiental, en el que el señor no usa desodorante, o el mismo auto huele a orina. Cuando le vino esto a su cabeza, enseguida recordó una vez que se trepó al que olía orina, y llegó a pensar que había un muerto atrás en el maletero, y que seguro tendría horas de muerto y por eso sus fluidos ya habrían salido de su cuerpo. Marta movió la cabeza de un lado al otro, y se sacó rápido eso de su mente para seguir imaginando lo que haría con su dinero.

Le daría dinero a su hijo para que le compre una computadora, para poder escribirse correos electrónicos con su mejor amiga que vive en España, quien en las cartas siempre le reclama que ya no le entiende su letra, que está cada vez más ilegible; aparte le fastidia enviar y recibir por el servicio postal porque se demora mucho.

Marta, después empezó a recordar un artículo que leyó hace tiempos sobre trece ganadores de lotería que tuvieron mala suerte. Ella se preguntaba si también tendría mala suerte como ellos… pero luego se tranquilizaba recordando que no ganó lotería sino un sorteo con la empresa telefónica. Sí… no iba a terminar en una institución mental y luego morir como le sucedió a Vivian Nicholson, ni se haría adicta a la cocaína ni sería acusada de asesinato como William Hurt, ni terminaría asesinada como Jeffrey Dampier por algún pariente, ni terminaría viviendo en una caravana como Evelyn Adams. Sí, de los trece, esos nombres se le quedaron en la mente.

Marta estuvo toda la tarde imaginando cómo invertiría su dinero, y a la vez pendiente de que la llamen para saber cómo y cuando tendría que retirarlo, pero… nunca recibió la llamada. Marta se fue a dormir, pensando que les daría plazo de que la llamen hasta al día siguiente hasta el medio día; y si no la contactaban, ella los llamaría.

El día siguiente llegó y pasaron las seis, las siete, las ocho, las nueve, las diez, las once y las doce. Marta estuvo todo ese tiempo sentada junto al teléfono de su casa. En sus manos tiene la planilla de la telefónica que le llegó hace unos días para el pago del mes pasado. Fija sus ojos en ésta para ver bien el número de la empresa, el cual le llama la atención porque es un asterisco seguido de cuatro números. Primero trata de marcarlo desde su teléfono convencional, pero al escuchar solo el silencio, decide marcar desde su celular.

–Buenos días, Karina le saluda, ¿en qué puedo ayudarla?

–Sí, buenos días, Karina. Nunca me llamaron.

–Disculpe, ¿en qué puedo ayudarla?

–Usted debería saber pues… A ver… le explico: Ayer recibí un mensaje de parte de ustedes, donde me comunican que mi número salió sorteado y que he ganado trescientos sesenta mil dólares y me pidieron algunos datos. Yo les respondí enseguida con la información que necesitaban de mí, pero no me llamaron tal como lo habían prometido en el mensaje para la entrega de mi dinero.

–Ok… Señora la verdad nosotros no hacemos ningún tipo de sorteo.

–¿Usted es nueva? Le estoy diciendo que si hicieron uno, pues de parte de ustedes me escribieron dándome la noticia.

–Señora, lo siento, pero hoy en día hay mucho fraude. Lamento decirle que algún tercero se hizo pasar por nosotros. ¿Qué datos le dio?

–Karina, no me respondió, ¿es nueva? El mensaje me llegó de parte de cuatro números. Todos sus mensajes con promociones vienen de diferentes números pero siempre son cuatro. Sólo ustedes pueden darse el lujo de tener cuatro números y varios, pero es difícil que una persona que no trabaje en telefónica tenga cuatro números, ¿no cree?

Y así… pasaron largos minutos para que Marta entienda que fue un fraude, y que la telefónica nunca envió el mensaje. Pasaron largos minutos para que Marta gane otra vez nada…aunque si ganó algo. En los siguientes días, Marta ganó suerte de que ningún desconocido le haya tocado la puerta de su casa, y de que no volvieron a escribirle pidiéndole más datos para ese falso premio. Estuvo tentada de llamar a aquel número para reclamar su dinero, ya que le quedaron ciertas dudas de que la chica de la telefónica estuviera equivocada… pero por alguna razón, decidió confiar en ella. Y es que Marta dice, que si no la volvieron a llamar por algo será. Y por algo será que nunca gana nada, pero, ¿qué será?

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