LO QUE REALMENTE ME ASUSTA DE ENVEJECER NO ES MORIR, SINO DEPENDER DE OTROS PARA VIVIR.
Autor Anónimo
COLABORACIÓN DE LA DRA. Patricia Aguirre de Martire/Guayaquil
No me asusta tanto
que los años pasen,
ni que el espejo comience a mostrar
las huellas de todo lo vivido.
Me asusta perder poco a poco
esa libertad que hoy parece tan sencilla.
Poder levantarme cuando quiero,
salir sin pedir ayuda,
caminar por mi cuenta,
prepararme un café,
tomar decisiones
sin tener que esperar
a que alguien pueda hacerlo por mí.
Porque envejecer no debería dar miedo
por las arrugas,
sino por la posibilidad
de dejar de reconocernos en nuestra propia independencia.
Me duele imaginar
el día en que mis manos
ya no respondan como antes,
en que mis piernas se cansen más rápido
o en que una tarea cotidiana
se convierta en algo demasiado difícil.
Y quizá lo más triste
sea tener que decir:
“Necesito ayuda.”
No porque pedir ayuda sea una vergüenza,
sino porque uno quisiera seguir siendo
ese mismo ser capaz
que durante tantos años
cuidó de otros.
Hay algo profundamente melancólico
en pensar que quienes hoy sostienen
a sus padres, hijos, pareja o familia,
algún día también podrían necesitar
que alguien los sostenga.
La vida tiene esa forma extraña
de cambiar los papeles sin avisar.
Quien alguna vez llevó de la mano
puede terminar necesitando una mano.
Quien cuidó de todos
puede llegar a necesitar cuidados.
Y entonces entendemos
que envejecer no es solamente sumar años…
Es aprender a soltar lentamente
cosas que creíamos eternas.
Por eso quiero llegar a esa etapa
con dignidad,
con afectos verdaderos,
con recuerdos hermosos
y, sobre todo, con la tranquilidad
de haber vivido mientras tuve fuerzas.
Quiero cuidar mi cuerpo,
mi mente, mi paz y mis vínculos.
Pero también quiero aprender
a aceptar que necesitar a otros
no me hará menos valioso.
Porque quizá algún día
la independencia no será poder hacerlo todo solo,
sino tener cerca a personas
que puedan ayudarte sin hacerte sentir una carga.
Y si llega ese momento,
ojalá exista amor alrededor.
Porque al final,
lo verdaderamente triste no es necesitar una mano…
es no tener a quién pedírsela.
