Opinión

Lo de Ecuador nos pega fuerte

Hace menos de una década, Ecuador era un país ajeno a las tribulaciones de los que, como el Perú, enfrentaban una difícil lucha contra el narcotráfico y otras modalidades de crimen organizado.

Las cosas cambiaron cuando sus puertos se convirtieron en ‘hub’ del narcotráfico hacia el norte del continente. La llegada de múltiples organizaciones criminales de Venezuela, Colombia y México han convertido a nuestro vecino en un país extremadamente violento por la disputa del control de los negocios ilegales.

Los hechos de los últimos días son un capítulo más de una tragedia que incluye al menos 500 muertos en penales por enfrentamientos entre bandas, el asesinato de un candidato presidencial y ahora una especie de rebelión criminal que no ha concluido y que no presagia un futuro fácil para el gobierno que les hace frente.

Como bien sabemos, nuestro país, si bien no ha sufrido alguna de las manifestaciones mencionadas, está en un deterioro constante por la presencia del crimen organizado en las ciudades y en las áreas rurales. En este caso, afectando Tumbes, Piura y el norte de Cajamarca, a través de la penetración de organizaciones con un rol protagónico en los sucesos ecuatorianos; a saber, Los Choneros y Los Tiguerones. Pero también nos rondan Los Lobos, que han tenido un rol fundamental en los últimos eventos de violencia en su país.

Como suele suceder y lo estamos viviendo en el Perú, las organizaciones criminales trasnacionales no son de quedarse en un solo negocio y, si bien llegaron por el narcotráfico, toda la estructura que las soporta (sicariato, corrupción de funcionarios, infiltración del poder político, lavado activos) son funcionales a otros negocios.

Así, Los Lobos llegaron por la cocaína y ahora también controlan la minería ilegal en la provincia de Azuay, al sur de Ecuador, no muy lejos de nuestras fronteras. El tránsito de mineros ilegales ecuatorianos hacia el Perú y de los peruanos hacia Ecuador ya es muy fluido. Ante este fenómeno, el Tren de Aragua, que se convirtió en el símbolo del problema que enfrentamos, empalidece, dados los vínculos de las organizaciones mencionadas con los grandes cárteles del narcotráfico mexicano.

La crisis ecuatoriana nos puede colocar en un pierde-pierde. Ello en la medida en que, si el Gobierno Ecuatoriano tiene éxito en su declaración de guerra interna, muchos de los afectados buscarán refugiarse en el Perú donde los negocios ilegales florecen. Si, en cambio, fracasan en el intento, reforzados continuarán su expansión natural hacia el sur, encontrando terreno más que fértil en nuestro país.

Lo que determina nuestro destino con relación a este tremendo problema es lo que haga o deje de hacer el Gobierno del Perú, y ahí es cuando entramos a arenas movedizas.

Sin necesidad de suscribir lo que hace el gobierno de Daniel Noboa, al menos los ecuatorianos saben que tienen un plan llamado Fénix, que incluye fortalecimiento significativo de la inteligencia, nuevos armamentos para la policía, penales de alta seguridad, entre otros. Sabemos, también, que le han asignado un monto extraordinario y adicional de US$800 millones a ese esfuerzo.

¿Qué pasa entre tanto entre nosotros? Pues se inventaron el ‘plan Boluarte’, que finalmente hubo que reconocer que no existía. Tampoco hay esfuerzo alguno de asignar recursos extraordinarios a las verdaderas prioridades nacionales. Eso sí, con fiscalización estricta de su uso y declaración de emergencia para adquisiciones rápidas.

La asignación de prioridades con respecto de la importancia de los problemas para el país está de cabeza. Por ejemplo, quieren inyectar US$2.500 millones más a Petro-Perú. Con la mitad de eso, bien usado, se podría hacer maravillas en la lucha contra el crimen violento.

Coda: ha muerto Eduardo Gastelumendi, gran profesional de la psiquiatría y el psicoanálisis. Una persona enormemente querida por su familia, sus amigos y colegas. Alguien que fue ejemplo de consistencia y fortaleza, hasta en la forma en que enfrentó la dura enfermedad que finalmente se lo llevó. Para él, mi profunda admiración, y para todos los que fueron muy cercanos y no se resignan a su partida, mis más sinceras condolencias.

 

 

OPINION | EL COMERCIO PERÚ