Opinión

Líneas rojas

Autor: Miquel Roca Junyent/España.

Desde el mismo día en que se convocaron las elecciones del 28-A, apareció la teorización sobre las líneas rojas. Según quién hablaba, fueran políticos o comentaristas, todo el mundo señalaba las líneas rojas que cada partido no podría rebasar al tiempo de formar parte de un gobierno de coalición. Con gran gesticulación y teatralidad se afirma que “en ningún caso” se podrá pactar con este o aquel otro. La condición es que nadie podría pactar con nadie. O, dicho de otra forma, nadie podría pactar con quien no aceptase plenamente el programa del otro. Solo se está mejor, aunque sea imposible.

Y, coherentemente, las líneas rojas se construyen desde el dramatismo. No se puede pactar con un demonio previamente definido, si es necesario, desde la mentira. Lo que es importante es dar credibilidad a la línea roja; definir al monstruo para rechazarlo. Todos son, para los demás, unos monstruos con los que no se puede compartir nada, ni viajar juntos, ni ponerse de acuerdo en nada de nada. Hay que destruir al monstruo, no pactar con él. Una vez terminada la campaña electoral, ya se verá. Entonces el monstruo ya no lo es tanto.

De hecho, un elemento determinante de esta situación lo genera la aparición de Vox. Cuando se decide que no se puede pactar con él, la monstruosidad se extiende a los que aceptan hacerlo o ya lo han hecho. Y, para estos, es necesario justificar el pacto con la monstruosidad de los que lo denuncian. Las líneas rojas se multiplican, se entrecruzan, y el juego se convierte en perverso. Todo queda más incierto, más desdibujado.

Pero sí que hay líneas rojas. Y estas ­deberían ser percibidas de una forma ­inequívoca por todas las fuerzas que se reclamen democráticas y de progreso. Ninguna de ellas debería atravesar estas líneas rojas; ninguna de ellas debería olvidarse de lo que representan; ninguna de ellas debería impedir que la solidaridad entre los que no las quieren atravesar fuera posible. No debería haber más líneas rojas de las que lo son de verdad.

Construir falsas líneas rojas para compensar las reales es un grave ataque a los valores democráticos. El deporte de la descalificación generalizada, de las mentiras que alimentan la intolerancia, no hace otra cosa que dar vida a las posiciones que persiguen claramente obje­tivos de contestación democrática. Las fake news no son una moda, son una ­herramienta al servicio del debilitamiento democrático. Esta es una línea roja.

Lo es también el pensamiento único, la persecución de la diferencia, la negación de la diversidad. El respeto al adversario define una clara línea roja. El monopolio de la verdad, la ridícula pretensión de homogeneizar el pluralismo, el buscar en la confrontación agria la expresión que identifica una doctrina, son una línea roja. Y todo el mundo sabe dónde están; no hace falta inventarlas ni atribuírselas a quien quiere ganar por sectarismo electoral.

Estamos fabricando líneas rojas, diluyendo la importancia de las ­realmente existentes. Y deberá gobernarse desde el miedo a las reales y no poniendo obstáculos a los acuerdos que permiten alejarnos de riesgos y vivencias que queríamos dar por superados. Pero habrá que empezar desde ahora; esperar a decirlo después de las elecciones puede resultar más difícil. El elector tiene demasiado vivo el recuerdo de las promesas incumplidas. Y esto hace daño. Las mentiras también tienen un coste.