Opinión

Libertad de cátedra

Algo que se olvida muchas veces es que los jóvenes suelen pensar solitos.

Recientemente, el representante a la Cámara Edward Rodríguez propuso un proyecto de ley para prohibir el adoctrinamiento ideológico en las aulas. La mayoría de los medios titularon el hecho como un intento de censura a la libertad de cátedra.

La libertad de cátedra se deriva del artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que garantiza la libertad de opinión y expresión. En muchos países se limita a estudios superiores; en Colombia, jurisprudencias de la Corte Constitucional la han ampliado a todos los niveles de enseñanza. Con eso, la discusión quedaría zanjada; sin embargo, creo que no termina ahí, hay otras consideraciones que hacer.

Si alguien incita al odio o la violencia, indudablemente no está actuando dentro del ámbito que defiende la Constitución. Pero eso es un delito tipificado, y, por tanto, no parece necesario volver a prohibir lo que ya está prohibido. Hacer propaganda para que se vote por un candidato o un partido no es ético (a quien le sorprenda esta afirmación que piense que el candidato que se está promoviendo es el que a él no le gusta), y los maestros deben ser más rigurosos que nadie en su ética. Pero si no lo fueran, hay recursos en el proceso educativo normal para corregir. No es conveniente trasladar siempre la ética al campo penal. Al contrario, la mejor forma de desarrollarla dentro del aula es con discusiones abiertas sobre las posiciones adoptadas por estudiantes y profesores.

Hay quienes interpretan esto como que el maestro debe presentar todas las posiciones posibles para ser neutral. No, no es necesario, solo debe presentar sus opiniones como lo que son y dejarlas abiertas a preguntas, observaciones y discusión. Hay maestros a los que les he oído afirmar que la ciencia es un instrumento de poder, y que hay que regresar a la magia y el mito. Me parecería espantoso que esa posición se impusiera. Espero que las instituciones educativas puedan evitarlo, pero no creo que haya que expedir una ley para prohibirlo.

Imaginemos ahora la mecánica que sería necesaria para implementar esta ley. Habría que definir, en primer lugar, qué es adoctrinamiento ideológico. Todo el mundo sabe que la Sergio Arboleda es conservadora; el Externado, liberal; la Autónoma, izquierdista, y la Javeriana, jesuita. ¿Deben renunciar a la filosofía de su proyecto educativo? ¿Habrá necesidad de escribir un manual de corrección política que diga hasta dónde se puede traslucir la ideología del maestro o de la institución en sus enseñanzas?

En segundo lugar, ¿cómo encontrar a los infractores? ¿Habrá que constituir un cuerpo de policías de opinión? ¿Una red de informantes? A mí, eso del manual y de los inspectores de la corrección me recuerda a la KGB y la Gestapo. Mejor no jugar con fuego.

Por otro lado, creo que hay que advertir, tanto a los partidarios de una ley de censura como a quienes transgreden la ética difundiendo lemas, que los adoctrinamientos son mucho menos efectivos de lo que ellos piensan. Miren, por ejemplo, a lo que llegó la economía privada en la sociedad rusa apenas un par de años después de la caída de la Unión Soviética, o el Estado democrático y garantista que construyeron en Alemania jóvenes educados por el nazismo. Hoy, los populismos de derecha crecen en Europa con anteriores votantes de la izquierda, porque un lema siempre es fácil de cambiar por otro.

Cuando primíparo, el decano de mi facultad, un científico, nos daba clase a los estudiantes con la intención de convencernos de la teoría evolucionista religiosa del padre Teilhard de Chardin. Creo que fueron buenas clases, y las que más afianzaron en mí una posición científica y materialista absolutamente opuesta a la suya. Algo que se olvida muchas veces es que los jóvenes suelen pensar solitos.

Fuente: Moisés Wasserman/Colombia