Opinión

L´etat c´était moi: La partida por extradición de Juan Orlando Hernández

La época con las noches más frescas del año da paso de forma abrupta a la temporada más árida y propensa al fuego en las montañas del corredor seco del triángulo norte de Centroamérica. Hace semanas los árboles perdieron sus hojas y éstas yacen secas sobre el suelo. Las zacateras están raídas, resecas también. Es como un invierno, pero de calor centroamericano. Este mundo viejo de naturaleza muerta es un escarnio climático. A diario, múltiples columnas de humo se elevan desde este paisaje en torno a los tugurios que rodean a Tegucigalpa, situada en estas montañas.

Fue allí donde aguardaba preso desde mediados de febrero en el batallón de las fuerzas policiales especiales ´Cobra´ quien empezó este 2022 siendo presidente de Honduras. Resistía con la esperanza de que algún milagro o artimaña lo librara de tomar un vuelo chárter con destino a Nueva York.

La solidaridad delincuencial no acudió a su rescate. El pasajero es el abogado especializado en gerencia legislativa Juan Orlando Hernández -JOH-. Fue presidente de la República por dos mandatos de cuatro años y presidente del Congreso de la República el mandato anterior. Desde allí diseñó su toma absoluta del poder, que ejecutó en el ejecutivo. Su penúltima comunicación hacia el país, que fue filmada en su condición de expresidente y presidario, la hizo sentado en la silla del presidente de la Corte Suprema de Justicia.

Fue el hombre que se adjudicó los tres poderes del estado. En Honduras fue invencible. Pero hoy ha salido del país para rendir cuentas fuera de sus fronteras en un bimotor Beechcraft King Air que envió la DEA. La fiscalía de Manhattan lo acusa de cargos por narcotráfico a gran escala. Pide para él más de dos cadenas perpetuas como castigo. La acusación es la más importante en la historia de América Latina al haber puesto un Estado al servicio del narcotráfico, de acuerdo con lo que el exjefe de operaciones internacionales de la DEA, Mike Vigil, ha dicho a distintos medios locales.

La caída del poder del político más determinante de la democracia moderna de Honduras ha sido tan abrupta como el paso de temporada de los ´frentes fríos´ a los incendios.

El retrato tanto de lo que Honduras ha vivido bajo su mandato, lo que le espera al expresidente en EE. UU, como el de las condiciones en las que queda el país, es un tríptico de crueldad. ´El Hombre´ que lo controló todo cayó desplomado del cielo bajo el sol de la sequía centroamericana como un Ícaro al quemarse sus alas por un mal cálculo.

Incurrió en un delito transnacional, punible en EE. UU, donde existe la independencia de poderes. No supo actuar en el cruce cultural entre el modo de hacer las cosas en el país más impune de hispanoamérica, en el cual mandaba, y la cultura institucional americana bajo el imperio de la ley, con la que pactó. Él mismo habilitó un puente legal entre ambos mundos al liderar, por presión de EE. UU, la aprobación de la ley de extradición en 2012 como presidente del Congreso de la República.

Pero al igual que las cíclicas tragedias climáticas de Honduras, es algo que se miraba venir. El paisaje reseco a merced del fuego fue lo último que vio JOH de Honduras este jueves 21 de abril tras despegar su avión del territorio hondureño que él dominó durante los últimos 12 años. Lo entregó el Estado que él controlaba, cuando hasta hace tan poco, el Estado era él.

Se distancian de él sus más cercanas contrapartes en el diseño y la ejecución de una operación de expolio, narcotráfico y despotismo, presas ellos de su propio instinto de supervivencia. Lo espera la soledad de una celda de máxima seguridad y, todavía dependiente de su albedrío, el proceso judicial más importante en la historia de Honduras.

Éste ha de celebrarse en la Corte del Distrito Sur de Nueva York. Allí, la pericia legal estadounidense ofrecerá un registro detallado de cómo un entramado de actores aunados entorno al poder político de JOH se convirtió en una red de crimen organizado que operó a través de la estructura del Estado de Honduras a lo largo del siglo XXI.

La tragedia de JOH -y quizá también su redención-, la consuma el fuego de la antorcha de la justicia americana. Su lumbre llega en 2022 hasta quienes viven bajo el despotismo, o del despotismo, en la América Central que expulsa migrantes hacia el norte.

Curiosamente, se da una coincidencia fortuita entre los intereses estadounidenses en Honduras y el pueblo que emigra desesperado. En la última década se ha cristalizado un fuerte movimiento civil hondureño en torno a un reclamo anticorrupción que exige el fin de la impunidad por parte de las élites políticas y económicas. Este movimiento dio vida a unas masivas protestas a lo largo del país en el 2015 surgidas tras el saqueo del Seguro Social que hoy son recordadas como las Marchas de las Antorchas.

En ellas, decenas de miles de hondureños en los centros urbanos del país salieron fuego en mano todos los viernes al atardecer, por varias a semanas, a forzar el fin de la impunidad. La imagen de hartazgo, de sed de justicia, fue medieval. Este fuerte reclamo civil acabó forzando la llegada en 2017 de una misión internacional anticorrupción respaldada por la OEA conocida por sus siglas: MACCIH. La ciudadanía obligó por primera vez a las élites nacionales a ser fiscalizadas por agentes ajenos a su control. Además, otorgó decisivamente en noviembre del 2021, con un número récord de votantes, un cambio de gobierno a favor de la Coalición de Oposición presidida por Xiomara Castro.

Es este movimiento civil el que sacó de la presidencia a JOH, quitándole su condición de dignatario, dejándolo a la merced de la justicia estadounidense, que hoy vino a por él en un avión. Su orientación no es ideológica, sino de respeto de a las reglas, y a los recursos y la cosa pública.

A su manera, Honduras vive su propia evolución política hacia un escenario de igualdad ante la ley de todos sus ciudadanos. Tanto la presidenta Castro como la Coalición de Oposición fueron electos con un claro mandato de facultar al Estado de Honduras con las herramientas necesarias para trascender el estado de impunidad que ha construido la corrupción crónica. Se espera de ella que lidere y produzca la trascendencia de esta situación de abuso de lo público.

Así, tanto la institucionalidad estadounidense como el pueblo llano hondureño ponen la mirada sobre la clase dirigente local a la espera de obtener resultados reales en la reforma integral de la justicia. En este curioso alineamiento de intereses puede ser que Juan Orlando Hernández siga siendo el hombre más importante de Honduras. Esto, porque un proceso judicial y público meticulosamente preparado -el primero en la historia de la política hondureña-, se levantará en torno a él, que hasta hoy estuvo en el centro de todo.

Sin planearlo, la esfera dirigencial más importante del país más impune de la América española ha importado, para ser juzgado por él, un sistema judicial de primera. Para una amplia mayoría de hondureños, la justicia americana sobre sus verdugos no sólo es bienvenida, sino esperada.

El fuego de la marcha de las antorchas, al que muchos creyeron apagado, es el mismo fuego que arde en la antorcha de la justicia en Nueva York. Es la sed de justicia de una realidad social que quiere volver a nacer. Las zacateras raídas y resecas de Tegucigalpa, Honduras, de las que hoy se despidió trágicamente, y quizá para siempre, Juan Orlando Hernández, invitan a pensar que las condiciones están diseñadas para la renovación de la vida.

 

 

 

 

Los Angeles Times (latimes.com)