Opinión

Lejana  Tierra del Fuego                    

Ana Clara Am’abile

Desde Buenos Aires-Aires-Argentina para La Nación de Guayaquil-Ecuador.

 

 

 

“Entre mariposas negras

va una muchacha morena,

junto a una blanca serpiente”

Federico García Lorca (1920)

Él camina pensando que pronto oscurecerá en la ciudad dormida.

Las suelas de sus zapatillas, heridas de muerte, rugen por el fin del suplicio.

El frío, invasor, incansable, penetra por las plantas de los pies ásperos y renegridos, clavando los alfileres de siempre.

Debe llegar a la pulpería de la esquina pero es difícil, las espadas de hielo se abren camino hasta su cintura y quieren llegar al pecho, dejando atrás miembro entumecido y tripas congeladas que ya no podrán quejarse. Mareado, trata de dar pasos cortos mientras en su pelo, sucio de meses, miles de piquitos cosquillean incansables su cabeza aturdida. La manta que lo abraza, muestra nuevos huecos que abren paso a trompadas  inesperadas de enemigo anónimo.

De pronto, una alarma en la sien comienza a activarse y le trae un recuerdo, entonces percibe que está vivo aún y su mente le permite sentir algo más que lo de todos los días.

Se acerca una joven, viene a media cuadra balanceando sus caderas con gracias de otro tiempo, sus cabellos azabaches se mecen despidiendo pequeños rayos de luz y los ojos verdes son estampa cruel de hace veinte años.

Conmovido despoja de una sola sacudida todo el frío, como un perro, y pronto se le enciende el cuerpo todo, como parte de las brazas de una hoguera atrevida y eterna.

Ella allí, la joven que fue niña entre sus brazos, él aquí a punto de cruzársela sin lograr que sus ojitos se posen en los suyos un solo instante.

Corrió a abrazarla y se detuvo el tiempo, ella correspondió el gesto y lo miró a los ojos sabiendo que los volvería a encontrar después de tanta vida.

Otra vez la cruel imaginación le jugó una mala pasada.

La joven pasó a su lado sin notar siquiera que se había detenido. Entonces él se dio vuelta y maravillado la vio bailar con piecitos soñadores el resto de esa vereda, como si la sobrevolara segura y decidida, hasta doblar la esquina y desaparecer.

Quedó inmóvil, sin embargo se iluminó el recuerdo de una mujer que fue su delirio, el de un encuentro de almas que rescataban alivios y risas robadas, el de una hija recién nacida a un mundo de todos colores, con abrigo, hogar y pan.

Pasaron dos minutos, quizás tres y todo su cuerpo volvió a enfriarse de a poco. Ya no sabía si llegaría a buscar su comida, pero estaba seguro de que lo esperaba su recoveco con paredes de libros inventados y plásticos perfumados, con los diarios de su abuela y las caricias de su madre; pronto el viento, luego la helada, volverían a hacer lo suyo.

Él, que fue hombre próspero, sabía cómo el vicio despuntaba con navaja imparable el lápiz de la vida.

Lo decidió rápido, ya no quiso arrastrar su existencia invisible, se acomodó y esperó por fin la llegada de todos sus muertos, ellos lo llevarían a cabalgar otra vez por los campos de su Tierra del Fuego lejana y querida.