Opinión

Le dicen Noche Buena, pero, ¿qué hay de bueno?

María Cristina Menéndez Neale

Cristimenendez85@gmail.com

@CristiMenendezN

Le dicen Noche Buena, pero para mí se ha convertido en una Mala Noche; cuando se acabe mi novela, no lograré dormir y me pasaré horas pensando en ese pavo, y en ese arroz, y el relleno… aquel relleno que pudiera estar saboreando donde mi sobrina en este momento, si no fuera porque Isabel, mi muchacha y mano derecha de años, no está aquí.

No me gusta dejar mi casa sola…Si yo no estoy aquí, e Isabel tampoco, entonces, ¿quién diablos me cuida la casa? Si algún ladrón pasa por la calle con intención de robarme, no lo hará cuando toque el timbre y yo prenda la luz. Al ver que hay alguien aquí, eso es lo que lo hará huir. Mi sobrina me dijo, que si me quieren robar, pues que igual lo harían y que ninguna luz o señora de mi edad pudiera ahuyentarlos. Pueda que tenga algo de razón, pero prefiero prevenir y lamentar la cena a lamentar que unos idiotas se lleven mis cosas.

Me pregunto cómo hubiera sido esta época si mis hijos vivieran aquí;  nunca los tuve aquí con sus familias en Navidad. Tengo dos hijos, y los dos viven en el exterior. Con uno no me hablo y con el otro siempre mantenemos comunicación y me viene a visitar cada cierto tiempo…

¿Cómo estará Héctor? Ese es el que no me llama. Y la verdad, yo tampoco lo he buscado. Creo que si estoy exagerando con esto de dejar la casa sola; mis cosas más valiosas ya las regalé hace tiempos a mi hijo Fernando, y a mis sobrinos. A mi hermana no le he dado nada, porque ella es mayor que yo, y seguro se muere antes …. aunque me gana apenas por un año, y ella siempre sale y se mantiene algo activa, mientras que yo me paso sentada en mi sillón día y noche. Tengo un par de cosas guardadas para mi hijo Héctor, supongo que por eso no me gusta dejar la casa por miedo a que la roben, por miedo a que se lleven las cosas para Héctor.

Ya son algunos años los que paso la Noche Buena y Navidad sola. Cuando mi esposo falleció, empecé a pasar estas fiestas con mi hijo mayor, Fernando, en el país donde vive, en Canadá, pero ya dejé de hacerlo porque ya no estoy para tanto trajín y vaivén. Y es que mis caderas no entran muy bien en los asientos de un avión… sí, si entran, pero me incomodan.

En la tarde hablé con él, me contó que este año se irían a Londres a pasar las fiestas. A los tiempos que no voy a Londres, qué ciudad para más linda. También me contó que Héctor pasaría con su familia en San Francisco, donde acaban de mudarse a vivir, y que mi nieta, su hija mayor, se ha fracturado la pierna haciendo patineta. A esos nietos no los veo desde que son bien chicos, solo los veo por fotos que Fernando me envía por mail, ya que él si los ve una que otra vez.

Vaya pues, la vida cambia….La novela ya terminó, me tocaría ir a la cama, pero no estoy con sueño. Cada veinticuatro es siempre lo mismo, a esta hora que suelo ya dormir, es imposible hacerlo en esta fecha. Supongo que muchos recuerdos, y ansiedad de querer comerme el relleno que prepara mi sobrina.

Fernando me ha dado también el nuevo número de Héctor. Yo solo tenía el anterior, el de Chicago, pero nunca lo llamé. Él también tiene el mío y no me llama en tiempos. Y es que hasta de memoria se lo debe de saber, porque es el mismo número que tengo desde que mis hijos son unos bebés. Bueno, me llamó hace unas meses, pero fue solo una vez, cuando Fernando le contó que me operaron de unas piedras en el riñón; pero no hablamos, porque yo estaba en la clínica. Isabel fue la que contestó el teléfono y habló con él y le sacó un poco de novedades acerca de Renata y José Vicente, mis nietos.

A veces le tengo un poco de envidia a mi hermana, ella siempre se ve con sus hijos; y ellos siempre tan cariñosos conmigo, pero nada como querer tener más seguido el cariño de los míos. Bueno, Fernando siempre me lo brinda a pesar de vivir lejos, pero Héctor…

Lamentos, lamentos, siempre lamentos; eso me dice Isabel cada vez que me pongo a mirar la foto de Héctor con su familia, la cual tengo en mi sala; foto que Fernando me envió.

Isabel también me dice, que yo pudiera tratar de llamarlo de vez en cuando. La verdad es que nunca hubo una pelea específica. Y si la hubo, pues no la recuerdo. Nuestra relación sólo fue enfriándose. Él siempre fue un poco difícil… bueno, yo también… Ay, no sé, no sé qué fue lo que hiciera que estemos en esta situación.

Capaz debiera hacerle caso a Isabel. Capaz debiera hacerle caso a lo que siento cada vez que escucho las novedades que Fernando me cuenta de él y mis nietos, cada vez que veo sus fotos.

¡Bah! ¿Qué pierdo? Si lo llamo y la conversación no fluye, pues cierro el teléfono y ya está. Voy a ver el número, que lo tengo en el velador, ahí tengo impreso el mail de mi hijo Fernando con el número de Héctor.

Ay, ¡pero sí que me cuesta levantarme de este sillón, je! Bueno, ahí, como que estoy pudiendo… Bien, lo logré. Ahora sí, me voy a acercar a mi velador. Veamos… sí, aquí está el número.

Ahora está sonando. Qué nervios, ¿qué digo?

–Hola, en este momento no te podemos atender. Deja tu nombre y tu número para devolverte la llamada –eso me dice la voz de la grabadora, supongo que debo decir algo.

–Hola Héctor. Soy tu madre. Fernando me contó que se han mudado a San Francisco, un lugar que siempre quise visitar con tu padre. Bueno, llamaba a saludarte y a desearte una Feliz Navidad. Ok. Adiós.

Bueno, ya puse de mi parte, Isabel ya no me puede decir nada. Si me llama bien, y si no, pues todo seguirá igual. Ya está. Creo que ahora voy a tratar de dormir, solo debo quitarme este salto de cama y dejarlo sobre mi sillón. Listo.

–¿Doña Beatriz? –me dice una voz… ¿quién diablos será, acaso no ve que estoy dormida? –¿Doña Beatriz? Despierte, Doña Beatriz.

–¡Qué, qué, qué! Ah Isabel, ya estás aquí. Pero tu tienes que venir mañana.

–Doña Beatriz, lo que pasa es…

–Ah ya, veo que es de día –la interrumpo – y también veo que me has abierto las cortinas. ¿Por qué no me dejas dormir? Tu sabes que no me gusta que me interrumpan mi sueño.

–Doña Beatriz, es Héctor – me dice ella sonriendo, mientras abro mejor mis ojos –en el teléfono de la sala.

–Ah ya, ¡ya ahora mismo voy! Ayúdame a levantar, Isabel – no sé qué decirle a Héctor, pero de pronto siento un alivio, y mucha tranquilidad –.Isabel, por favor, abre mi closet y sácame el conjunto verde. Cuando termine con Héctor, llama a mi sobrina, dile que iremos a visitarla, y que por favor nos separe un poco de relleno de anoche.

–Por supuesto, doña Beatriz –me dice mientras termina de levantarme y corre hacia mi armario.

Camino hacia mi sala, donde hago un pequeño recorrido, viendo todas las fotos. Unas son de mis hijos cuando son bebés junto a mi esposo; otras cuando son niños, con el uniforme de su escuela, en su primer día de clases; otras de  jóvenes; y varias de Fernando con su familia. Y la foto de Héctor con su familia, que está junto al teléfono… Vaya pues, la vida cambia…sí, van a haber nuevos cambios.

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