Opinión

La era de la mentira

Arlene B. Tickner

Diario El Espectador

A raíz de la campaña del Brexit en Inglaterra y la de Donald Trump en Estados Unidos, una edición reciente de The Economist examina el rol creciente del engaño en la política. Si bien el juego político nunca ha sido inmune a esa táctica, lo que más llama la atención en años recientes es la pérdida de importancia de la “verdad”, la normalización de la mentira y la indiferencia ante ello de la sociedad. Lo que ha ambientado este insólito desarrollo —que no parece nada pasajero— es la sumatoria de instituciones carentes de credibilidad, la pérdida de autoridad de los “hechos” y la revolución en las tecnologías de la información y la comunicación.

Según el Edelman Trust Barometer, que mide la confianza en las instituciones en 28 países del mundo, mientras que la población general (con menores niveles de educación e ingresos) ostenta altos grados de desconfianza frente al gobierno, los medios, el sector privado y las ONG, confía mayoritariamente en personas que percibe como “pares”.

Al mismo tiempo, la ciencia, la evidencia empírica y el conocimiento experto pierden relevancia en el debate público sobre problemas tan diversos como el cambio climático, la migración, la desigualdad y la salud. Si bien existe consenso científico, por ejemplo, sobre la existencia y las causas del calentamiento global, éste no se ve reflejado en un consenso social amplio en muchos países, entre ellos Estados Unidos. Para explicar esta disonancia, los estudiosos de la cognición cultural han mostrado que los individuos validan o desmienten la información en función de sus predisposiciones ideológicas y valorativas existentes. Dicho filtro también alinea las posiciones sobre distintos temas de interés colectivo. Por ello, Piedad Bonnett tiene razón en afirmar en su columna en El Espectador que quienes se oponen al acuerdo de paz y al derecho de las parejas gay a la adopción en Colombia suelen ser los mismos.

En un contexto de legitimidad decreciente de la democracia y las instituciones entre el común de la gente, crecimiento exponencial en las fuentes de información escrita, visual y auditiva, e interacción activa en redes sociales, la facilidad para ignorar todo aquello que no confirma las visiones de mundo que tienen determinados grupos y para reconocer solamente las opiniones de “pares” ha aumentado. Es por esto que los discursos racistas, xenofóbicos, misóginos y homofóbicos puestos oportunistamente en circulación por los medios de comunicación y los políticos —por no mencionar el del castro-chavismo que reina actualmente en Colombia—, aun cuando sean falsos o engañosos, pueden gozar de tanta aceptación.

Así descrita, la era post-verdad “invita” a la mentira pública, siempre y cuando esta entone con las creencias, sesgos y miedos de las audiencias objeto. Si bien Trump es quien mejor encarna esta perversión de la política, e independientemente de si gana las presidenciales, el ocaso progresivo de los “hechos” validados de forma colectiva y pluralista seguirá siendo uno de los mayores desafíos que enfrenta el mundo en la actualidad.

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