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Las cartas delatoras sobre la causa del Primer Grito de Independencia

En el Estudio Introductorio del libro ‘La Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809’, de Carlos de la Torre Reyes, Jorge Salvador Lara señala: “No se ha terminado la investigación documental con la búsqueda sistemática en los archivos nacionales y los extranjeros, particularmente de Bogotá, Lima, Sevilla, Simancas, Segovia, Madrid, Londres y otros repositorios, particularmente de Estados Unidos”.

Sobre la citada obra, debemos señalar que tiene datos precisos sobre los acontecimientos libertarios del Ecuador referidos por el inglés William Bennet Stevenson, quien publicó en 1825 su libro ‘A Historical and Descriptive Narrative of Twenty Year’s Residen- ce in South America’, (Narración Histórica y Descriptiva de Veinte Años de Residencia en Sudamérica), en tres tomos editados por Hunt, Robinson & Co.

Stevenson fue secretario privado del conde Ruiz de Castilla, con quien llegó a Quito en 1808. Luego se vinculó con los patriotas y, finalmente, fue secretario del almirante Cochrane.

El ideal de emancipación, sobre todo en Quito, siempre fue patente, en vista del grave malestar que reinaba en América por las absurdas ideas que circulaban entre las autoridades coloniales, en el sentido de que los americanos eran inferiores debido a su “degeneración causada por el clima y la naturaleza”, como señala Luis de Heras, en ‘América insurrecta’.

Este criterio primaba generalmente en las autoridades religiosas, quienes consideraban así a los frailes nacidos en las colonias. Según Moxó de Francoli, en ‘Observaciones sobre las Indias’, de 1850, los americanos eran “gentes de menor calidad, sin mayor raciocinio e incompetentes para ejercer funciones de responsabilidad, razón por la que particularmente los conventos deben ser gobernados por religiosos provenientes de España y no se diga las autoridades reales, quienes guardan cordura y sensatez con los problemas de la buena gobernanza, de la cual los criollos están muy lejos de siquiera imaginarlo”.

Se generaron graves polémicas con americanos ilustrados, como el padre Juan de Velasco, José Eguiara y Eguren, Francisco José de Caldas, Eugenio Espejo, entre otros; en igual forma, produjo graves resentimientos en los frailes nacidos en América contra los sacerdotes españoles y en más de una ocasión se dieron serios conflictos al interior de las órdenes.

Después de que el 5 de marzo de 1808 Napoleón obligara a Carlos IV y a su hijo Fernando VII a renunciar al trono español, las autoridades de las colonias americanas asumieron una tarea de “obediencia y fidelidad a Fernando VII”, posición que no fue compartida por los criollos. Para el caso quiteño “en febrero de 1809, el capitán Juan de Salinas, que era Comandante de la Infantería de Quito, informó reservadamente a dos frailes, entre ellos al padre Polo, de un plan que pronto se llevaría a cabo para deponer a las autoridades españolas en Quito y elegir otras de entre los más respetables ciudadanos, como sustitutos. La información fue inmediatamente participada por los frailes al Presidente y se confirió comisión secreta al oidor Fuertes y Amas para encausar a todos los sospechosos, de acuerdo con la ley”, escribió Stevenson.

Cartas delatoras
En el convento de La Merced de Quito hay evidencias que involucran a los frailes delatores: Andrés Torresano y Andrés Nieto Polo, quienes informaron a las autoridades realistas sobre la reunión de los patriotas del 25 de diciembre de 1808.

Hay dos cartas: la una de Ruiz de Castilla dirigida al obispo Cuero y Caicedo; y, la otra, del prelado al comendador del convento de El Tejar, que denunciaron a los conjurados. “Reservado. Ilmo. Sr. La averiguación de cierto asunto que saben los M.R.R Recoletos Fr. Manuel González, Fr. Andrés Torresano y Fr. Andrés Polo es sumamente interesante al Estado y a la Causa Pública. En cuyo Concepto se servirá V.S.I. conminarlos con excomunión mayor, tanto para que declaren sinceramente a verdad de lo que sepan. Dios guarde a vuestra señoría ilustrísima muchos años, Quito 4 de Diz. de 1809. f) Ruiz de Castilla”.

En otra carta, fechada también el 10 de diciembre, y firmada por Josef Enríquez de León, da a conocer el llamado para que “se presenten y comparezcan ante el excelentísimo Sr. Conde Ruiz de Castilla (…) a efecto de deponer y declarar todo lo que supieren, les constare o hubieren oído sin reserva, restricción, ni modificación; y lo cumplan bajo de Santa Obediencia, y pena de excomunión mar ipso facto (…) y bajo la y la misma guarden el más inviolable secreto tanto en público como en privado, puesto que en esto se interesa la causa pública y el servicio del Rey Nuestro Señor”.

Las cartas fueron localizadas en el archivo del convento de Quito por Joel Monroy en 1940. Según su propia versión, fueron donadas al encargado de la Biblioteca Municipal de Quito, junto con manuscritos que correspondían al litigio entre Espejo y el padre Juan Aráuz y Mesiá. Nunca se publicaron. Con suerte para la Historia, el mercedario dejó copias de las cartas y aquellos documentos referidos a la versión de que varios patriotas fueron recluidos en la torre del campanario de la iglesia de La Merced.

 

 

 

El Comercio