“La violencia que nace en casa”
De: Gioconda Juez/Wuanplus tv
Guayaquil-Ecuador
La violencia intrafamiliar es, quizás, la forma más silenciosa y devastadora de inseguridad que enfrenta el Ecuador. Mientras el país dirige su atención a las balas en las calles, al crimen organizado y a la delincuencia que ocupa los titulares, miles de ecuatorianos viven otra guerra, una que ocurre puertas adentro, donde los gritos sustituyen al diálogo, los golpes reemplazan al afecto y el miedo se convierte en parte de la rutina.
Lo más preocupante es que esta violencia no distingue condición social, nivel educativo ni situación económica. Se encuentra en barrios populares y urbanizaciones exclusivas; en familias humildes y acomodadas. Es una herida transversal que fractura hogares, destruye la autoestima de las víctimas y deja cicatrices profundas en niños y adolescentes que crecerán creyendo que el maltrato es una forma normal de convivencia.
Ecuador atraviesa una de las etapas más complejas de su historia reciente. La inseguridad, la incertidumbre económica, el desempleo, el estrés y el temor permanente han deteriorado la salud emocional de miles de familias. Organismos nacionales e internacionales advierten que el aumento de la violencia criminal y las condiciones de vulnerabilidad están afectando gravemente la vida cotidiana de los hogares, mientras las instituciones continúan reforzando los sistemas de protección y recopilando información para enfrentar esta realidad. (Las Naciones Unidas en Ecuador)
Pero sería un error atribuir la violencia intrafamiliar únicamente a la crisis económica o a la inseguridad. La raíz es mucho más profunda. Durante generaciones se normalizó el machismo, el autoritarismo, la idea de que quien tiene más fuerza o poder puede imponer su voluntad. Esa cultura del silencio permitió que innumerables víctimas soportaran años de humillaciones por miedo, dependencia económica o desconfianza en las instituciones.
Las cifras son un llamado de atención. Solo durante 2025, el ECU 911 coordinó la atención de más de 65.000 emergencias relacionadas con violencia intrafamiliar en el país, un promedio cercano a 200 reportes diarios. Detrás de cada llamada existe una familia rota, una mujer aterrorizada, un niño que presencia el horror o un adulto mayor abandonado o maltratado. (Ecu 911)
No podemos permitir que el hogar deje de ser el lugar más seguro para convertirse en el más peligroso. Allí donde deberían sembrarse valores, confianza y amor, hoy muchas veces germinan el miedo, la humillación y la desesperanza. Y cuando un niño crece en ese ambiente, toda la sociedad paga el precio. La violencia aprendida suele reproducirse, alimentando un círculo que se transmite de generación en generación.
Combatir este flagelo exige mucho más que endurecer las penas. Se requiere una verdadera política de Estado que fortalezca la salud mental, garantice atención psicológica accesible, proteja de forma inmediata a las víctimas, eduque desde la infancia en el respeto y la igualdad, y promueva la resolución pacífica de los conflictos. También demanda una justicia ágil, capaz de actuar antes de que las amenazas se conviertan en tragedias irreparables.
Los medios de comunicación, las escuelas, las iglesias, las universidades, las empresas y las organizaciones sociales tienen igualmente una enorme responsabilidad. Deben convertirse en espacios permanentes de educación y prevención, porque la violencia no comienza con un golpe; comienza con la intolerancia, la humillación, el control, el insulto y la indiferencia.
Ecuador necesita recuperar la paz, pero esa paz no se construirá únicamente con más policías o militares en las calles. La verdadera seguridad empieza en el hogar. Si logramos que nuestros niños crezcan rodeados de respeto, diálogo y afecto, estaremos formando ciudadanos capaces de rechazar la violencia en cualquiera de sus expresiones.
El futuro del país no solo depende de combatir a las organizaciones criminales. También depende de salvar a nuestras familias. Porque una nación fuerte no se edifica
