Ciencia

La ‘vida en no’: mejor salud y más sintonía con el planeta

Algunas personas llevan su fobia al consumo de comida chatarra a niveles irracionales.

COLOMBIA. Valeria Vargas, instructora de yoga, de 25 años, comenzó su ‘vida en no’ a los 13. Primero se hizo vegetariana, luego vegana y hasta dejó de usar medicamentos: optó por las plantas medicinales. Dejó incluso los anticonceptivos, reemplazándolos por hierbas con las que, asegura, se pueden equilibrar los niveles de estrógeno.

Hace tres años produce sus propios artículos de aseo y cosmética, totalmente naturales: desodorante, pasta de dientes, cremas, champú, exfoliantes, jabón, aceites de masaje, bloqueador solar y labiales son algunas de las cosas que fabrica para su uso personal y también para vender. En vez de químicos, Valeria utiliza aceites, mantecas y hierbas.

Paula Casanova, diseñadora industrial de 40 años y socia fundadora de Mercado Orgánico, optó por un camino similar. Es vegetariana y, además, decidió erradicar el plástico de su vida. Nunca guarda comida en bolsas y por ello trata de cocinar lo justo. Para envolver comida en el refrigerador, utiliza papel.

“Las bolsas no tienen poros y no permiten que la comida respire. El plástico genera una frecuencia que adhiere ciertas ondas en la comida, y eso es perjudicial”, expresa. Sus hábitos van más allá: usa solo vasos de vidrio, ropa sin fibras sintéticas, zapatos lo más naturales posible, productos de cuidado femenino de tela y hasta artículos de escritorio libres de plástico.

Alternativas saludables

En los países desarrollados cada vez hay más personas que, como Paula y Valeria, eligieron alejar de su vida productos propios de la modernidad, como la comida industrializada, el azúcar, los aditivos químicos –colorantes y conservantes– y las frutas o verduras que han estado expuestas a pesticidas. Hasta intentan alejarse de la contaminación electromagnética que emana de aparatos electrónicos, celulares y redes wifi.

Su principal motivación es buscar una mejor salud. Y en esa búsqueda, la comida suele ser el principal foco de restricciones. Según el informe ‘Libre de-tendencias alimentarias’ (‘Free From-Food Trends 2015’), de la consultora de mercado Mintel, en Estados Unidos el 84 por ciento de los consultados dicen buscar productos más naturales.

El 43 por ciento declara consumir alimentos free from (es decir, libres de algo: azúcar, sal, grasa, aditivos). Y de ellos, el 79 por ciento hace sus elecciones por razones de salud, basados en la evidencia sobre cómo los aditivos o pesticidas se vinculan con varios males, desde trastornos del ánimo hasta cáncer.

En algunos casos, el ‘no’ a un alimento o nutriente nace de una recomendación médica, como el gluten en los celíacos. Pero casi siempre se trata de una decisión individual, basada en información divulgada a través de redes sociales o libros, principalmente. Y en esto, como en todo, no faltan los extremistas. Pero la parte buena es que cada vez hay una mayor conciencia sobre la importancia de lo que se come.

“Comer sano es invertir en salud, pero falta conciencia y más educación, sobre todo en los colegios”, comenta Claudia Grunder, quien aplica la ‘vida en no’. Ella redujo el consumo de azúcar en un 95 por ciento, y siente que su salud ha mejorado sustancialmente.

El mejor reflejo de cómo se ha masificado esta tendencia se encuentra en cualquier gran librería, donde hoy textos como ‘Alimenta tu cerebro’,’ Clean’ o ‘La enzima prodigiosa’ despliegan sus portadas en las mismas estanterías que comparten las novelas de célebres escritoras como Isabel Allende o Bárbara Wood.

Vivir más

Silvia Munizaga, de 58 años, quien vivió por 16 años en Estados Unidos, es otro ejemplo de una ‘vida en no’. Ella estudió sobre hierbas medicinales, cultivos y nutrición. Hoy vive con su marido a 20 kilómetros de Ovalle (región de Coquimbo, norte de Chile), y se alimenta casi exclusivamente de las verduras orgánicas que cultiva en su propia huerta.

“Si hay tomates en verano, se comen en verano y se deshidratan los extras para el invierno”, afirma.

Otra de las opciones dentro de este estilo de vida es la alimentación ‘raw food’ (cocina sin cocción o crudivegana). Belén Dussaubat, ingeniera comercial de 29 años, estudió en California para certificarse como profesora de esta tendencia: come solo frutas y verduras crudas, frutos secos y semillas.

“Es difícil ser crudivegano, pues vives en un entorno que no come como tú –comenta–. Implica estar siempre preparado. Cuando salgo, trato de ver a dónde voy y me aseguro de que haya algo que pueda comer; si no, llevo algo. Y si eres radical y no transas con nada que no sea crudo, lo pasas mal, se convierte en una obsesión y te sales del camino de la salud, que es el que se supone te llevó a esto”, explica.

Para Tomás Ariztía, coordinador del programa de Estudio del Consumo y los Mercados de la Escuela de Sociología de la Universidad Diego Portales (UDP), de Chile, esta nueva manera de entender la lista de compras tiene que ver con lo que se ha llamado “medicalización de la comida” o “comida funcional”: la comida deja de ser una fuente de placer y se convierte en un instrumento para alcanzar un bien superior: la salud y el bienestar.

La antropóloga Sonia Montecino, quien ha investigado los patrones culturales asociados con la comida, agrega: “La relación entre alimentación y salud está hoy exacerbada, es casi maniática. Ya no se come por placer, sino para no enfermarse, para vivir más años”, opina.

Para ella, esta nueva conducta alimentaria puede calificarse como una ideología. “Hay quienes consideran que los pollos marinados en una fábrica son comibles y otros que los clasificarán dentro de lo incomible. En ello no gravita tanto el factor nutricional puro y duro, sino elementos ideológicos: los pollos producidos en serie son el símbolo de una sociedad de masas que ha hecho del consumo serializado su máxima expresión. Y quienes se oponen a eso, considerando incomibles esos productos por factores éticos o de salud, promueven movimientos sociales que podríamos denominar gastropolíticos: de rebelión, de resistencia y de denuncia de las formas de producción de ciertos alimentos”, anota Montecino.

“Ahora –concluye la experta–, tampoco hay que olvidar que el mercado de los alimentos está muy atento a estas nuevas tendencias y desarrolla fórmulas para satisfacer a los consumidores más ‘conscientes’ o ‘críticos’. A menudo les proveen la ilusión (en algunos casos es real) de que están comiendo más sano, de que están adquiriendo productos menos manipulados y de que los pollos que entran a su cacerola fueron ‘felices’ en la granja donde los criaron”.

Conciencia de consumo

La tendencia de adquirir hábitos para mejorar la salud pasa en ocasiones a un nivel de politización del consumo, según explica Tomás Ariztía, de la Universidad Diego Portales, de Santiago de Chile.

Un ejemplo son los movimientos globales que critican fuertemente el maltrato animal en los procesos industriales para generar productos. De hecho, el 43 por ciento de los encuestados por el informe ‘Free From-Food Trends 2015’ consideraron “importante” que sus alimentos de origen animal provengan de criaderos ‘cage free’ (libres de jaulas) o ‘range free’ (libres de corrales).

¿Malo? No todos lo creen así, porque detrás de esto lo que hay es no solo una legítima y muy respetable preocupación por una alimentación sana y un mayor cuidado del medioambiente, dice Ricardo Uauy, doctor en Bioquímica de la Nutrición. “Estamos evolucionando –añade– hacia el ‘homo sapiens-sapiens’, un ser con conciencia individual pero también social. Y eso es posiblemente lo único que nos va a salvar de que no terminemos depredando lo que queda en este planeta”. (El Tiempo/La Nación)