La verdadera energía del ser humano
María Elena Gómez de Reshuan/Guayaquil
«El ser humano no vive solamente de alimento, conocimiento o recursos materiales. Vive, sobre todo, de la energía que alimenta su espíritu.»
Vivimos en una sociedad que busca energía por todas partes.
La buscamos en el café para despertar, en la música para animarnos, en el entretenimiento para escapar de la rutina y en el éxito para sentirnos realizados.
Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos cuál es la energía que verdaderamente sostiene la vida cuando el entusiasmo desaparece y llegan las pruebas.
Porque existen energías que estimulan por un momento… y otras que transforman para siempre.
Las primeras producen euforia.
Las segundas producen propósito.
Hoy vivimos rodeados de estímulos permanentes. Las redes sociales, el ruido constante, el consumo inmediato y la necesidad de obtener satisfacción instantánea ocupan gran parte de nuestra atención. Son experiencias que pueden resultar agradables, pero muchas veces su efecto es pasajero. Cuando termina la distracción, muchas personas vuelven a encontrarse con preguntas profundas sobre el sentido de su vida, su propósito o su esperanza.
No es casualidad que, aun en una época de enormes avances tecnológicos, muchas personas experimenten vacío, ansiedad o una profunda sensación de desorientación.
Quizá el problema no sea la falta de información.
Quizá sea la falta de orientación interior.
Jesús comprendía esa necesidad cuando invitaba a las personas a confiar, a no vivir dominadas por el miedo y a descubrir una esperanza que no dependiera únicamente de las circunstancias.
La fe, entendida como confianza profunda en Dios y como fuerza que impulsa nuestras acciones, no nos aleja de la realidad; nos da el valor para enfrentarla.
Cuando una persona encuentra un propósito, descubre que la verdadera energía no nace del ruido, sino del silencio; no de la aprobación de los demás, sino de la paz de la conciencia; no de lo que posee, sino de aquello en lo que cree.
Por eso enseñar tiene un valor inmenso.
Quien transmite conocimiento entrega herramientas.
Pero quien, además, inspira esperanza y fortalece la fe, ayuda a iluminar caminos.
Cada palabra de aliento, cada enseñanza compartida con amor y cada gesto de servicio pueden convertirse en una semilla que transforme una vida.
Tal vez esa sea una de las misiones más nobles que puede abrazar un ser humano: no acumular conocimientos para sí mismo, sino compartirlos para que otros descubran su propio camino.
Porque la fe auténtica no se impone.
Se testimonia.
Y cuando se vive con coherencia, se tiene la extraordinaria capacidad de encender la luz en el corazón de quienes buscan una razón para seguir adelante.
