Opinión

La Universidad del Crimen Perfecto.

Dr Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.

 

 

Debería existir una materia obligatoria en todas las universidades del Ecuador y quizás de América Latina. Una asignatura seria, rigurosa y profundamente práctica. No para ingenieros, médicos o abogados, sino para formar a las nuevas generaciones de ilusionistas del poder.

Su nombre podría ser: “Magia Aplicada a la Desaparición de Evidencias y Administración del Cinismo Público”.

Aunque también podrían llamarla:

— Brujería Fiscal Avanzada
— Doctorado en Impunidad Comparada
— Ingeniería en Saqueo del Estado
— Maestría en Desaparición de Fondos Públicos
— o simplemente Seminario de Cómo Robar sin Ir Preso.

El pensum sería extraordinario.

Primer semestre: cómo desaparecer pruebas en atracos públicos sin dejar huellas digitales ni políticas.
Segundo semestre: manejo profesional de gastos reservados y manual práctico para convertir dinero público en secreto de Estado.
Tercer semestre: diplomado intensivo sobre cómo evaporar ciento diez millones de dólares mientras fiscales, contralores y asambleístas juegan a las escondidas.
Y el módulo de excelencia académica: tráfico internacional utilizando valijas diplomáticas sin que nadie vea, escuche ni recuerde nada.

Por supuesto habría materias electivas.

Una de ellas dedicada al misterioso caso de los helicópteros Dhruv, donde el alumno aprendería cómo comprar fierros voladores que terminan cayéndose del cielo mientras las responsabilidades también se precipitan… pero hacia el olvido.

Otra cátedra estaría enfocada en la alquimia energética nacional: cómo convertir un país petrolero en una nación permanentemente desabastecida de combustibles y electricidad.

Porque ahí es donde la magia alcanza niveles sobrenaturales.

Suben el precio de los combustibles a valores internacionales mientras el salario básico sigue anclado en menos de quinientos dólares. El ciudadano gana en sucres emocionales y paga en dólares premium.

De pronto aparece el desabastecimiento.
Las estaciones se llenan de filas interminables.
La gente pierde jornadas de trabajo.
Otros duermen dentro de sus vehículos esperando abastecerse.
Comienzan los cupos.
Las mafias hacen su agosto.
El caos se vuelve paisaje.

Y entonces… ¡Bummm!

Aparece el aumento.

El diésel supera los tres dólares mientras el barril de petróleo se dispara sobre los cien. Las refinerías casualmente están dañadas, en mantenimiento o convertidas en monumentos nacionales a la incompetencia. Igual que las termoeléctricas que mágicamente siempre necesitan reparación cuando más se las requiere.

Todo perfectamente sincronizado.

Es ahí donde uno comprende que los verdaderos brujos no usan túnicas ni sombreros puntiagudos. Usan corbata, uniforme, credenciales diplomáticas o discursos técnicos llenos de palabras elegantes para justificar el desastre.

Y nosotros, el pueblo, seguimos ocupando el viejo papel de espectadores hipnotizados.
Magníficos pendejos.
Paganini disciplinados.
Contribuyentes resignados.
Aplaudiendo el acto final mientras desaparecen nuestros impuestos, nuestro tiempo y hasta nuestra dignidad.

La mafia —porque toda mafia tiene códigos— exige lealtad absoluta. El que habla muere políticamente, socialmente o físicamente. El silencio es el verdadero idioma del poder corrupto.

Mientras tanto, el ciudadano común sobrevive entre apagones, combustible caro, salarios miserables y discursos patrióticos pronunciados por expertos en prestidigitación estatal.

Quizás por eso el Ecuador no necesita más universidades tradicionales.

Necesita urgentemente una gran academia nacional de ilusionismo político, donde al menos las nuevas generaciones aprendan oficialmente cómo se esfuman millones, cómo desaparecen pruebas y cómo convertir el fracaso en narrativa heroica.

Porque si algo ha demostrado nuestra historia reciente, es que aquí los brujos existen.

Y cobran impuestos.

Semper Fi.