La tragedia de Venezuela.
Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.
(I)
Contemplar las imágenes apocalípticas que dejan los terremotos, capaces de destruir ciudades enteras, edificios y de provocar miles de muertos y heridos, conmueve profundamente a cualquier ser humano. Despiertan sentimientos de solidaridad e impotencia y, al mismo tiempo, nos recuerdan lo frágil que es la vida frente a la inmensa fuerza de la naturaleza.
Las tareas de rescate no se han hecho esperar. Numerosos países han enviado ayuda humanitaria, brigadas de rescatistas y equipos especializados. Como suele ocurrir en estas tragedias, entre las ruinas y los escombros también surgen historias conmovedoras y casi milagrosas: sobrevivientes rescatados con vida, familias que vuelven a encontrarse y hasta animales que logran ser salvados. Son momentos que invitan a reflexionar y a reconocer que la vida es un don precioso, y que muchos creyentes encuentran en la voluntad de Dios la explicación de por qué unos logran sobrevivir mientras otros parten a la eternidad.
Sin embargo, resulta especialmente doloroso comprobar que parte de la maquinaria necesaria para las labores de rescate permanezca paralizada por falta de combustible en un país que posee algunas de las mayores reservas de petróleo del mundo. Esa realidad proyecta una imagen preocupante sobre el estado de su infraestructura y de su capacidad de respuesta ante una emergencia de esta magnitud.
Morirse de sed junto a la fuente es una paradoja inadmisible en pleno siglo XXI. Venezuela merece recuperar la capacidad de proteger a su pueblo y responder eficazmente ante las tragedias. Permanecer indiferentes frente a esta realidad no solo prolonga el sufrimiento de millones de venezolanos, sino que también constituye una ofensa a la inteligencia, a la solidaridad y a la civilidad.
Semper Fi
