Opinión

LA TECNOLOGÍA EN EL PROCESO EDUCATIVO.

Mg. Lilian Alarcón Duran Portoviejo/Manabí

 

 

La incorporación de la tecnología en la educación ha representado uno de los mayores avances de las últimas décadas en su proceso. El acceso a internet, las plataformas virtuales y, más recientemente, la inteligencia artificial han facilitado la búsqueda de información y la realización de actividades académicas.

Sin embargo, el entusiasmo por estas herramientas ha llevado a un problema cada vez más evidente: muchos estudiantes han dejado de utilizarlas como un apoyo para aprender y las han convertido en un sustituto del aprendizaje. Esta realidad hace necesario reflexionar sobre la importancia de establecer límites en el uso de la tecnología dentro del proceso educativo.

En la actualidad es común observar como los estudiantes recurren a buscadores o herramientas de inteligencia artificial para resolver tareas, redactar ensayos, responder cuestionarios o incluso desarrollar proyectos completos. Aunque estas tecnologías pueden ahorrar tiempo y ofrecer información valiosa, también pueden fomentar una actitud pasiva frente al conocimiento. Cuando un estudiante copia respuestas sin analizarlas, entrega trabajos que no comprende o depende completamente de una herramienta digital para pensar, deja de desarrollar habilidades fundamentales como el razonamiento crítico, la creatividad, la capacidad de investigación y la resolución de problemas.

Esta dependencia tecnológica tiene consecuencias que pueden hacerse evidentes a largo plazo. Muchos estudiantes obtienen buenas calificaciones gracias a trabajos elaborados con ayuda de aplicaciones digitales, pero presentan dificultades para explicar lo que escribieron, resolver nudos críticos sin apoyo tecnológico o aplicar los conocimientos en situaciones reales. En otras palabras, aprueban asignaturas, pero no necesariamente aprenden.

La educación pierde su propósito cuando el objetivo se reduce a cumplir con una tarea y no a construir conocimientos duraderos.
Aprender requiere leer, analizar, comparar información, a veces equivocarse y corregir errores. Estos procesos fortalecen la memoria, el pensamiento lógico y la autonomía. Cuando la respuesta está disponible en segundos y el estudiante se limita a copiarla, desaparece gran parte del proceso cognitivo que permite comprender realmente un tema.

La tecnología debe facilitar el aprendizaje, no reemplazar el esfuerzo que este exige.

Entonces, las instituciones educativas tienen la responsabilidad de establecer normas claras sobre el uso de las herramientas tecnológicas. No se trata de prohibir la inteligencia artificial, internet o las plataformas digitales, sino de enseñar a utilizarlas con criterio, diseñar actividades que requieran análisis, reflexión, debates, proyectos prácticos y evaluaciones presenciales que permitan comprobar el aprendizaje real.

Es importante que los docentes formen a los estudiantes en el uso ético y responsable de la tecnología, promoviendo la honestidad académica y el desarrollo de competencias que ninguna aplicación puede sustituir.

De hecho, la tecnología constituye un recurso valioso para la educación, pero su uso sin límites puede afectar seriamente el aprendizaje. El verdadero desafío actual no consiste en incorporar más tecnología, sino en enseñar a utilizarla con responsabilidad, pensamiento crítico y equilibrio en su uso. Solo así será posible formar profesionales capaces de enfrentar los retos del futuro con conocimientos propios y no únicamente con respuestas generadas por una pantalla.