La sociedad de los títulos y las apariencias
Dr. Jorge Alberto Norero González /Guayaquil.
Vivimos en una época en la que parecer ha comenzado a ser más importante que ser. La apariencia ha desplazado al mérito, el diploma pretende reemplazar a la experiencia y el reconocimiento público parece valer más que el conocimiento adquirido con años de esfuerzo, disciplina y trabajo.
Existe una creciente obsesión por acumular títulos, doctorados —aunque sean honoríficos—, maestrías, certificaciones y cualquier distinción que impresione al auditorio. Al mismo tiempo, algunos medios de comunicación presentan como «expertos», «analistas», «politólogos», «científicos» o «especialistas» a profesionales que apenas comienzan su trayectoria y que todavía no han enfrentado las pruebas que únicamente la experiencia puede ofrecer.
La formación académica es indispensable. Nadie sensato podría negarlo. Pero también es cierto que un título constituye apenas el inicio de una profesión, nunca su culminación. La verdadera autoridad nace cuando el conocimiento se somete durante años al examen de la realidad, de los errores, de las decisiones difíciles y de la responsabilidad.
Basta observar la carrera militar para comprender esta diferencia. Ningún oficial recién graduado puede pretender vestir las insignias de general o de almirante. Entre un grado y otro existen décadas de servicio, evaluaciones permanentes, disciplina, liderazgo demostrado y capacidad para conducir hombres y mujeres en circunstancias críticas. La cadena de mando existe precisamente porque el mando debe ganarse.
No es casual que una de las máximas más sabias de la profesión militar afirme que para mandar primero hay que aprender a obedecer. Quien jamás ha obedecido difícilmente comprenderá el peso de ordenar; quien nunca ha servido difícilmente entenderá el verdadero significado del liderazgo.
Lamentablemente, en muchos ámbitos parece haberse instalado el facilismo. Se confunde información con sabiduría, juventud con experiencia y notoriedad con autoridad. Algunas instituciones educativas producen títulos con sorprendente rapidez, mientras la experiencia profesional, que no puede acelerarse ni comprarse, queda relegada a un segundo plano.
Las consecuencias terminan reflejándose en instituciones cada vez más débiles, administraciones improvisadas y liderazgos construidos sobre el prestigio aparente antes que sobre los resultados.
Pero la obsesión por aparentar no termina en los títulos. También se manifiesta en la necesidad permanente de exhibir el automóvil más costoso, el reloj más exclusivo, la ropa de marca, las cirugías estéticas, el bótox, los tratamientos cosméticos y toda una industria dedicada a ocultar el inevitable paso del tiempo.
No hay nada reprochable en cuidar la imagen personal. Lo preocupante aparece cuando el valor de una persona comienza a medirse por aquello que exhibe y no por aquello que realmente es.
Las arrugas pueden ocultarse; las canas pueden teñirse; la calvicie puede disimularse; incluso la edad puede maquillarse durante algún tiempo. Pero ninguna cirugía puede rejuvenecer el carácter, ninguna crema puede devolver la humildad y ningún diploma puede reemplazar la experiencia.
Al final, la vida termina colocando a cada persona en su verdadero lugar. El tiempo es el único tribunal que no se equivoca. Él distingue al sabio del charlatán, al líder del improvisado, al maestro del simple poseedor de un diploma y al ser humano íntegro de quien solamente aprendió a representar un personaje.
Quizá la mayor distinción que una persona pueda alcanzar no sea la de ser llamada doctor, máster o experto, sino algo mucho más difícil de conquistar: que la sociedad pueda reconocerla, sencillamente, como un auténtico señor o una auténtica señora, por la nobleza de su conducta, la humildad de su carácter y el ejemplo permanente de su vida.
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