Opinión

La saeta

Jorge Alania Vera

Jorge.alania@gmail.com 

Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador

 

 

 

Las estrechas y hermosas calles de Sevilla son inolvidables para quienes, en la Semana Santa, las recorren en procesión. El gentío avanza abigarrado y los cánticos y la música le dan a esa caminata un sello inconfundible de peregrinación. Cada quien sabe lo que busca en esa marcha de fe que lleva en andas al Cristo que será crucificado en el monte de la calavera.

 De pronto un grito lastimero sale de alguna de las ventanas y lanza una saeta, es decir, una copla dedicada al Señor de las caídas y las espinas que atraviesa la calle. Antonio Machado lo cuenta de una manera inigualable: “¡Oh la saeta el cantar/ al Cristo de los gitanos/ siempre con sangre en las manos/ siempre por desenclavar!/ ¡Cantar del pueblo andaluz/ que todas las primaveras/ anda pidiendo escaleras/ para subir a la cruz!”

 Cuesta creer que Machado no se sintiera particularmente identificado con ese poema y esa peregrinación que tan admirablemente retrató. O quizás sí, pero era tan de él que por momentos lo desconocía. Porque, sino, cómo decir: “¡Cantar de la tierra mía/ que echa flores/ al Jesús de la agonía/ y es la fe de mis mayores!”. Y cómo responderse: “¡Oh, no eres tú mi cantar!/¡No puedo cantar, ni quiero/ a ese Jesús del madero/ sino al que anduvo en el mar!”

 Por alguna razón personal o familiar muy honda, Machado prefería al Cristo en el mar de Tiberíades que en el sendero del Gólgota. Tal vez sentía su dolor más que su gloria. Quizás pedía como ningún otro andaluz y en todas las primaveras, una escalera para subir a la cruz.

 El gentío calla mientras la voz quejumbrosa plañe desde la ventana abierta. Es la saeta, el Cristo de los gitanos, siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar