Opinión

La redención de un terrorista supremacista

Marcel Gascón

@EFE

Han pasado veinte años desde que, en la víspera de Navidad de 1996, Stefaans Coetzee y sus tres mentores hicieran estallar dos bombas en un supermercado de Worcester frecuentado por negros. Mataron a cuatro personas, entre ellos dos niños, y provocaron más de 60 heridos.

Coetzee, que entonces tenía 17 años y a quien el número de muertos le pareció una “decepción”, recordará el vigésimo aniversario de este atentado en libertad condicional y alejado de las ideas supremacistas que le indujeron a cometerlo.

“Sabíamos que mucha gente haría sus últimas compras. Queríamos crear el máximo dolor posible. Estábamos contra el Gobierno del Congreso Nacional Africano (CNA), que pensábamos que quería destruir a los boers. Sabíamos que acabaríamos todos muertos o en la cárcel. Era una cuestión de principios”, cuenta a Efe.

Su deriva fanática, según afirma, comenzó a fraguarse cuando, con 8 años, su madre le dio una moneda de 5 rands y le mandó a comprar dulces.

La huida de su madre sumió a su padre en el alcoholismo, y acabó con Stefaans en un orfanato.

El padre de su mejor amigo era Jan van der Westhuizen, una leyenda sudafricana del rugby que acogía en su casa reuniones de la secta Israel Vision y que con el tiempo se convirtió en una figura paterna para él.

Este grupo cristiano extrae de la Biblia conclusiones supremacistas, según las cuales toda persona no blanca es un “animal de campo” destinada al trabajo, en palabras del propio Coetzee durante el juicio en el que fue condenado a 40 años de cárcel en 1997.

Coetzee, Van der Westhuizen, Koper Myburgh y Cliff Barnard, todos miembros de Israel Vision, fueron apresados por la Policía poco después del atentado.

El joven Stefaans fue separado entonces del resto, e inició un convulso peregrinaje por once centros penitenciarios del país. Rechazaba convivir con los negros, y su actitud conflictiva obligaba a las autoridades a trasladarle constantemente.

Cuando en 2001 se reencontró con sus compañeros de crimen en la prisión de Pretoria, Coetzee sufrió un desengaño.

“Cuando llegué vi que se mezclaban sin problemas con los presos negros, les compraban carne… Estaban traicionando a la causa, y eso creó una pequeña barrera entre nosotros”, recuerda.

La ruptura con sus camaradas, el abandono de sus convicciones y su camino al arrepentimiento tuvo un guía improbable: su compañero de prisión Eugen de Kock.

De Kock cumplía entonces dos cadenas perpetuas por los centenares de asesinatos y torturas a disidentes del régimen segregacionista en los que confesó haber participado u ordenado como jefe del escuadrón de la muerte del apartheid.

“De Kock era como el pájaro que irritaba constantemente a Pinocho. ¿Crees que tus ancestros boers habrían estado orgullosos de ti sabiendo que mataste a mujeres y niños?, me decía”.

Durante el proceso, Stefaans se reunió con sus víctimas, e incluso visitó con ellas el lugar de la masacre, en la localidad de Worcester.

“Les pedí permiso para volver allí. Era como entrar en un lugar sagrado para ellos”, rememora Coetzee, que evoca con emoción el momento en que le hicieron sentir “bienvenido” al romper a aplaudirle y abrazarle.

“Uno solo piensa en el daño físico. De repente entendí el trauma de la enfermera que tuvo que tratar a los heridos, a la persona que estaba en el supermercado y debe volver al día siguiente para seguir trabajando allí”, relata.

“No hay ninguna causa suficientemente sagrada para justificar la muerte de cualquier otra persona”, piensa ahora Coetzee.

En la cárcel se ganó el respeto de los presos negros, entre quienes hizo amigos, y aprendió la lengua soto, uno de los idiomas de Sudáfrica.

Todo ello le valió el desprecio y la enemistad de Van der Westhuizen, Myburg y Barnard, quien siguió negándose a vivir con los negros y dijo en su momento preferir “la cárcel a la nueva Sudáfrica”.

Desde su salida de prisión, Coetzee, que ahora tiene 38 años y ha cambiado su fe apocalíptica por una versión mucho más compasiva del cristianismo, vive en la localidad de Klerksdorp, en la provincia del Noroeste.

Allí trabaja para una ONG y lleva una vida modesta y sosegada, leyendo mucho como se acostumbró a hacerlo en la cárcel y dando clases a niños de dibujo, una arte que domina tras años de práctica en su celda.

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