Opinión

La prostituta y el político se parecen en una cosa: ambos venden.

Autor Desconocido.
COLABORACIÓN  DEL ARQ. XAVIER ORELLANA A.

 

 

Pero ahí se termina la igualdad. La prostituta vende su propio cuerpo. El político vende la vida de otros. La prostituta no obliga a nadie a entrar. Su trato es directo: querés, pagás; no querés, te vas. El político, en cambio, te gobierna aunque no lo elijas. Decide sobre tu trabajo, tu dinero, tu salud y tu futuro sin pedirte permiso real. La prostituta no promete amor. El político sí promete esperanza. Y mentir sobre el amor es menos cruel que mentir sobre el porvenir de un pueblo. La prostituta suele ser consecuencia de la miseria. El político suele ser su causa. Ella existe porque el sistema falla. Él existe para administrar ese fallo y sacarle provecho. La prostituta arriesga su cuerpo cada día. El político jamás arriesga el suyo: manda a otros. Ella se ensucia las manos. Él se las limpia con discursos. La prostituta sabe exactamente qué es su mundo. No lo disfraza. No lo bendice. No lo convierte en épica. El político, en cambio, llama servicio a su negocio y vocación a su ambición. Si la prostituta engaña a un cliente, es estafa. Si el político engaña a millones, es estrategia. A la prostituta la persigue la ley. Al político la protege. Ella trabaja para sobrevivir. Él trabaja para perpetuarse. Y quizá lo más importante: la prostituta no necesita que creas en ella. El político vive de que creas. Ella no te pide fe. Él la exige. La prostituta ofrece un intercambio honesto: cuerpo por dinero. El político ofrece un intercambio tramposo: promesas por poder. Por eso, si hay que elegir quién es más digno dentro de esta comparación incómoda, la respuesta es clara: la prostituta vende lo único que es suyo. El político vende lo que nunca le perteneció. Y eso lo vuelve peor.