Opinión

La pelusa

María Cristina Menéndez Neale

cristimenendez85@gmail.com

@CristiMenendezN

 La pelusa blanca vuela sin prisa. Una mano pequeña junto a unos ojitos verdes la siguen. Desciende con tranquilidad, al igual que la mano que la alcanza y la esconde entre los dedos formando un puño.

La pelusa es lanzada otra vez. Los ojitos verdes la miran bailar en el aire, y se agrandan, acompañados por las cejas que se alzan y por la boca que se abre; la pelusa vuela hacia los asientos, y apunta el pelo de una señora. Unos ojitos cafés, sentados junto a su madre, tratan de agarrarla; no lo logran y la pierden de vista. No se dan cuenta que cayó al otro lado de la cabeza. Sólo puede ser vista por los ojitos verdes.

Los ojitos verdes se enfurecen y le reclaman a los cafés que la devuelvan, pero ellos ven nada en la cabeza de su madre, y empiezan a reír y jugar a las cosquillas con ella, ignorando a los ojitos verdes, que se transforman en color rojo, intimidando a los ojitos cafés; no tienen escapatoria.

Los ojitos cafés miran de nuevo la cabeza de su madre, pero no, no hay nada. Se llenan de lágrimas, que no salen y se secan porque las manos grandes retoman las cosquillas. Los movimientos de la señora provocan la lenta caída de la pelusa sobre una de sus piernas. Los ojitos cafés se emocionan al verla. La recogen y se levantan de la silla, acercándose a los ojitos rojos que van recuperando su color original. La pelusa blanca es entregada, y vuelve a ser lanzada en el aire. Los ojitos admiran lo bella que es.

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