Opinión

La odisea ecuatoriana: el regreso a la isla de paz

Carlos Estarellas Escobar

– Desde mi Trinchera

 

 

Resulta sobrecogedor, acaso un ejercicio de masoquismo cívico, contemplar los mapas de la memoria y constatar cómo una nación puede desbaratarse por la demagogia. Hubo un tiempo, remoto ya, cubierto por la bruma de la nostalgia, en que el Ecuador era una isla de paz.

Hoy, ese edén es solo el fantasma de Ítaca. El país asiste, estupefacto, a su propia e interminable Odisea, un viaje de naufragios morales donde se han perdido los ideales y la seguridad de todos.

A finales del siglo XX es donde Ecuador, nuestro protagonista, emprendió su viaje lejos de la isla de paz; aquella parábola comenzó a gestarse bajo el signo de la inestabilidad. Fuimos testigos de la quiebra bancaria, un episodio que marcó un antes y un después de nuestra historia, lo que conllevó a un éxodo masivo de miles de compatriotas. Todo esto fue la antesala perfecta en donde se germinarían los tiempos más oscuros para el Ecuador.

Por otro lado, muchos de los problemas que hoy enfrenta el país no surgieron de la nada; son consecuencia de años de malos gobiernos, errores acumulados y decisiones equivocadas.

El proyecto político que gobernó el país durante una década operó como un perfecto e hipnótico caballo de Troya, bajo el ropaje del mesianismo, abriendo las puertas al flagelo trasnacional del narcotráfico y a la delincuencia organizada.

Posteriormente, llegaron con la furia ciega de Polifemo los sicariatos y extorsiones que paralizaron al país. A consecuencia de lo mencionado en líneas anteriores, brotó el perverso canto de sirenas de la oposición pretendiendo atacar a todo gobierno diferente.

Sin embargo, Ecuador, maltrecho pero resiliente, sobrevivió, demostrando que el espíritu de la libertad se niega a perecer.

Además, nos encontramos navegando en un éxodo trágico que nos aleja cada vez más de nuestra Ítaca de paz.

Sin embargo, en el corazón mismo de la mitología clásica habita una verdad imperecedera: el destino del héroe no es el naufragio eterno, sino el retorno. El Ecuador es, en esta dolorosa historia, el mismísimo Odiseo. Un Odiseo golpeado, herido y extraviado, pero cuyo espíritu se niega a perecer. El retorno a casa no es una quimera inalcanzable, sino un mandato histórico. Ítaca aguarda. Es el momento de expulsar a los pretendientes que saquean los fondos públicos, de sanar las heridas de la discordia y de reconstruir, con la fuerza inquebrantable de la libertad y los valores democráticos, aquella modesta, segura y digna «isla de paz» que alguna vez fuimos. Como jóvenes soñamos con que el Ecuador vuelva a ser una isla de paz y, como Ulises rumbo a Ítaca, por difíciles que sean los tiempos y largo el camino, jamás perdemos la esperanza de alcanzar un país mejor.