Opinión

La nueva canción de Rosalía revela la caducidad de Eurovisión

Jorge Carrión es escritor y crítico cultural.

Rosalía no hubiera tenido ninguna opción de ganar con su nueva canción, “Saoko”, el Benidorm Fest que se celebró con gran polémica el pasado fin de semana. El certamen de Radiotelevisión Española, donde se escoge al representante del país en el festival de Eurovisión, se decidió —en contra del voto popular, que se inclinaba por los feminismos musicales de Tanxugueiras y Rigoberta Bandini— por “SloMo”, de Chanel Terrero, una canción en las antípodas del proyecto musical de Rosalía. El jurado profesional premió un tema cuya composición, interpretación y puesta en escena responden a los ingredientes de las fórmulas comerciales al uso. “Saoko”, en cambio, como ha hecho Rosalía en toda su trayectoria, inventa su propia fórmula. O la revienta.

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Tanto la canción como su videoclip se han hecho públicos hoy. En ambos se constata la evolución lógica de la estética y el espíritu de su disco El mal querer. De nuevo aparece en las imágenes el imaginario periférico y motorizado de una sororidad que asume el poder tanto de sus propios cuerpos como de la expresión artística, mientras la voz habla de autoconciencia y de transformación. Se trata del segundo adelanto del tercer disco de la artista catalana, Motomami, cuya portada también ha sido revelada esta semana y que será lanzado el próximo 18 de marzo.

En la imagen aparece desnuda, con casco, el pubis enmascarado por una caligrafía en bolígrafo Bic azul que remite a las carpetas escolares de la adolescencia, al origen de la ambición que la han conducido tanto a la viralidad como a la excelencia. Si en el tema que ya conocíamos, “La fama”, se pregunta a ritmo de bachata y en conversación con The Weeknd sobre cómo lidiar con la condición de estrella, en “Saoko” encontramos la respuesta: va a hacerlo manteniéndose fiel a su identidad experimental.

El lenguaje audiovisual y la letra de la canción hacen énfasis en la metamorfosis de la artista. El campo semántico incluye tanto a la mariposa como al maquillaje de las drag queens. Los ojos de la cantante pasan del castaño al azul durante los dos minutos y 33 segundos del videoclip. La transformación es, no obstante, sobre todo musical: del reguetón saturado al órgano o al piano de jazz, de la distorsión sonora al ruido hipnótico. Todo es remix, remezcla, en la forma y en el fondo, en los acordes y en los versos: “Tela y tijera, y ya / Cógela y córtala, y ya”.

“Saoko” empieza con una alusión directa a la operación que está llevando a cabo de Rosalía: “Cuando el caballo entra a Troya, tú te confías y ardió”. Si en El mal querer Rosalía hackeó, generando sus propias reglas creativas y promocionales (y con mucha suerte), el sistema de producción de discos y de asalto a la fama; en el tercero el reto era todavía mayor. Ya era famosa. Ya pertenecía a la industria. Ahora tenía que hackearla desde dentro. Demostrar que es posible incrementar tu audiencia global sin traicionar tu inconformismo artístico, tu personalísima búsqueda rítmica.

Eso es lo que está haciendo Rosalía en Motomami, un proyecto que sigue integrando la música, las puestas en escena, las retóricas visuales y las redes sociales en un organismo complejo, como ha hecho siempre. Pero que, al parecer, va a duplicar la apuesta por el dominio de los géneros latinoamericanos y de las posibilidades de la disonancia y de la apropiación. Ya no desde la periferia, sino en el Miami de Spotify y de los premios Grammy Latinos.

En tres años Rosalía se ha convertido en la estrella española más importante en la escena internacional, a la altura de Penélope Cruz (y con un cameo a su lado en Dolor y Gloria, película de Pedro Almodóvar). Como escribió Isabel Navarro en uno de los textos que reuní en el libro La Rosalía. Ensayos sobre el buen querer, la artista catalana se ha convertido en un modelo para las jóvenes, no solo de esfuerzo, superación o genio; también de denuncia de relaciones tóxicas, de ser deseante, de poder femenino.

Por eso sorprende que la televisión pública española haya decidido que el país debe ser representado por “SloMo” y por Chanel Terrero. Es decir, por una canción que reproduce todos los clichés del pop latino y el reguetón, y que ha sido diseñada, como su coreografía, según recetas ya probadas de éxitos pegadizos; y por una artista sin duda eficaz y talentosa, pero que ha entrado en el mundo de la música interpretando unos versos y unos ritmos ajenos. Nada tienen que ver con ella, aunque los defienda como una verdadera profesional. Ni con nosotros o nosotras.

La marca Eurovisión debería recuperar el significado literal de su nombre. La visión de Europa no puede ser la de una cultura de laboratorio automatizado que reproduce las fórmulas consabidas, patentadas por la industria estadounidense, sino la de una cultura de laboratorio vanguardista que investiga, se arriesga, descubre, cambia la sensibilidad de diversos tipos de público.

Saoco es una palabra de origen africano que en América Latina significa movimiento sabroso. El puente de la carrera de motos del videoclip se encuentra en Kiev, la capital de Ucrania. El nomadismo estético de Rosalía, que crea hipervínculos entre Federico García Lorca o Camarón de la Isla, la fantasía del anime japonés y la inteligencia creativa de Rita Indiana o Arca, mientras concibe un disco narrativo y conceptual que encaje con coherencia en una trayectoria imaginada en el largo plazo, es sin duda un ejemplo del tipo de modelos de investigación y desarrollo creativo cultural que hay que defender y difundir. La inspiración para futuros caballos de Troya que sean también capaces de arder en el corazón del mainstream, del horizonte de las aspiraciones de los más jóvenes y de nuestras conciencias.

 

The Washington Post