Opinión

La neo­len­gua.

Dr. Jorge G. Alvear Macías/Guayaquil.

 

 

 

Las refle­xio­nes de esta columna y de las dos pró­xi­mas se deben a un video que resu­mía cinco ideas cen­tra­les de la novela 1984, de George Orwell. Una me creó más inquie­tud por su pas­mosa actua­li­dad: el temor de Orwell a la neo­len­gua como meca­nismo de dis­tor­sión de la ver­dad y de gra­dual anu­la­ción de la crí­tica del ser humano.

Orwell vis­lum­bró algo pro­fundo: el pen­sa­miento libre nece­sita pala­bras cla­ras. Cuando en el len­guaje se sus­ti­tu­yen con­cep­tos pre­ci­sos por eufe­mis­mos o por expre­sio­nes ambi­guas, es muy difí­cil sepa­rar rea­li­dad de mani­pu­la­ción.

En la Ocea­nía tota­li­ta­ria ima­gi­nada en la novela de Orwell, la neo­len­gua no era solo un idioma arti­fi­cial. Era una herra­mienta de inge­nie­ría men­tal para redu­cir poco a poco la capa­ci­dad del pen­sa­miento crí­tico. El obje­tivo no era sola­mente prohi­bir cier­tas ideas, sino vol­ver­las difí­ci­les de expo­ner. Orwell adver­tía que el poder no es más efi­caz cuando cen­sura fron­tal­mente, sino cuando modi­fica el len­guaje hasta con­di­cio­nar los lími­tes de lo pen­sa­ble. Y allí quizá está la gran actua­li­dad de su admo­ni­ción. ¿Por qué? La neo­len­gua ya no surge solo del poder polí­tico. Repe­ti­da­mente sale desde movi­mien­tos cul­tu­ra­les, corrien­tes ideo­ló­gi­cas o cons­truc­cio­nes aca­dé­mi­cas y hasta juris­pru­den­cia­les, obs­ti­na­das en reha­cer cate­go­rías tra­di­cio­na­les de la rea­li­dad humana, jurí­dica o bio­ló­gica.

El fenó­meno no opera solo con prohi­bi­cio­nes direc­tas. Actúa, sobre todo, con reem­pla­zos lin­güís­ti­cos pau­la­ti­nos. Las pala­bras tra­di­cio­na­les son des­pla­za­das; los con­cep­tos his­tó­ri­cos, rede­fi­ni­dos; y cier­tos voca­blos dejan de uti­li­zarse por el riesgo de estig­ma­ti­za­ción moral o exclu­sión pública. No parece limi­tarse a plan­tear nue­vas cate­go­rías cul­tu­ra­les. Sería disua­so­ria de la crí­tica o la disi­den­cia. Quien cues­tione cier­tos pos­tu­la­dos “avan­za­dos” no sería mera­mente reba­tido, sino a menudo eti­que­tado como retró­grado, into­le­rante, dis­cri­mi­na­dor o ene­migo del pro­greso. Tiene un doble efecto: rede­fine el len­guaje y las cate­go­rías del debate, y a la vez ame­drenta a quien busca pre­ser­var con­cep­tos tra­di­cio­na­les for­ma­dos en rea­li­da­des obje­ti­vas. No siem­pre es cen­sura for­mal; tam­bién genera auto­cen­sura indu­cida.

Desde luego, las socie­da­des deben evo­lu­cio­nar y el len­guaje cam­bia. El pro­blema del cam­bio apa­rece cuando el len­guaje deja de des­cri­bir la rea­li­dad y comienza a sus­ti­tuirla; cuando no sirve para acla­rar algo, sino para impe­dir que cier­tas obje­cio­nes pue­dan for­mu­larse, sin la con­dena moral del con­tra­dic­tor. Ese es el núcleo del pro­blema. La dis­cu­sión actual ya no gira solo sobre polí­ti­cas públi­cas o dere­chos espe­cí­fi­cos. Gira sobre el sig­ni­fi­cado de pala­bras y con­cep­tos esen­cia­les: vida, dig­ni­dad, sexo, igual­dad, dis­cri­mi­na­ción, iden­ti­dad o liber­tad. Así, quien logra rede­fi­nir esas pala­bras gana gran parte de la bata­lla cul­tu­ral, incluso antes del debate jurí­dico.

Es prio­ri­ta­rio y per­ma­nente que, antes de resol­ver gran­des con­flic­tos polí­ti­cos o mora­les de nues­tro tiempo, la socie­dad con­serve la capa­ci­dad de lla­mar a las cosas por su nom­bre. Sin hones­ti­dad en el len­guaje no hay deli­be­ra­ción libre; y sin deli­be­ra­ción libre, los prin­ci­pios fun­da­men­ta­les ter­mi­nan que­dando a mer­ced de la ideo­lo­gía domi­nante.