Opinión

La música del olvido

Juan Javier Campoverde

jj_campoverde@hotmail.com

@JuanCalambre

Hace unos días conocí un músico joven, profesional. Me contó una historia: estaba en la Plaza San Francisco, centro de Guayaquil; abrió el estuche de su saxofón, empezó a armarlo, y antes de tocar la primera nota, tres policías metropolitanos le informaban que estaba prohibido tocar allí.

Cualquier músico en Guayaquil puede confirmar esta postura de la autoridad frente a manifestaciones artísticas en la calle. Los artistas lo saben. Quienes no son artistas, ni siquiera lo sospechan; flota en el ambiente la impresión de que la ciudad abre los brazos al arte urbano. A muchos les vendieron esta idea con azulejos debajo de pasos a desnivel.

El guayaquileño se identifica a sí mismo como poseedor de un espíritu alegre, cierra los ojos y siente raíces tropicales. Pero la realidad muestra otra cosa: la gente camina como robot, con apuro, sin fijarse en nada, con trajes demasiado calurosos para este clima. Luego, una nefasta consecuencia: arte esnob.

Cuando pensamos en otras culturas por ejemplo, el caribe impresiona por la calidez de su gente, su alegría y desenvoltura, sus calles llenas de vida, etc. Esa actitud fascina tanto, que cualquiera podría pensar, si se deja llevar por la imaginación, que un lugar como Malecón 2000 estaría lleno de músicos tocando gratis en vivo cada cien metros, si estuviese en el caribe. La realidad es que el malecón podría ser así y no depende de cuál mar o cuál río está en frente. En este caso, el alcalde no lo permite.
No es necesario ir muy lejos para percibir este irracional rechazo a la música callejera en Guayaquil. Basta ir a la capital, donde casualmente existe una Plaza San Francisco también. Pero todos sabemos que la de Quito jamás tendría un guardián para retirar un músico del lugar. Mismo país, mismas leyes; pero en una plaza sí, y en otra no.

No digo que se permita todo sin control, o que el arte debajo de los pasos a desnivel no me guste, me gusta. Pero es un hecho que, en Guayaquil, lugares como plazas, malecones, parques, están vetados para la música callejera; particularmente las zonas regeneradas. En ellas, los guardias de seguridad tienen la orden expresa de no permitir ninguna manifestación artística, como si representara un riesgo para la seguridad; como le pasó al músico que conocí. Una ciudad donde se deba pedir permiso para tocar un instrumento musical en una plaza, difícilmente atraerá turismo.

Pero como toda regla tiene su excepción, siendo yo mismo músico amateur, hace poco tuve la oportunidad de vivirla en carne propia. Fui con unos amigos a tocar en uno de los parques regenerados. Inmediatamente llegó la seguridad. Afortunadamente, gracias al buen uso del lenguaje, uno de los integrantes logró convencer a los guardias, que al final nos permitieron tocar. Quizá accedieron por aburrimiento, pues se quedaron ahí disfrutando de la música más tiempo que ningún otro transeúnte. Eso sí, nos dejaron muy claro algo: lo que estábamos haciendo, y que ellos tanto veían, era prohibido.

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