Opinión

La muerte de Ana Estrada

Jorge Alania Vera

Jorge.alania@gmail.com

Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador

 

Hace cuatro años y dos meses escribí: No hay amargura en su voz, tampoco resignación, pero sí una convicción latente por la vida. Conmueve escucharla porque nos da una lección de integridad y fortaleza. Lo suyo, no es un alegato por la muerte, sino una respuesta sensata, consciente, informada y libre al desenlace de una épica batalla entre una mente totalmente lúcida y un cuerpo irreversiblemente aniquilado por la poliomisitis. Hablaba de Ana Estrada, la primera mujer que en el Perú ha accedido el pasado domingo 21 legalmente a la eutanasia.

La Defensoría del Pueblo, dirigida en ese entonces por el Dr. Walter Gutierrez, presentó ante el Poder Judicial una demanda de amparo solicitando la inaplicación del artículo 112 del Código Penal, que le negaba a Ana el derecho a una muerte digna en las fatales circunstancias que padecía, porque el acto de poner fin a su vida estaba sancionado como delito de homicidio piadoso. Con esa aceptación, Ana podía acceder a un procedimiento médico de eutanasia cuando lo solicitara, sin que nadie sea perseguido penalmente por ello, y bajo una regulación con salvaguardas que garanticen a toda persona con plenas facultades para decidir, el acceso a este derecho de manera libre e informada, exenta de presiones o situaciones de vulnerabilidad que nublen su juicio de valor. La joven abogada Josefina Miró Quesada Galloso se hizo cargo de la demanda y con una devoción ejemplar acompañó legalmente a Ana Estrada en estos cuatro años.

“Cada día en el hospital, cada minuto de dolor, cada ataque de pánico, cada alucinación visual y auditiva, cada segundo de terror, cada aguja al despertar o de madrugada, cada enfermera, cada lágrima mía y de mi familia, cada invasión a mi cuerpo; en fin, cada momento en ese lugar, deberá tener su propio texto” escribió Ana en su blog con los tres únicos dedos que podía ligeramente mover.

Esos textos han sido su elegía, su responso por ella misma, su Kadish, su Magrhrib.  Edificantes, trémulos, exactos, reflejan una larga batalla y una férrea voluntad. Para afrontar la muerte, aunque sea inevitable o precisamente por eso, hay que tener valor. Freud ha escrito: “Nuestra propia muerte es sin duda inimaginable, y siempre que hagamos intento de imaginarla podremos percibir que realmente sobrevivimos como espectadores… en el inconsciente, cada uno de nosotros está convencido de su propia inmortalidad.” Y Tomas Moro en relación a casos históricos como el de Ana Estrada sentenció: “Ellos no hacen más que sobrevivir a su propia muerte.”

La justicia peruana le ha permitido a Ana Estrada ejercer su derecho a la muerte digna. Diremos, entonces, que ha muerto en su ley.