Ciencia

La maternidad del Siglo XXI

La periodista Ivana Carrero reflexiona sobre los vientres de alquiler

ESPAÑA. Se compra producto de alta gama, se vende cumpliendo exigentes normas de calidad y, para su total tranquilidad, como no podía ser de otra forma cuando existe una transacción económica, si no le satisface, puede devolverlo. La imaginación es libre, bien podría tratarse de un sugerente coche de lujo.

Desgraciadamente no es así, el debate está en la palestra, hablamos de vientres de alquiler o maternidad subrogada. Eufemismos que ocultan un contrato de compra venta de un ser humano, que no constituye ningún progreso ni avance social, como muchos nos quieren hacer ver manipulando la información.

Se trata de una forma de explotación de la mujer y tráfico de personas que convierte a los niños en productos comerciales; y una nueva forma de cosificación de seres humanos, de prostitución del cuerpo de la mujer y desviación de su naturaleza materna hacia la producción, manipulada, de personas a través de nuevos procedimientos técnicos, contrarios a su dignidad.

Los vientres de alquiler están en el escenario político de España y tiene visos de convertirse en la Maternidad del Siglo XXI, una necesidad creada en esta sociedad de consumo donde todo tiene un precio, aunque ser padres no sea un derecho, sino un Don natural que deberíamos respetar.

Utilizar a una mujer para gestar el hijo de otro implica serios problemas legales y morales. Sobre todo cuando pueden ser hasta seis adultos los que pueden reclamar la maternidad: la madre biológica (donante de óvulos), la madre gestante (vientre de alquiler), la mujer que ha encargado el bebé, el padre biológico (donante de esperma), el marido o pareja de la gestante (que tiene la presunción de paternidad) y el hombre que encarga el bebé.

Y por si fuera poco este revoltillo, no podemos olvidar todos los imprevistos que se pueden ocasionar: la posibilidad de que la gestante se niegue a entregar al hijo, que el niño sea diagnosticado con alguna malformación y sea rechazado por quiénes lo encargaron y pidan a la madre gestante que aborte, que la pareja contratista se separe y ya no entre en sus planes hacerse cargo de un bebé, o que uno o varios cónyuges fallezcan durante el periodo de embarazo y entonces, ¿quién se queda con el hijo?

Los políticos que promueven en nuestro país la regulación de esta mercadería deberían exponer soluciones para que la vida y la dignidad humana estén por encima de los intereses particulares, claro que si se paran a reflexionar, el vientre de alquiler no casa con la dignidad de la mujer ni del niño que se gesta.

Con algo más de cabeza se muestra el Parlamento Europeo, contrario a los vientres de alquiler, por considerarlo una forma de explotación de las funciones reproductivas de la mujer y la utilización de su cuerpo con fines lucrativos advirtiendo del riesgo que supone su actividad en países en desarrollo, donde hay un mayor índice de vulnerabilidad, susceptible de esclavitud, dando lugar al ‘turismo reproductivo’.

Este modo de tener hijos está prohibido en casi todos los países de Europa por considerarlo inaceptable. Pero es una actividad comercial en auge en países en desarrollo, donde las agencias se lucran a costa del sufrimiento de padres con problemas de fertilidad, de homosexuales y de mujeres inmersas en la miseria, desarrollándose todo un negocio de selección y proceso de calidad de madres y de posibles futuros bebés.

Es importante reflexionar sobre los valores que queremos para nuestra sociedad, discernir entre lo que es lícito y lo que no lo es. Estamos obligados a reaccionar ante la grave realidad de los vientres de alquiler, negarnos contundentemente al comercio de personas. Ahora más que nunca la dignidad de la vida, de la mujer y de la maternidad deben ser protegidas. (ABC/LA NACIÓN)