Opinión

La manipulación y la violencia no pueden ser parte del próximo plebiscito en Chile

Chile se ha sometido a una cantidad inusual de votaciones en los últimos tres años. Entre plebiscitos, elecciones municipales, de convencionales y la presidencial que se celebró en diciembre pasado, la ciudadanía ha acudido a las urnas confirmando en cada oportunidad su sentido cívico, siendo parte de un proceso impecable, aun cuando la participación no fue en todos los casos la esperada.

Si bien todas las elecciones tienen una desagradable y casi inevitable cuota de guerra sucia que muchas veces se escapa del control de los comandos y partidos políticos, lo preocupante es que, en las dos últimas elecciones, se ha visto un incremento de mensajes de odio y amenazas que parecen ir más allá del simple descontrol individual.

En el mismo programa hizo alusiones a los campos de prisioneros durante la dictadura asegurando que “no van a ser 3,000 como con el general (Augusto) Pinochet. Van a ser hartos más. No va a haber exilio dorado. Se van a ir a Isla Dawson y con poca ropa. A trabajar. Ténganlo claro amigos de izquierda. Es una traición a la patria y no se las vamos a perdonar”. Luego fue más allá y amenazó directamente a dos exconvencionales encargados de redactar la propuesta de nueva Constitución. “Chile no se merece lo que le pretenden hacer, que es sumirlo a la pobreza, en el hambre y en la esclavitud. De eso el señor Bassa, el señor Atria, todos estos indios que están ahí, los vamos a fusilar”, dijo el invitado que ya cuenta con un antiguo prontuario por amenazas, agresiones y robo.

Ya en el primer plebiscito de entrada, celebrado en octubre de 2020, se veían en las marchas algunos grupos del Rechazo con alusiones nazis, a la dictadura pinochetista y al expresidente de Estados Unidos, Donald Trump. Hubo otros youtubers que se encargaron de repetir mensajes igual de violentos en contra de quienes no pensaban como ellos y luego llegaron a ser diputados bajo el ala del partido Republicano, fundado por el excandidato presidencial José Antonio Kast.

Lo ocurrido en Estados Unidos con los supremacistas blancos que respaldan a Trump y que sobrepasó a los propios miembros del Partido Republicano; o la experiencia española con el partido ultraderechista Vox y sus nexos con grupos que reivindican la dictadura franquista, debiese servir como ejemplo para frenar a tiempo una escalada de agresiones que, en el caso como el estadounidense, traspasó incluso la seguridad de uno de los lugares más blindados del planeta como lo es el Capitolio. Episodios que nadie vio venir y que cuando se les señaló los minimizaron asegurando que se trataba de caricaturas que no eran representativas.

Quienes lideran la opción del Rechazo deben ser claros a la hora de condenar y tomar distancia de estos grupos de la misma forma —y con justa razón— en que ellos se lo exigirían al comando del Apruebo. No basta con la equidistancia con la que apenas se han pronunciado o, como en el caso de Chile Vamos, con esconder al excandidato presidencial José Antonio Kast, con quien no tuvieron ningún problema en crear alianza durante las últimas elecciones pese a sus posturas extremas y negacionistas.

La violencia puede desatar una crisis en la que hasta la “democracia más estable del mundo” como la de Estados Unidos ha mostrado una inesperada fragilidad desde que grupos extremistas sintieron que tenían reflectores y micrófonos para enviar mensajes de odio sin ningún tipo de filtros.

Ahora cuando comienza la presión del reloj antes del 4 de septiembre, es cuando será más evidente si realmente ocurre una conversación y debate entre ambas opciones, igual de legítimas, o se cae en excesos en los que ninguna de las partes asuma responsabilidades pero en la que todas padecerán las consecuencias. Antes de que sea demasiado tarde, urge reconocer ese tipo de síntomas en un país que tiene deudas tan profundas con la memoria. Al menor descuido, aquellos que eran declarados como amenazas marginales pueden sacar ventaja del populismo y terminar legitimando discursos criminales y antidemocráticos. O saltando de un canal de Youtube a ocupar un asiento en el Congreso Nacional.

The Washington Post