Opinión

La lava y el volcán

Jorge Alania Vera

Jorge.alania@gmail.com

Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador.

Sin duda el apego de los hombres a su tierra, es un vínculo que comparte con los animales que luchan hasta la muerte por defender sus territorios o prefieren morir en ellos si se los pretende destruir. Un ejemplo de esta identidad con el suelo y el cielo que lo cubre, es la respuesta que los animales del entorno del volcán La Palma en España han dado a su catastrófica erupción que ha arrasado recientemente con pueblos enteros.

“Llevamos casi dos meses de erupción y aún siguen allí. Cuando ves el panorama, con pinos que solo conservan la madera de tea, porque el resto ha quedado arrasado por la lava, incluso la corteza… parece un cementerio de pinos, pero los animales siguen allí: cernícalos, cuervos, palomas…” señala un reporte de especialistas de la zona. “¿Qué tiene que pasar para que desaparezcan? Solo se me ocurre una bomba nuclear”, especula el biólogo del Instituto de Productos Naturales y Agrobiología (IPNA) Manuel Nogales.

Es increíble pero por más que todo pase, se eleve la temperatura, tiemble la tierra, se contamine en extremo la atmósfera y la vegetación desaparezca, los animales sigan allí caminando o volando sobre las cenizas porque sin su territorio no son nada, allí lo tienen todo: sus fuentes de alimentación, sus refugios, su última covacha….

Uno no es de un lugar hasta que no tiene un muerto bajo tierra, le dice José Arcadio Buendía a Úrsula Iguarán en esa epopeya que se llama Cien Años de Soledad. Y Antonio Cisneros escribe en su bellísimo poema El Cementerio de Vilcashuamán: Flores de palo entre la tierra de los hombres y el espacio que habitan los abuelos. Todas las tradiciones hunden sus raíces en la tierra. Y a ella se refieren las gestas y las nostalgias.

Es conmovedora la nostalgia de las personas por su tierra, llámese esta como se llame y esté donde esté. Siempre recuerdo a mi madre hablándome de la fiesta de los Huacones de Mito, y a mi padre, de los duendes mineros que caminaban por las calles de Morococha. Uno puede, por las vicisitudes de la vida moderna, dejar su tierra, pero como la patria es la infancia de la gente- tal como decía el poeta Rilke- esa patria pequeña y entrañable siempre viaja con uno y está con uno clavada en el corazón.

Todos los días hay un volcán que arroja su lava hacia los parajes a veces ubérrimos, a veces eriazos de nuestra precaria existencia. Como los animales de La Palma nos resistimos a correr o a refugiarnos si ello implica dejar la tierra que nos nutre. Desde lo alto de los montes o lo esquinado de las quebradas, miramos venir y pasar la lava incandescente y clamamos a nuestros dioses para que nos protejan. Si nos escuchan bien, pero si no también. Cernícalos sin cielo o palomas sin ramas, sentimos el calor del fuego que nos cerca y nos abrazamos a la tierra- y los que no la tenemos al río seco del puente y la alameda- para pedirle, acaso por la última vez, que esa lava nos lave y que ese fuego nos ilumine para siempre.