Opinión

LA IMAGINACIÓN TIENE MÁS PODER QUE LA REALIDAD

María Elena Gómez de Reshuan/Guayaquil

 

 

Hay una frase que puede parecer contradictoria, pero que encierra una verdad profunda:

La imaginación tiene más poder que la realidad.

Los seres humanos somos extraordinariamente creativos e imaginativos. Nuestro día transcurre generando pensamientos, muchos de los cuales jamás llegarán a convertirse en realidad.

Imaginamos conversaciones que nunca tendremos, problemas que nunca ocurrirán, enfermedades que jamás padeceremos, accidentes que nunca sucederán. Y muchas veces pasamos horas rumiando enojo, celos, sentimientos de culpa, desconfianza o desgracias que solamente existen en nuestra mente.

Y mientras todo eso ocurre, nuestro cuerpo recibe el impacto de aquello que estamos pensando.

Generamos tensión, agotamiento y estrés; consumimos una energía vital que podríamos estar utilizando para amar, crear, disfrutar, construir proyectos y generar pensamientos positivos hacia el mundo que nos rodea.

Porque nuestra mente puede convertirse en nuestro mejor aliado… o en nuestro propio saboteador.

Es así como muchas veces nacen los celos: de una mirada, una expresión, un silencio o una interpretación que nuestra mente construye.

Y de esa interpretación nacen reacciones: malestar, indiferencia, sarcasmo, distanciamiento, mensajes indirectos y esas pequeñas agresiones disfrazadas que hoy vemos con tanta frecuencia, incluso en las redes sociales.

Todo esto genera una energía negativa que termina afectando nuestras relaciones.

Porque las personas perciben lo que no se dice.

Las malas energías y las malas vibras se sienten a kilómetros de distancia.

Y aquí nace una pregunta muy interesante:

¿Por qué ocurre esto?

La respuesta puede parecer absurda, pero no lo es.

Venimos al mundo a través de la concepción y del nacimiento, y con nosotros llega un hermoso bebé, puro, maravilloso, con un ADN que trae características físicas, formas de caminar, rasgos familiares, capacidades y una inteligencia propia. Pero también llega con algo extraordinario:

un cerebro dispuesto a aprender.

Un cerebro que observa, imita y repite.

Y aquí comienza una parte muy importante de nuestra historia.

Nuestros padres, movidos por el amor y por el deseo de protegernos, muchas veces cometemos un error sin darnos cuenta: sembramos miedo.

“Cuidado que te caes.”

“No vayas porque es peligroso.”

“No confíes en nadie.”

“Eso no lo puedes hacer.”

“Las cosas son muy difíciles.”

“Ten cuidado porque algo malo puede sucederte.”

Son frases que nacen del amor y de la protección, pero que, repetidas una y otra vez, pueden convertirse en programas mentales.

Así vamos creciendo y aprendiendo a mirar el mundo desde la desconfianza, el temor y la percepción de que algo malo siempre puede ocurrir.

Y aquello que aprendimos en la infancia puede acompañarnos durante muchos años.

Por eso no debería sorprendernos que un país tan rico en recursos, en talento, en belleza y en posibilidades como el Ecuador escuche constantemente discursos de pobreza, carencia y fracaso.

Porque cuando una sociedad aprende a pensar desde la carencia, termina viendo carencia en todas partes.

Aquello en lo que concentramos nuestra mente termina ocupando un espacio enorme en nuestra realidad.

Lo mismo sucede en nuestras relaciones.

Los pensamientos de desamor pueden resquebrajar una relación.

Los pensamientos de desconfianza pueden destruir una confianza.

Los celos pueden convertir una simple mirada en una historia completa inventada por nuestra mente.

Y entonces surge otra pregunta:

¿Por qué dejamos que esto suceda?

Muchas veces porque hemos asumido ideas que jamás nos hemos detenido a cuestionar.

Por ejemplo, esa creencia tan repetida de que después de ciertos años de matrimonio el amor inevitablemente se acaba.

¿Y si no fuera así? ¿Y si lo que cambia no es necesariamente el amor, sino la manera de vivirlo?

Una pareja atraviesa diferentes etapas. Llegan los hijos, las responsabilidades, las preocupaciones económicas, los cambios físicos, los años y las circunstancias de la vida.

Y en medio de todo eso, el amor necesita también una decisión consciente.

Una decisión de responsabilidad.

Una decisión de respeto.

Una decisión de seguir cuidando aquello que un día decidimos construir juntos.

No siempre se necesitan grandes demostraciones.

A veces se necesita escuchar.

Conversar.

Comprender.

Ceder.

Respetar.

Y, sobre todo, no convertir en realidad un conflicto que solamente nació en nuestra mente.

La madurez también consiste en aprender a distinguir entre lo que realmente está sucediendo y aquello que nosotros estamos imaginando.

Porque una mente sin dirección puede fabricar enemigos donde no existen, problemas donde solamente había una circunstancia y heridas donde nunca hubo intención de herir.

Por eso debemos aprender a vigilar nuestros pensamientos.

No podemos evitar que una idea aparezca en nuestra mente, pero sí podemos decidir cuánto tiempo permaneceremos alimentándola.

Podemos elegir entre rumiar el enojo o buscar comprensión.

Entre alimentar los celos o conversar.

Entre imaginar una desgracia o agradecer el presente.

Entre pensar en la carencia o reconocer las bendiciones que ya tenemos.

Entre destruir con pensamientos aquello que amamos… o utilizar nuestra imaginación para crear una realidad mejor.

La Biblia nos deja una enseñanza sencilla y poderosa:

“Amaos los unos a los otros.”

Y amar también significa respetar.

Respetar al otro, respetar su espacio, su historia, sus decisiones y, sobre todo, no condenarlo por aquello que nuestra mente imaginó.

Porque el amor y el respeto son dos cosas que una pareja nunca debería perder.

Y hay pensamientos que necesitan ser repetidos, meditados y convertidos en una decisión diaria:

Quiero amar.
Quiero respetar.
Quiero confiar.
Quiero comprender.
Quiero construir y no destruir.

Quizás ahí esté una de las grandes tareas de nuestra vida:

aprender a utilizar el maravilloso poder de nuestra imaginación para crear, y no para destruir.

Porque aquello que imaginamos constantemente puede no ser todavía nuestra realidad…

pero puede terminar convirtiéndose en ella.