Opinión

‘La hija oscura’ retrata el lado oculto de ser madre

Isabel Zapata es escritora y cofundadora de Ediciones Antílope. Su libro más reciente es ‘In vitro’ (Almadía, 2021).

Una de las primeras cosas que llama la atención de Leda Caruso, la protagonista de La hija oscura (The Lost Daughter), cuando cruza la puerta del departamento que ha alquilado en una isla griega para pasar unos días de vacaciones en solitario, es el frutero que sus caseros dejaron para ella. A media luz y desde cierto ángulo, las frutas lucen inmaculadas, perfectas. Pero poco después, cuando toma una para comérsela, Leda nota que por debajo todas están podridas.

Algo así sucede con la maternidad, que normalmente se presenta teñida de rosa, como una especie de caricatura de sí misma. Esta falsa imagen, que la cultura occidental refuerza constantemente, va en detrimento de las madres mismas, a las que la culpa lleva a callar el agotamiento que viven día a día y los enormes costos que la sociedad impone sobre ellas en términos de desarrollo profesional y vida personal. Por otro lado, las mujeres que revelan no desear convertirse en madres se enfrentan con gente que les asegura que se van a arrepentir, que se quedarán solas y, eventualmente, la vida les echará en cara su supuesto egoísmo. Más allá de las representaciones de las madres centradas en estos dos polos, los testimonios sobre las fantasías de cómo sería vivir sin la responsabilidad de otra vida a cuestas quedan en las sombras.

En entrevista con Shirley Li para The Atlantic, Maggie Gyllenhaal, directora de la película, afirma que las madres del cine suelen caer en una de dos categorías: las que parecen salidas de un cuento de hadas, perfectas y al servicio de las necesidades de medio mundo; y las madres monstruosas a las que algún trauma o afección psiquiátrica las lleva a maltratar a sus hijos. Emily Gould escribió algo parecido en Vanity Fair: las películas normalmente recurren a personajes de madres e hijos como símbolos de amor incondicional o vulnerabilidad, respectivamente, pero se olvidan de representar lo real. Pocas veces se muestra a las madres como personas erráticas, con claroscuros, e incluso en los relatos que exponen su agotamiento y frustración, el vínculo con los hijos o hijas supera cualquier obstáculo. El amor, dicta el mandato, debe ser inmediato, incondicional y a prueba de balas.

¿Quién gana y quién pierde con los estereotipos que dictan aquello a lo que una “buena madre” debe aspirar, aunque no haya forma humana de alcanzarlo? En el estreno de la película en el Festival de Venecia, Gyllenhaal dijo que le extrañaría mucho encontrar a una sola madre que, en cierto momento de su vida, no haya pensado: “¿Y qué tal si me voy dando un portazo?”. La hija oscura es, simplemente, el retrato de una mujer que finalmente decide marcharse, como tantos hombres lo han hecho sin ser juzgados del mismo modo. Basada en el libro de la misteriosa escritora italiana Elena Ferrante, autora de la exitosa saga Mi amiga brillante, esta historia dialoga con la ola de libros y películas que en los últimos años han desafiado el discurso de la maternidad idealizada para proponer en su lugar retratos más honestos, complejos y contradictorios de esta experiencia universal (si bien no todas las mujeres son madres, pero todos hemos nacido de mujer, dijo famosamente la poeta y crítica estadounidense Adrienne Rich).

La lista es larga y, afortunadamente, no deja de crecer: TullyMadres paralelas, Lady Bird, Distancia de rescate y Casas vacías son algunos ejemplos recientes, por no hablar de la comedia (The Letdown o el stand up de Malena Pichot o de Amy Schumer son algunos favoritos personales) o del robusto género de las películas de terror en las que la maternidad tiene un lugar central, desde Psicosis El bebé de Rose Mary hasta El Babadook, Dulces sueños, mamá El legado del diablo.
Hablando de terror, no es casualidad que La hija oscura contenga elementos de suspenso, como las luces deslumbrantes del faro o la sensación de que alguien está observando a la protagonista. Real o imaginaria, la persecución es constante, y reflejarse en el espejo de una madre más joven despierta en Leda (interpretada magistralmente por Olivia Colman) una serie de recuerdos que se sobreponen y terminan confundiéndose con lo que observa a su alrededor, que confirma que una madre puede actuar de manera tan impredecible como el resto de los seres humanos. No es que la maternidad sea tortuosa todo el tiempo, es que puede serlo. Y por más doloroso que resulte, mirar de frente esos momentos límite es necesario para darles su justo valor y tejer una red que acompañe y proteja a las mujeres que los atraviesan (y a sus hijos o hijas). Sacar estos temas del ámbito de lo privado los hace visibles y contribuye a transformarlos.

“Soy una madre antinatural”, dice Leda en uno de los diálogos más intensos de la película. Pero, ¿qué es una madre natural? Aceptar que existe algo así equivale, peligrosamente, a decir que la maternidad es el mandato único de las mujeres, una creencia arraigada en el determinismo biológico que —quisiera pensar— va de salida. Lo antinatural no es el hartazgo, es la soledad.

Hace poco leí una reseña que se refería a La hija oscura como “la mala madre” y que señala que su protagonista “vive al borde de la locura”. Yo le quitaría los adjetivos y diría que es una película sobre una madre ambivalente como todas, sobre cómo la misma fruta puede tener partes sabrosas y partes podridas. Porque la maternidad real no se parece a su retrato romantizado, y al contrario de los que nos han repetido durante años, es un territorio con altibajos. Una experiencia hermosa y terrible, como todo lo que nos hace humanos.