Opinión

La flor del fuego

Jorge Alania Vera
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Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador.

 

 

Es oriunda de Sudáfrica y brota entre las cenizas luego de un gran incendio forestal. Pertenece a la familia de las amarilidáceas. tiene forma de trompeta y sus pétalos son rojos o anaranjados. Es la flor nacional de Zimbabue y una flor sagrada en algunas partes de la India.

La flor del fuego tiene un simbolismo especial, el renacimiento, la resiliencia, la fe. Los bosques se mueren por los incendios, pero hay allí, entre las cenizas, una semilla de vida nueva, de terca esperanza. El fuego arrasa pero también purifica. Hay germinaciones que únicamente se dan en temperaturas extremas. La flor del fuego es una de ellas.

El gran historiador y filósofo, Yuval Noah Harari señala que el descubrimiento del fuego abrió la primera gran brecha evolutiva entre el Homo Sapiens y los demás animales. En efecto- señala- Harari- al cocinar los alimentos, el sapiens mataba parásitos, facilitaba la digestión y absorbía más nutrientes. Esto permitió – en miles de años- redirigir energía de su sistema digestivo a su cerebro, facilitando un rápido desarrollo cognitivo. Además con la ayuda del fuego el homo sapiens desafiaba la oscuridad de la noche para conversar y así desarrollar su lenguaje. Si hay alguna flor que empezó a nacer y crecer al lado de las fogatas del hombre primitivo, guardó el eco de la poesía que él mismo comenzó a balbucear al amparo mítico del fuego. Como la amarilidácea del bosque del África en donde nació nuestra especie.

José Emilio Pacheco, el gran poeta mexicano, le dice al hombre de hoy pero de alguna forma al del ayer ancestral de los homínidos: “En la madera que se resuelve en chispa y llamarada/ luego en silencio y humo que se pierde,/ miraste deshacerse con sigiloso estruendo tu vida./ Y te preguntas si habrá dado calor,/ si conoció alguna de las formas del fuego,/ si llegó a arder e iluminar con su llama./ De otra manera todo habrá sido en vano/
Humo y ceniza no serán perdonados/ pues no triunfaron contra la oscuridad,/ leña que arde en una estancia desierta/ o en una cueva que sólo habitan los muertos.”

Humo y ceniza triunfaron contra la oscuridad y el homo sapiens comenzó a dejar su huella. Y así fue un fuego y otro y otro en las vidas colectivas. Y si fue allí también en las psiques personales. El fuego y sus destrucciones, purificaciones, renaceres. El hermoso poema de Pacheco y su pregunta final tienen una respuesta rediviva: “Si la flor/ que enciende las tinieblas con su perfume/ no piensa, no tiene voluntad, no sabe nada,/ ¿por qué entonces se obstina en soltar el aroma que llega a mí/ y me obliga a decir estas palabras?”.