Opinión

La FIFA: deber de impar­cia­li­dad.

Por Jorge G. Alvear Macías/Guayaquil

 

 

Los polí­ti­cos sue­len pro­me­ter la luna y, una vez en el poder, hasta la piden. Es parte de la lógica de la polí­tica. Quie­nes admi­nis­tran ins­ti­tu­cio­nes tie­nen un deber muy dis­tinto: apli­car las reglas con inde­pen­den­cia y no dar ni la impre­sión de con­ce­der aque­llo que las reglas no per­mi­ten.

La reciente deci­sión de la FIFA de sus­pen­der una san­ción dis­ci­pli­na­ria a un juga­dor de EE. UU. rea­brió un debate que tras­ciende un par­tido de fút­bol. El pre­si­dente Donald Trump reco­no­ció haber soli­ci­tado recon­si­de­rar esa san­ción.

La dis­cu­sión, sin embargo, no debe­ría cen­trarse en Trump. Un jefe de Estado hace polí­tica. Puede gus­tar­nos o no la opor­tu­ni­dad de sus ges­tio­nes, pero difí­cil­mente puede sor­pren­der que pro­cure favo­re­cer a la selec­ción de su país. La ver­da­dera cues­tión comienza donde ter­mina la polí­tica y empieza el deber ins­ti­tu­cio­nal de actuar con impar­cia­li­dad.

Más allá de que la FIFA con­si­dere jurí­di­ca­mente defen­di­ble su deci­sión, existe una pre­gunta ine­vi­ta­ble: ¿era pru­dente adop­tarla inme­dia­ta­mente des­pués de una ges­tión pública rea­li­zada por el pre­si­dente del país anfi­trión? No por­que ello per­mita afir­mar que esa ges­tión influyó en la deci­sión, sino por­que las ins­ti­tu­cio­nes tam­bién tie­nen que evi­tar cir­cuns­tan­cias que pue­dan gene­rar dudas razo­na­bles sobre su impar­cia­li­dad.

Es que las ins­ti­tu­cio­nes res­pon­den tanto por la lega­li­dad de sus deci­sio­nes como por la con­fianza que ins­pi­ran. Incluso una reso­lu­ción jurí­di­ca­mente defen­di­ble puede afec­tar esa con­fianza cuando las cir­cuns­tan­cias per­mi­ten dudar razo­na­ble­mente de su inde­pen­den­cia.

La dis­cre­cio­na­li­dad no sig­ni­fica liber­tad para deci­dir sin lími­tes. Sig­ni­fica ele­gir entre varias alter­na­ti­vas jurí­di­ca­mente posi­bles, pero siem­pre de manera obje­tiva, moti­vada y cohe­rente. Cuando esas razo­nes no se expli­can con sufi­ciente cla­ri­dad, la dis­cre­cio­na­li­dad debi­lita la legi­ti­mi­dad de una ins­ti­tu­ción y ero­siona la con­fianza que debe ins­pi­rar.

Por ello, la queja de la Fede­ra­ción Ecua­to­riana de Fút­bol por el hos­ti­ga­miento sufrido por la selec­ción nacio­nal antes de su par­tido frente a México merece una res­puesta clara y trans­pa­rente. Sea cual fuere su desen­lace, la FIFA tiene la oca­sión de demos­trar que las reglas se apli­can con el mismo rigor a todos y que las dife­ren­cias de tra­ta­miento obe­de­cen a cri­te­rios obje­ti­vos y no a cir­cuns­tan­cias extra­de­por­ti­vas.

En 1924, el jurista inglés Lord Hewart for­muló una máxima aún vigente: “La jus­ti­cia no solo debe hacerse; tam­bién debe pare­cer que se hace”. Sí, la impar­cia­li­dad con­siste en deci­dir con­forme a las reglas, pero tam­bién en evi­tar con­tex­tos que lle­ven a dudar razo­na­ble­mente de que así ocu­rrió.

La FIFA tiene dere­cho a defen­der la juri­di­ci­dad de sus deci­sio­nes. Pero posee un deber aún mayor: pre­ser­var la con­fianza de millo­nes de afi­cio­na­dos que espe­ran que el resul­tado dependa exclu­si­va­mente de las reglas del juego y no del poder polí­tico ni de la con­di­ción de país anfi­trión.

Los polí­ti­cos segui­rán pro­me­tiendo la luna y, cuando pue­dan, segui­rán pidién­dola. Lo que dis­tin­gue a una ins­ti­tu­ción impar­cial no es su capa­ci­dad para dar la luna, sino para res­pon­der con la misma fir­meza frente a todos que las reglas no se lo per­mi­ten.