Opinión

La febril semana de Lacunza

 

La primera semana de Hernán Lacunza al frente del Ministerio de Hacienda tuvo apenas cuatro días, pero se vivió con la intensidad de un mes entero. Juró el martes por la mañana, bien temprano, tan temprano que hasta el presidente de la Nación creyó que aún era lunes. Y le dio vida entonces a una agenda repleta de compromisos.

El fin de semana anterior el Gobierno se encontraba en el limbo de tener un ministro que anunciaba su salida y ningún hombre para reemplazarlo. Nicolás Dujovne dejó el cargo por la puerta de atrás y en silencio, como suelen hacerlo casi todos los ministros de Economía en la Argentina.
Le tocó en su gestión el mal trago de ir a golpear a las puertas del Fondo Monetario Internacional y negociar el acuerdo hoy vigente, el salvavidas que permitió que la Argentina no cayera nuevamente en default. Dicen quienes subrayan su tarea que, además, cumplió con la misión de talar el déficit fiscal. El gasto primario era del 24% en 2015 y quedó en 18,7% tras su renuncia, casi al mismo nivel que en 2008, cuando comenzó el oleaje expansivo. Claro que el déficit financiero, los intereses de la deuda contraída, se multiplicaron con creces.

Dujovne no quedará en la galería de los ministros más recordados. Era titular de una consultora y la gente podía reconocerlo por su participación como columnista en un programa periodístico en el canal Todo Noticias, junto a Carlos Pagni. Pero de ninguna manera se trataba de un hombre con cartel, con chapa propia, como otros a los que uno puede citar y que, de inmediato, remiten a la historia económica argentina. Nos gusten o no, en ese Olimpo están Gelbard, Martínez de Hoz, Sourrouille, Cavallo y Lavagna, tomando en cuenta los últimos 40 años.

Así que ese fin de semana los hombres de la mesa chica del gobierno se armaron de todos los argumentos posibles para convencer a Hernán Lacunza de dejar su puesto como ministro de Hacienda bonaerense y hacerse cargo de este fierro caliente que es la economía nacional. Finalmente aceptó, no le quedaban muchas opciones, y abandonó sus apacibles vacaciones en Neuquén para adentrarse en el lodazal de la crisis.

El martes, entonces, bien temprano, asumió su puesto en la trinchera. Ungido como ministro de Hacienda, Lacunza le dio vida a una agenda repleta de reuniones varias. El día anterior, feriado en nuestro país, Wall Street había enviado señales negativas: todas las acciones de las compañías argentinas que allí cotizan se desplomaron en un promedio del 15%. No era justamente una bienvenida para el nuevo funcionario.

No sólo tuvo que atender el reclamo de los gobernadores de provincias petroleras, disconformes con el congelamiento de precio de los combustibles, sino que también recibió las quejas de los mandatarios por el impacto que la quita del IVA a los alimentos básicos tendrá en la recaudación de los Estados subnacionales.

Lo más ruidoso de la semana, sin embargo, fueron las reuniones que mantuvo con los referentes económicos de los distintos partidos de la oposición. El primero en visitarlo fue Marco Lavagna, hijo de Roberto, el ex ministro de Economía y candidato presidencial por Consenso Federal. Luego llegó el turno de los enviados del kirchnerismo, Guillermo Nielsen y Cecilia Todesca. Pronto lo hará José Luis Espert.
Cada uno le acercó al flamante ministro sus inquietudes sobre este escenario crítico y el posible devenir de los acontecimientos. No hubo más que declaraciones formales de los visitantes, algún que otro comentario al paso. La pregunta es si el Gobierno tomará nota de las sugerencias o si sólo se trató de una formalidad para mantener en alto su vocación por el diálogo, un estandarte que Cambiemos levanta desde el primer día y que no piensa bajar justo ahora que arrecia la campaña.

Los economistas que conocen de cerca a Lacunza lo consideran un profesional de valía, un hombre al que le llegó su momento cumbre en un tiempo histórico por demás complejo. Uno tendería a pensar que no tendrá margen para imprimirle su huella a la gestión, que lo que hay ahora es todo en pos de estabilizar el frente financiero, en un contexto donde la agenda de crecimiento ha quedado postergada para días mejores.

¿Es Lacunza el ministro de la transición rumbo al cambio de gobierno? ¿Es un soldado obediente que se sacrifica ante el llamado de sus superiores? Hoy que casi todos lo ven como un Jesús Rodríguez del macrismo, su tarea más encomiable será mantener firme el rumbo del barco hasta el 10 de diciembre, más allá de lo que dicten las urnas.

Lo que viene no es moco de pavo. El drenaje de las reservas del Banco Central ha alcanzado ya un ritmo preocupante. Se han ido en lo que va de agosto un total de u$s 10.000 millones. Los dólares gotean por cancelación de deuda y por las diarias intervenciones en el mercado para evitar que la cotización de la divisa siga escalando en la pizarra, con el consecuente impacto negativo en el proceso inflacionario.
¿Pero hasta cuándo tendrá el BCRA poder de fuego para vender dólares? El panorama es cuesta arriba y puede serlo aún mucho más si los enviados del Fondo Monetario Internacional no le dan luz verde al nuevo tramo del préstamo acordado, que en esta ocasión alcanza los u$s 5.400 millones. Si con ese dinero en el bolsillo la situación sigue siendo ardua, sin él no cabría más que esperar otro cimbronazo cambiario.

La recurrente falta de divisas en la economía argentina pone al Gobierno, el actual y el que vendrá, en un brete. No puede seguir vendiendo reservas, dilapidando recursos escasos, pero tampoco imponer un cepo. ¿Convalidarán un nuevo salto de la divisa hasta un precio que espante a la demanda? Si esto ocurre, quedará asumir el alto costo de una nueva suba de precios.

Todo el esquema está sostenido por alfileres. Las medidas paliativas tomadas por el Gobierno para amortiguar el impacto de la devaluación se prolongarán hasta diciembre. ¿Qué ocurrirá entonces? Lo más probables es que todo vuelva a fojas cero y no haya más remedio que absorber el golpe. Pero hablar de diciembre en este país es como proyectar un viaje años luz en el tiempo. Por ahora resta llegar a octubre lo más entero posible.