La fe que se convierte en acción
Por: Yovana Cárdenas Lino
Desde Lima, Perú, para La Nación de Guayaquil, Ecuador.
Ejercer la fe significa pasar de las palabras a los hechos. Significa ayudar sin esperar reconocimiento, defender a quien no tiene voz, acompañar a quien atraviesa momentos difíciles y trabajar, desde nuestras propias posibilidades, para construir una sociedad más justa y humana.
La fe verdadera no puede ser indiferente frente al sufrimiento. Se hace visible cuando somos capaces de poner nuestros valores al servicio de los demás y entender que creer también implica una responsabilidad con quienes nos rodean.
La historia de la Iglesia está llena de hombres y mujeres que comprendieron que creer no era suficiente. Hicieron de su fe una forma de vida y encontraron en el amor al prójimo un camino para acercarse a Dios. San Francisco de Asís, por ejemplo, eligió la sencillez y el servicio a los más necesitados; Santa Teresa de Calcuta dedicó su vida a acompañar a los más pobres y abandonados; y San Óscar Romero levantó su voz frente a la injusticia y defendió la dignidad de quienes sufrían. Sus vidas, cada una desde su propio contexto, nos recuerdan que la santidad no consiste únicamente en la oración, sino también en la capacidad de servir, de sacrificarse por los demás y de actuar frente al dolor humano.
El amor al prójimo no puede permanecer indiferente ante la injusticia. Quien cree está llamado a mirar al otro, escuchar su dolor y preguntarse qué puede hacer para aliviarlo. No basta con reconocer que existe pobreza si no somos capaces de tender una mano; no basta con condenar la violencia si permanecemos en silencio frente a ella; no basta con hablar de dignidad si no defendemos los derechos de quienes son vulnerables.
Por eso, ejercer la fe en nuestros tiempos también significa comprometernos con nuestra sociedad. Significa no ser indiferentes frente a la pobreza, la violencia, la discriminación o el abandono de quienes necesitan protección. Significa defender la vida y la dignidad humana, promover la solidaridad y actuar con honestidad en cada responsabilidad que asumimos.
Esta reflexión adquiere una importancia especial en la vida pública. La fe, para quienes la profesamos, también debe inspirar una conducta ética en el servicio a los demás. Quien asume una responsabilidad frente a la sociedad tiene el deber de actuar con honestidad, transparencia y sentido de justicia. Servir no puede convertirse en una oportunidad para beneficio personal, sino en una vocación orientada al bien común.
La fe no se demuestra solamente dentro de un templo. Se demuestra en la familia, en el trabajo, en la comunidad y en cada espacio donde tenemos la oportunidad de servir. Se demuestra cuando elegimos la verdad en lugar de la mentira, la justicia en lugar del abuso y la solidaridad en lugar de la indiferencia.
La fe, cuando se convierte en amor, deja de ser solamente una palabra. Se convierte en una manera de vivir. Y, sobre todo, en una manera de servir.
